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sábado, 7 de agosto de 2021

MONUMENTO A LOS MARINEROS ILUSTRES MONTAÑESES

Santander, 30 de junio de 2.021

En el paseo marítimo de Santander, entre los Jardines de Pereda y la Grúa de Piedra, se puede contemplar el Monumento a los Marineros Ilustres Montañeses diseñado por el historiador José Luis Casado Soto y el artista Carlos Limorti.


Inaugurado en julio del año 2.001, el monumento está formado por la réplica de un cañón naval de los que se fabricaban en La Cavada y un gran bloque de granito con los nombres grabados de un buen puñado de marineros montañeses que vivieron entre los siglos XIII y XIX, empezando por el primer Almirante de la Marina Real de Castilla, don Ramón de Bonifaz y Camargo.





Siglo XIII

Ramón Bonifaz y Camargo

Muño Díaz de Castañeda

Pero Díaz de Castañeda

Roy García de Santander

Juan Gutiérrez de Escalante

Ruy López de Mendoza

 

Siglo XIV

Pero González de Agüero

Gonzalo Gutiérrez de la Calleja

Juan Gutiérrez de Escalante

Pero Niño

Martín Ruiz de Avendaño

 

Siglo XV

Juan de la Cosa

Gómez Díaz de Isla

Rodrigo de Escobedo

Roy García

Rui Gutiérrez de Escalante

Juan de la Puebla

Pedro de Villa

 

Siglo XVI

Francisco Albo

Gaspar de Carasa

Juan Escalante de Mendoza

Pedro Fernández de Isla

Diego García de Palacio

Tomás Ibio

Juan de Isla

Fernando de la Riva Herrera

Juan de Santander

 

Siglo XVII

Juan Antonio de Ceballos y Gallón

Francisco Cornejo y Vallejo

Juan Esteban de Arce y Osma

Juan Gayón de Hoyos

Bernardino Hurtado de Mendoza

Tomás Ibáñez de Carnero

Juan Lusa y Mendoza

José de Mena

Jerónimo Obregón y de la Puente

Antonio de los Ríos y Garzada

Bartolomé de la Riva Herrera

Jerónimo Rodríguez de Rozas

Pº San Juan y Prieto

Pº de Santander y Martínez

 

Siglo XVIII

Francisco Alsedo Bustamante

Blas de Barreda y Campuzano

José Joaquín de Bustamente y Guerra

Fernando de Bustillo

José Bustillo y Gómez de Arce

Juan Antonio de la Colina

Antonio Gómez de Barreda

Antonio González Quijano

Felipe González Haedo

Juan Antonio Gutiérrez de la Concha

Felipe Jado y Cagigal

Santiago Muñóz de Velasco

Juan Antonio de Riaño y Bárcena

Luis Vicente de Velasco y Isla 


Siglo XIX

Joaquín Bustamante y Quevedo

Joaquín Gómez de Barreda

Joaquín Ibáñez de Corcuera

Ramón Ortíz y Otáñez

Melitón Pérez del Camino

Manuel Pezuela

 

En la parte posterior del bloque de piedra figuran los escudos de España, Cantabria y Santander, y un dibujo del Real Felipe, un navío de tres puentes armado con ciento catorce cañones construido en el Real Astillero de Guarnizo en 1.732.

 






sábado, 26 de junio de 2021

MONUMENTO EN MEMORIA DE LAS VÍCTIMAS DEL TERRORISMO: no podemos pasar página, sin más...

Santander, 3 de mayo de 2.021

Cerca de la entrada a la Península de la Magdalena, entre la campa y el recinto de las focas, se alza el Monumento en Memoria de las Víctimas del Terrorismo inaugurado el 6 de diciembre de 2.005.



