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martes, 20 de octubre de 2020

LOS CUENTOS VAGABUNDOS: llegan y se van...

Santander, 23 de enero de 2.020

Ana María Matute sostenía que los cuentos son vagabundos que viajan por el mundo, adaptándose a las costumbres y necesidades de quienes los reciben y transformando las vidas y las mentes de quienes los escuchan…



Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el suelo ni el cielo. Los cuentos representan uno de los aspectos más inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz paisajes y figuras, movidos, más por la imaginación del oyente, que por la palabra del narrador.

He llegado a creer que solamente existen media docena de cuentos. Pero los cuentos son viajeros impenitentes. Las alas de los cuentos van más allá y más rápido de lo que lógicamente pueda creerse. Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.

Los pueblos, digo, los reciben de noche. Desde hace miles de años que llegan a través de las montañas, y duermen en las casas, en los rincones del granero, en el fuego. De paso, como peregrinos. Por eso son los viejos, desvelados y nostálgicos, quienes los cuentan.

Los cuentos son renegados, vagabundos, con algo de la inconsciencia y crueldad infantil, con algo de su misterio. Hacen llorar o reír, se olvidan de donde nacieron, se adaptan a los trajes y a las costumbres de allí donde los reciben. Sí, realmente, no hay más de media docena de cuentos. Pero ¡cuántos hijos van dejándose por el camino!

Mi abuela me contaba, cuando yo era pequeña, la historia de la Niña de Nieve. Esta niña de nieve, en sus labios, quedaba irremisiblemente emplazada en aquel paisaje de nuestras montañas, en una alta sierra de la vieja Castilla. Los campesinos del cuento eran para mí una pareja de labradores de tez oscura y áspera, de lacónicas palabras y mirada perdida, como yo los había visto en nuestra tierra. Un día el campesino de este cuento vio nevar. Yo veía entonces, con sus ojos, un invierno serrano, con esqueletos negros de árboles cubiertos de humedad, con centelleo de estrellas. Veía largos caminos, montañas arriba, y aquel cielo gris, con sus largas nubes, que tenían un relieve de piedras. El hombre del cuento, que vio nevar, estaba muy triste porque no tenía hijos. Salió a la nieve, y, con ella, hizo una niña. Su mujer le miraba desde la ventana. Mi abuela explicaba: «No le salieron muy bien los pies. Entró en la casa y su mujer le trajo una sartén. Así, los moldearon lo mejor que pudieron.» La imagen no puede ser más confusa. Sin embargo, para mí, en aquel tiempo, nada había más natural. Yo veía perfectamente a la mujer, que traía una sartén negra como el hollín. Sobre ella la nieve de la niña resaltaba blanca, viva. Y yo seguía viendo, claramente, cómo el viejo campesino moldeaba los pequeños pies. «La niña empezó entonces a hablar», continuaba mi abuela. Aquí se obraba el milagro del cuento. Su magia inundaba el corazón con una lluvia dulce, punzante. Y empezaba a temblar un mundo nuevo e inquieto. Era también tan natural que la niña de nieve empezase a hablar… En labios de mi abuela, dentro del cuento y del paisaje, no podía ser de otro modo. Mi abuela decía, luego, que la niña de nieve creció hasta los siete años. Pero llegó la noche de San Juan. En el cuento, la noche de San Juan tiene un olor, una temperatura y una luz que no existen en la realidad. La noche de San Juan es una noche exclusivamente para los cuentos. En el que ahora me ocupa también hubo hogueras, como es de rigor. Y mi abuela me decía: «Todos los niños saltaban por encima del fuego, pero la niña de nieve tenía miedo. Al fin, tanto se burlaron de ella, que se decidió. Y entonces, ¿sabes qué es lo que le pasó a la niña de nieve?» Sí, yo lo imaginaba bien. La veía volverse blanda, hasta derretirse. Desaparecería para siempre. «¿Y no apagaba el fuego?», preguntaba yo, con un vago deseo. ¡Ah!, pero eso mi abuela no lo sabía. Sólo sabía que los ancianos campesinos lloraron mucho la pérdida de su pequeña niña.