La escultura esta formada por una gran chapa de acero que se extiende en zigzag y alcanza los seis metros de altura en su punto más alto. Es obra de Agustín Ibarrola, quien manifestó el día de su inauguración que, con ella, pretendía romper el negro manto que oculta a las víctimas del terrorismo vasco. “Esta obra de arte -destacaba el escultor vasco-, es un grito profundo para que nunca más ETA y sus colaboradores persigan, maten, extorsionen o imposibiliten la vida de los demócratas”




La escultura fue impulsada por la Plataforma para la Unidad y la Libertad, cuyo presidente: Ricardo Garrudo, leyó un manifiesto el día de su inauguración en el que destacó que “esta obra recordará durante generaciones que en España fueron asesina-dos cerca de mil compatriotas”, y reivindicó que “debemos recordar el horror vivido y jamás, jamás, pasar página como si nada hubiera ocurrido”



Sara Samperio, hija del inspector de policía Luis Andrés Samperio, asesinado por ETA el 24 de abril de 1.997, estuvo presente en el acto y pidió a los partidos políticos que se pusieran de acuerdo y unieran sus fuerzas para acabar con el terrorismo y conseguir que los asesinos cumplieran íntegramente sus penas. “Es lo único que nos ofrece seguridad y un poco de paz interior”, aseguró. ¡No podemos pasar página, sin más! ¡Es preciso recordar!


jueves, 13 de mayo de 2021

LOS ACANTILADOS DE LANGRE: ¡azul y verde casan bien!

 Langre, 2 de abril de 2.021

Recorrer la senda de los acantilados de Langre es algo que quería hacer desde hace tiempo, por eso, cuando me propusieron dar un paseo mañanero por allí, dije que sí inmediatamente.



Madrugamos bastante y nos reunimos en el aparcamiento de la playa de Loredo. No ha amanecido todavía, pero comenzamos a caminar sin esperar al sol: ¡ya nos alcanzará! Callejeamos buscando la carretera que une el azul del mar con los prados verdes de Langre, convertida hoy en una polvorienta pista que augura la inminente inauguración de una ‘autopista’ que es posible que en el futuro reste algo de encanto a la zona.

 

Cuando llegamos a la antigua escuela de Langre -convertida hoy en Aula de Cultura del pueblo-, está comenzando a amanecer. El rincón es bonito, pero son los recuerdos vinculados a mi infancia los que lo hacen tan especial.


Avanzamos por la carretera que atraviesa el pueblo de un extremo a otro hasta alcanzar el cruce que conduce a la playa. Ahí, giramos a la derecha, y seguimos caminando en dirección a Galizano hasta llegar a un pequeño merendero, donde giramos a la izquierda, buscando el mar.

 

Ya ha amanecido, cuando llegamos a la desembocadura de un discreto arroyuelo que serpentea hacia la costa…



Sentimos el olor a sal y escuchamos el rugido de las olas. Nos lanzamos a por ellas sin miedo a que nos salpiquen…




La playa de Galizano está cerca; no la vemos, pero sabemos que se extiende al otro lado del pequeño promontorio que tenemos a nuestra derecha.



Es el momento de dar la vuelta y regresar a Loredo, pero renegamos del asfalto y lo hacemos coqueteando con el mar…



No somos los únicos que flirteamos con él. Nuestras vacas también se sienten a gusto a su lado… ¡Azul y verde casan bien!



Alcanzamos el extremo oriental de la playa de Langre, sin duda, una de las más bonitas de Cantabria.



Recorremos la parte alta de los acantilados de más de veinte metros de altura que custodian la extensa media luna batida por el mar y nos dirigimos al singular Pico de Langre.



Continuamos con nuestro paseo y, poco a poco, vamos dejando atrás los imponentes acantilados. El sendero serpentea ahora entre el mar y las casas situadas en la parte alta del pueblo.




Pasamos junto a algunas de las viviendas más vistosas de Loredo y nos acercamos a la playa de Los Tranquilos, situada en el extremo oriental de la playa del pueblo.



Frente a nosotros reposa plácidamente la isla de Santa Marina. Situada en el extremo oriental de la boca de la Bahía de Santander, es la isla de mayor tamaño de todo el Mar Cantábrico.



De aspecto alargado y completamente llana, en la actualidad no resulta fácil acceder a ella, pero, en el año 1.407, Pedro Gutiérrez de Hoznayo, canónigo en la colegiata de Santander, fundó allí el primer monasterio jerónimo de Cantabria, cerca de las ruinas de una pequeña ermita levantada en honor a Santa Marina. Entre 1.416 y 1.420, el monasterio fue cabeza de priorato, y de él dependía Santa Catalina del Monte Corbán, pero la dureza de la vida en la isla -que puede que entonces fuera una inhóspita península-, propició que los monjes se fueran de allí para fundar un nuevo monasterio en Corbán.



El monasterio fue abandonado y en la actualidad solo quedan de él los restos de algunas tapias…

 

Bajamos a la arena. Serpenteamos entre dunas y pinos y no paramos hasta alcanzar el punto de partida.



El paseo ha sido sencillo y muy bonito, pero aun me queda una cuenta pendiente. No quiero volver a casa sin visitar la antigua escuela de Loredo.



Esta sigue igual que hace cuarenta años, aunque la casa del maestro, donde tantas veces comí, ha sido totalmente reformada. Los recuerdos me asaltan de nuevo…


martes, 9 de febrero de 2021

BARRIO DEL REY: hay gente muy mayor todavía, pero cada vez van quedando menos

Santander, 15 de enero de 2.021

Son muchos los niños del colegio la Salle que, por las tardes, al salir de clase, juegan en las escaleras de la calle Archivo de Simancas, las cuales constituyen uno de los accesos al Barrio del Rey, una urbanización situada entre esta y el paseo General Dávila, en la que, aisladas del bullicio de la ciudad, llegaron a vivir hasta ciento cuarenta y cuatro familias. Hace poco, celebró su noventa cumpleaños…


 

El rey Alfonso XIII fue quien, el 24 de agosto de 1.925 -cuatro días después de la fecha prevista inicialmente debido a las torrenciales lluvias caídas el 20 de agosto-, puso la primera piedra de un proyecto que se concluyó dos años y medio después, el 12 de febrero de 1.928, cuando se entregaron las llaves de sus casas a los primeros cooperativistas, los cuales, después de haber pagado una entrada de mil pesetas, deberían pagar una cuota de treinta y cinco pesetas mensuales durante catorce años para completar las seis mil ochocientas pesetas del precio de sus nuevas viviendas.




Lavín Casalis y Domingo A. Alonso fueron el proyectista y el constructor de este barrio obrero formado por edificios sencillos de tres alturas distribuidos a lo largo de un ordenado entramado de calles anchas con amplios patios y aislado del exterior por un recio muro de piedra perimetral.

 

El vecindario contó en su día con escuela unitaria -convertida después en parvulario-, y parroquia, pero también  con un estudio de fotografía o una barbería, regentada esta por Enrique Dávila, quien, en sus tiempos muertos, se dedicaba a la pequeña escultura, aunque, como cuenta en su blog Óscar Corvera (https://barrioobrerodelrey.blogspot.com.es), una vez se hizo grande, pues él fue quien en su día esculpió el icónico pescador de La Maruca, lugar al que muchos vecinos del barrio iban a bañarse o pescar, atravesando los prados del Alto que se extendían junto a la fábrica de curtidos de Pedro Mendicouague.

 

Julio es el dueño de la pequeña tienda de ultramarinos en que se ha convertido hoy en día el economato abierto por su abuelo, detrás de la escuela, en 1.940. Han pasado muchos años desde entonces. Lo que actualmente es una discreta sucursal de Covirán, comenzó siendo un pequeño mercado en el que había un poco de todo: panadería, estanco…, para convertirse unos años más tarde en un bar con tienda que dispuso del primer teléfono instalado en el barrio,



Vital Alsar fue, sin duda, su vecino más ilustre. En una entrevista concedida a un canal de televisión local (Canal 8), el intrépido navegante santanderino recordaba con nostalgia su infancia en el Barrio del Rey, al que se trasladó con sus padres en 1.935, cuando tenía solo dos años de edad: los interminables partidos de fútbol en los que él jugaba de portero, lo dormilón que era y las clases de la señorita Carmela, pero también el miedo que pasaba durante los bombardeos a los que fue sometida la ciudad durante la Guerra Civil. “Todas las bombas caían encima de mi casa; parecía que me buscaban a mí”, bromeaba el aventurero.