No hace mucho tiempo me enteré de que el cuento de la Niña de Nieve, que mi abuela recogiera de labios de la suya, era en realidad una antigua leyenda ucraniana. Pero ¡qué diferente, en labios de mi abuela, a como la leí! La niña de nieve atravesó montañas y ríos, calzó altas botas de fieltro, zuecos, fue descalza o con abarcas, vistió falda roja o blanca, fue rubia o de cabello negro, se adornó con monedas de oro o botones de cobre, y llegó a mí, siendo niña, con justillo negro y rodetes de trenza arrollados a los lados de la cabeza. La niña de nieve se iría luego, digo yo, como esos pájaros que buscan eternamente, en los cuentos, los fabulosos países donde brilla siempre el sol. Y allí, en vez de fundirse y desaparecer, seguirá viva y helada, con otro vestido, otra lengua, convirtiéndose en agua todos los días sobre ese fuego que, bien sea en un bosque, bien en un hogar cualquiera, está encendiéndose todos los días para ella. El cuento de la niña de nieve, como el cuento del hermano bueno y el hermano malo, como el del avaro y el del tercer hijo tonto, como el de la madrastra y el hada buena, viajará todos los días y a través de todas las tierras. Allí a la aldea donde no se conocía el tren, el cuento caminando.

El cuento es astuto. Se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe en la garganta de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en los cruces de los caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aun las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante.

El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños. A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo.


martes, 24 de julio de 2018

EL ABUELO NO TIENE SUEÑO: ¿quién ayuda a los abuelos a dormir?

Santander, 24 de julio de 2.018


Hay libros que los abuelos leen a sus nietos antes de que los niños se duerman, y hay libros que los nietos leen a sus abuelos para que ellos también puedan dormirse y soñar cosas bonitas…
En 1.986, el italiano Francesco Altan escribió uno de estos cuentos: “El abuelo no tiene sueño”.


Los libros sirven para que las mamás, los papás o los abuelos se los lean a los niños cuando se van a la cama y ellos, poco a poco, cierren los ojos y empiecen a soñar, pero quién ayuda a dormir al papá, a la mamá o al abuelo…

El abuelo de Arturo dice que no duerme nunca, pero la señora Patazas le ha asegurado que, si le lee el libro que le ha regalado, se pondrá a roncar como una trompeta. Su título es: “Libro de cuentos pequeño para un abuelo sin sueño”,

Hace muchos, muchísimos años, cuando todos los abuelos eran pequeños, había un enorme castillo sobre la montaña. En él vivía un príncipe que tenía dos manos y una motocicleta roja. Se pasaba el día entero corriendo por su habitación con la moto y se divertía muchísimo, pero un día la moto se paró y no hubo manera de volver a ponerla en marcha. El príncipe llamó a los mejores mecánicos del reino, pero no pudieron hacer nada.

-Está rota y no se puede arreglar-, dijeron todos.

Así que el príncipe empezó a aburrirse. Estaba todo el día asomado a la ventana sin hacer otra cosa que mirar y mirar, y cada vez estaba más triste.
Por fin, un día, un hipopótamo llegó volando hasta su ventana y se posó en el alfeizar. Se llamaba Zumbo y traía una carta para él:
      Querido príncipe:
He sabido que estás triste porque no sabes qué hacer y te aburres. Si vienes a buscarme, podremos correr con mi moto por el desierto y la selva. Adiós.
La princesa de África
     P.D. Mi moto es azul.

-¡Quiero ir a África! -le dijo al hipopótamo-. ¿Está lejos?
-Bastante -respondió el hipopótamo-, pero en moto se llega enseguida.
-¡La mía está rota!-, se lamentó el príncipe.
-¿Por qué no vas a pie? -sugirió Zumbo-. Solo necesitarías siete pares de botas y unas pocas ganas de correr.
-¡Buahhh…! -se lamentó el príncipe-. ¡Yo solo tengo dos pares de botas!

Entonces, lo que hizo el príncipe fue tomar un tren que llegaba hasta África. Allí hacía un calor tremendo y el sol abrasaba, así que se puso en la cabeza un sombrero con un gran lazo.

-¡Es el lazo más bonito del mundo! Cuando llegue a donde está la princesa se lo regalaré-, pensó.

Por la tarde, el sol se ocultó detrás de las palmeras. El cielo estaba lleno de estrellas enormes: ¡cuatro bastaban para llenarlo por completo! El tren se detuvo. El príncipe encendió un buen fuego y se puso a conversar con el conductor, pero este estaba muy cansado y al cabo de un momento empezó a roncar. Cuando él también estaba a punto de quedarse dormido, oyó un extraño rumor que venía de la copa del enorme árbol que se extendía sobre sus cabezas, como un gran paraguas. Miró hacia arriba y vio un simpático mono que se acercó a él y le susurró al oído:

 -Los enemigos de la princesa no quieren que la conozcas. Por eso, para que no llegues hasta ella, mañana a mediodía intentarán detener el tren.

Después le dio un beso en la mejilla:
-Te lo envía la princesa-, dijo, y desapareció.

A la mañana siguiente, cuando se despertaron, el tren se puso en marcha de nuevo. Después de un rato, entraron en un túnel. Estaba osucro y no se veía nada, pero el príncipe empezó a sentir hambre. Debía de ser mediodía… Al momento, el príncipe recordó lo que le había dicho el mono. Corrió a través de los vagones hasta llegar a la locomotorá y gritó:

-¡Estamos en peligro!

El conductor accionó los frenos. El tren se detuvo justo al salir del túnel. Un rinoceronte grandísimo estaba plantificado en medio de las vías. La locomotora y los vagones se habrían roto en mil pedazos si hubieran chocado contra él. El prínicpe se acercó al animal:

-¿Cómo te llamas? -le preguntó.
-Zimbo.
-¿Eres amigo de Zumbo?
-Sí. Es mi primo -constestó el rinoceronte-. ¿Le conoces?
-Es muy amigo mío. Me ha enseñado un juego muy divertido. ¿Quieres que te lo enseñe?
-¿Qué juego es ese? -preguntó Zimbo lleno de curiosidad.
-El juego de las rosquillas voladoras -improvisó el príncipe colocando sobre el prado una bandeja de crujientes rosquillas que había cogido del vagón comedor-. Yo las tiro al aire y tú las atrapas con el cuerno. ¿Te apetece jugar?

Tiró una al aire y el rinoceronte la atrapó. La rosquilla quedó ensartada en su cuerno. El príncipe lanzó otra un poco más lejos, y luego, una tercera. Para atraparlas, Zimbo tenía que alejarse cada vez un poco más de la vía. Al cabo de un rato tenía el cuerno repleto de rosquillas:
-Y ahora, ¿cómo me las arreglo para comérmelas? -preguntó.
-Da un salto mortal: así se caerán al suelo y podrás comértelas -dijo el príncipe antes de regresar al tren, que se puso en marcha y empezó a correr como un rayo.

Poco después llegaron a la estación de África. Allí estaban esperando todos los africanos, y también su rey, que llevaba una gran corona. Junto a él, estaba la princesa. Era encantadora, sonreía y estaba sentada sobre una motocicleta azul. El príncipe corrió a saludarles y le preguntó a la niña:

-¿Cómo te llamas?
-Nina -respondió la princesa-. ¿Damos una vuelta?

El príncipe dijo que sí y ella puso en marcha su moto. Montaron juntos y se fueron alegres y felices a dar un paseo por un desierto lleno de flores...

A esas alturas, el abuelo ya estaba dormido. Tenía los ojos cerrados y roncaba como una trompeta. Arturo cerró el libro y al poco rato también él se quedó dormido: la luz de la luna lo iluminaba todo y la señora Patazas corría por el desierto, de acá para allá, montada en una bicicleta azul…

domingo, 14 de enero de 2018

¡ADIÓS CORDERA!: carne de cañón para la locura del mundo

Santander, 14 de enero de 2.018

Natural de Oviedo, aunque nacido en Zamora, Leopoldo Alas ‘Clarín’ -autor de “La Regenta” (1.885)-, publicó en 1.893 “¡Adiós Cordera!”, un breve cuento en el que expresaba su temor a que la plácida soledad del mundo rural fuera pasto del progreso…


“¡Adiós Cordera, adiós!”. Se iba su vaca… Pinín y Rosa no tenían otra madre, ni otra abuela.
La gran culebra de hierro se la llevó dentro de sí. La soledad de su ‘prao’ se volvió triste mientras ellos contemplaban con rencor aquel mudo enemigo que les arrebataba su compañía.

Pasaron muchos años. Pinín se hizo mayor y se lo llevó el rey a la guerra. El rey, y el tren correo de Gijón…: “carne de cañón para la locura del mundo”. Con odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados, con ira los alambres del telégrafo… Lo desconocido se lo lleva todo: “¡Adiós Pinín!, ¡adiós Cordera!”.