 

Especialmente virulento fue el bombardeo acaecido el 27 de diciembre de 1.936. Poco después del mediodía de un soleado domingo de invierno, comenzaron a sonar las sirenas que avisaban de la presencia de aviones enemigos. Tras cruzar la cordillera por El Escudo, desde la mar y por La Maruca, entraron dieciocho aparatos: nueve bombarderos y otros tantos cazas biplanos. Los vecinos del Barrio del Rey vieron llegar los aviones y trataron de ponerse a salvo lo más rápidamente posible. Muchos optaron por huir corriendo por los prados del Alta, pero esta decisión resultó ser fatal para ellos cuando varias bombas cayeron en las proximidades de las instalaciones de Curtidos Mendicouague. Diez personas murieron en el acto, mientras los cazas ametrallaban a los supervivientes. En el interior de la barriada cayó una sola bomba. Afortunadamente, lo hizo sobre la escuela -que estaba vacía por ser domingo-, y, además, aunque hundió la techumbre del edificio, no explotó. El balance final del ataque fue terrorífico: sesenta y ocho personas muertas y otras tantas heridas, muchas de ellas vecinas del barrio.

 

Mucho ha llovido desde entonces. Son noventa y tres los años que está a punto de cumplir este singular barrio y esperemos que le queden muchos más. Entre sus casas, aún se respira la atmósfera original. El espíritu del barrio sobrevive, aunque, como reconoce el propio Julio en una entrevista concedida a Álvaro Machín y publicada en El Diario Montañés el 19 de febrero de 2.018, “hay gente muy mayor todavía, muy antigua, en cuanto a que llevan toda la vida aquí, pero cada vez van quedando menos y los que vienen no se involucran tanto".

martes, 26 de marzo de 2019

HOTEL PALACIO TORRE DE RUESGA: naturalez, luz, silencio y calma

Ruesga, 11-12 de septiembre de 2.018


Septiembre nos regala un sol espléndido. Preparamos el petate y ponemos rumbo al valle de Ruesga, en la comarca del Asón.



Nuestro destino es el Hotel Palacio Torre de Ruesga, uno de los establecimientos hoteleros con mayor encanto de Cantabria…



El Palacio de los Valle -residencia del licenciado Juan Fernández del Valle y de su primera esposa, doña María de Arredondo-, fue encargado en 1.610 al arquitecto Diego de Sisniega, quien sobre un antiguo solar familiar proyectó una casa fuerte, de piedra de sillería y mampostería decorada con motivos geométricos coloreados.



El parte noble del palacio consta de un cuerpo central flanqueado por sendas torres de planta cuadrada y su entrada principal está presidida por un escudo de piedra con las armas siguientes: en la parte de arriba, tres flores de lis y cinco estrellas, y en la de abajo, a la izquierda, un hombre con un alfanje sujetando una cabeza asida por los cabellos, y a la derecha, un cuerpo sin cabeza y un lebrel, con un árbol en medio.

Durante la última década del siglo pasado, el palacio fue restaurado y transformado en un precioso hotel, en cuyo interior, elegantemente decorado, se conservan muchos de los frescos con los que el joven pintor catalán León Criach decoró en 1.886 las paredes y techos del gran salón, la biblioteca y la sala de juegos.


 


Llegamos al hotel antes de mediodía. Es pronto. Nos registramos, pero nuestra habitación aún no está preparada. No pasa nada, tomamos una cervecita y aprovechamos para saborear la luz, el silencio y la calma que nos envuelven...



Naturaleza, luz, silencio y calma.
Muros centenarios y césped como alfombra.
Serenidad y paz alimentando el alma.
De vez en cuenda suena una campana,
como queriendo subrayar el sosiego
que embellece este enclave solariego:
bucólico lugar de ensueño y filigrana.
El tiempo se detiene, señorial…:
Es clamoroso el silencio
de esta torre monacal.

Comemos algo y después subimos a nuestra habitación. Nos damos un baño en la piscina del hotel y recorremos sus dependencias deteniéndonos en muchos de sus elegantes rincones…




Las agujas del reloj se detienen y durante dos días, antes de regresar a la cruda realidad, nos dejamos contagiar por la tranquilidad que nos envuelve...

Recorremos el valle y contemplamos algunos de sus edificios más representativos. Paseamos junto a palacios de los siglos XVI y XVII pertenecientes a la nobleza local, como el Palacio de los Valle en el que nos alojamos o el Palacio de Zorrilla San Martín, un edificio de grandes dimensiones cuyo origen se remonta a comienzos del silgo XVII y que ha sido objeto de sucesivas reformas que lamentablemente no parecen haber conducido a ninguna parte…




En la zona proliferan vistosas casonas de indianos de finales del siglo XVIII y del XIX, cuyos dueños tuvieron que emigrar al continente americano en penosas condiciones y en muchas ocasiones, al volver a sus pueblos de origen, dieron buena prueba de su generosidad y amor a un terruño que hoy es el nuestro…



El indianu trae dinero
pa los sus padres amantes.
Válgame el Señor del cielo:
¡que alegría tan brillante!
Válgame la Soberana,
válgame el señor San Pedro:
güelve ricu de la Bana
el hiju del tío Rogelio…
Güelve ricu de la Bana,
válgame nuestra Señora:
quién verá a la tía Sidora
asomase a la ventana.
Cuando güelven los indianos
con los sus galeros blancos,
el ‘parabién’ los cantamos,
como mozas a los santos…
Vivan los mozos indianos
que güelven a la su tierra;
viva los mozos indianos,
y también la su güela…
En la pobreza nació
el indianu de esti pueblu,
y a la pobreza golvió
con cadena y con sombreru.
Con cadena y con sombreru,
y sortijas relumbrantes,
una pipa pa su güelu
y anillo pa la su amante.
Y anillo pa la su amante,
que lu esperó a la ventana
aguardando los regalos
con la su vasca galana.
Las muchachas del tu pueblu
te damos la bienvenida;
las muchachas de esti pueblu
te desean güena vida…
Te desean güena vida
en el pueblu en que nacistes…

(Manuel Llano)

miércoles, 24 de octubre de 2018

LA GRÚA DE PIEDRA: nuestra grúa titán...

Santander, 26 de septiembre de 2.018


Santander encierra pequeños tesoros que merece la pena descubrir, como la robusta Grúa de Piedra que custodia nuestra hermosa bahía…


Ubicada en el muelle de Maura del puerto de Santander, junto al Palacete del Embarcadero, la Grúa de Piedra fue inaugurada el 17 de mayo de 1.900 y permaneció en servicio hasta comienzos de los años noventa.


A finales del siglo XIX, el puerto de Santander, debido a las escasas prestaciones de sus grúas, no podía recibir mercantes con cargas significativas y estos debían atracar en otros puertos del Cantábrico, como el de Bilbao. En 1.896, la Junta de Obras del Puerto encargó a los ingenieros F. V. Sheldon y Otto Gerdtzen el diseño de una grúa que fuera capaz de desplazar cargas de hasta treinta toneladas de peso.



Inicialmente, la grúa, cuyo radio de acción alcanza los once metros, estaba propulsada por una máquina de vapor que, posteriormente, en 1.927, fue sustituida por un motor eléctrico. La máquina dispone de una pluma cuyo extremo superior está situado catorce metros por encima del muelle, y tanto la estructura de acero que conforma su cabina como sus treinta y cuatro toneladas de contrapesos descansan sobre la robusta base circular hecha con sillares de piedra procedentes de los antiguos muelles de la ciudad que constituye su principal seña de identidad.


Cuando la actividad comercial del Puerto de Santander se trasladó al muelle de Raos, la Grúa de Piedra dejó de tener utilidad y se convirtió en un símbolo de la ciudad. Recientemente, la construcción del moderno Centro Botín preveía la retirada de la grúa, pero la presión ciudadana obligó al arquitecto Renzo Piano a revisar su proyecto y desplazar unos metros la ubicación del edificio para no tener que tocar una grúa que forma parte ya de nuestra bahía.