Mostrando entradas con la etiqueta El Bierzo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Bierzo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 14 de octubre de 2015

EL BIERZO (IV) - LA PALLOZA DE BALBOA: ¡buen provecho!

Balboa, 13 de septiembre de 2.015

Como estaba previsto, nos vamos a comer a la Palloza de Balboa...


Las pallozas son construcciones de origen prerrománico, presumiblemente celta, típicas de las comarcas occidentales de la provincia de León (Los Ancares, La Cabrera o El Bierzo) así como de algunas zonas de Lugo y Asturias.
Son edificios de planta ovalada, de entre diez y veinte metros de diámetro, construídos con muros de piedra de uno o dos metros de altura sobre los que descansa la estructura de la cubierta formada por un entramado de madera y un denso revestimiento de paja procedente del cereal cultivado en la zona, habitualmente centeno.
El interior de la palloza constaba normalmente de tres zonas: la estancia principal, en la que se encontraba el hogar (astrago), el establo (estravariza) y el almacen para la leña y el alimento del ganado, donde en ocasiones se encontraba también el espacio utilizado como dormitorio (barra).


Su uso pervivió hasta la segunda mitad del siglo XX y en la actualidad muchas pallozas han sido rehabilitadas y utilizadas como reclamo turístico.

La Palloza de Balboa es un restaurante bueno, bonito y barato situado en un entorno muy agradable, junto a un simpático riachuelo atravesado por un pintoresco puente de madera. 


El interior -cálido, confortable y oscuro-, está presidido por un hogar en torno al cual se reparten un buen puñado de mesas. La comida no es para tirar cohetes pero la relación calidad/precio es óptima y la atractiva y confortable atmósfera en que viene envuelta es un aspecto positivo a tener en cuenta.


Con el estómago lleno damos un agradable paseo por el pueblo y emprendemos el largo regreso a casa...

EL BIERZO (III) - VILLAFRANCA DEL BIERZO: adelante peregrino, a Compostela que el cielo de Galicia ya es vecino...

Villafranca del Bierzo, 13 de septiembre de 2.015


Nos levantamos pronto. Marta tiene ganas de llevarnos a comer a un restaurante instalado en el interior de una palloza de Balboa. Tomamos la autovía A6 en dirección a La Coruña y para allá nos vamos, pero antes de llegar hacemos una parada en Villafranca del Bierzo, un municipio leonés situado al oeste de la comarca considerado conjunto histórico-artístico desde 1.965.

Tras el descubrimiento del sepulcro del apóstol en el año 813, el comienzo de las peregrinaciones a Compostela convirtieron a esta localidad, antesala del acceso al angosto valle del río Valcarce, en término de una de las etapas del itinerario recogido en el Códice Calixtino de mediados del siglo XII.
En torno al Monasterio de Santa María de Cluniaco, fundado por monjes benedictinos franceses en torno al año 1.070 para atender a los peregrinos de origen galo, se formó un burgo de francos que dio importancia y nombre a la villa.

Aparcamos junto a la ciclópea Colegiata de Santa María del Cluniaco, construida sobre los restos del desaparecido monasterio.
La decadencia del cenobio comenzó a principios del siglo XIV y en 1.529 la abadía se convirtió en colegiata. Fue entonces cuando Pedro de Toledo, segundo marqués de Villafranca y virrey de Nápoles, emprendió la construcción de un nuevo templo inspirado en las mastodónticas basílicas renacentistas. De estilo gótico, aunque con elementos propios del renacimiento y del barroco, se aprecia en la parte de los pies que se trata de un edificio inacabado de cuya arquitectura exterior unicamente llama la atención su cabecera.


Comienza a llover...
Abrimos los paraguas y damos un breve paseo por los románticos y geométricos Járdines de la Alameda, construidos en 1.882 en torno a una graciosa fuentecilla del siglo XVI conocida como 'La Chata' y procedente del claustro del Monasterio de Santa María de Carracedo.



Nos acercamos a la oficina de turismo, donde nos advierten que hoy todos los monumentos del pueblo permancerán cerrados así que tendremos que conformarnos con visitar el exterior de sus iglesias y monasterios.
Pasamos frente a la imponente fachada principal del Convento de los Padres Paules, conjunto arquitéctónico fundado en el siglo XVII por D. Gabriel de Robles y destinado a convertirse en un colegio de primeras letras de la Compañía de Jesús en el que se enseñase a los niños a leer y escriber y se impartiesen además estudios de teología. En 1.767 los jesuitas fueron expulsados, aunque en sus instalacions se siguieron dando clases y se trasladó a su iglesia la Parroquia de San Nicolás. Posteriormente, en 1.822, cuando Villafranca del Vierzo se convirtió en capital de provincia, el edificio se convirtió en sede de la Diputación Provincial. Después pasó a manos de los herederos del fundador, quienes lo vendieron a los Padres Paules y en la actualidad alberga un Museo de Ciencias Naturales dedicado a la zoología.


Nos detenemos en los soportales situados frente al ayuntamiento para tomar un cafetín que nos ayude a entrar en calor. El pueblo está en fiestas y aspirábamos a presenciar el tradicional desfile de cabezudos pero la lluvia no cesa y el paseillo se cancela. Volvemos a abrir los paraguas, continuamos nuestro paseo y nos acercamos a la Iglesia de San Francisco.
A principios del siglo XIII el antiguo hospital de peregrinos de la localidad se convirtió en un monasaterio cuyo fundador no se sabe a ciencia cierta quién fue: pudo ser la reina Doña Urraca de León pero también San Francisco de Asís durante su peregrinación a Santiago. En cualqier caso, en 1.285 y gracias al patrocinio de María de la Cerda, el monasterio fue trasladado al emplazamiento actual aunque tras la desamortización de Mendizabal fue abandonado y hoy en día únicamente se conservan la iglesia, algunos muros y los arranques de la arquería del claustro. Su interior esconde un extraordinario artesonado mudejar del siglo XIV policromado a mediados del siglo XV con los escudos de armas de los principales protectores del convento (los condes de Lemos y los marqueses de Villafranca) que tendremos que visitar en otra ocasión.



La iglesia conserva su portada románica con cuatro arcos de medio punto decorados con molduras, pero la cabecera, de estilo gótico, data de 1.450. Durante el siglo XVII, se añadieron la imagen de San Francisco del imafronte y las dos sencillas torres que en lugar de levantarse junto a la fachada lo hacen en mitad de la nave principal separando dos tramos de diferente época y altura.

A lo lejos, en un alto a las afueras del pueblo, vislumbramos una pequeña iglesia y hacia ella nos dirigimos: es la Iglesia de Santiago, construida en torno al año 1.186, cuando el obispo Fernando de Astorga obtuvo una bula papal para fundar una iglesia en las proximidades de Villafranca en la que los peregrinos enfermos que no pudiesen concluir la ruta jacobea pudiesen obtener el jubileo.


Se trata de un sencillo edificio de una sola nave con una pequeña capilla adosada en el lateral sur durante el siglo XVII.
La sencilla puerta principal, situada en la fachada oeste, presenta un discreto arco de medio punto incrustado en el muro sin ningún tipo de decoración y por encima de él una pequeña ventana ilumina el interior de la iglesia y una espadaña de dos vanos construida con posterioridad sirve para albergar las campanas.

Un vistoso abside semicircular remata la nave principal. Está formado por tres paños separados por ligeras columnas adosadas a un muro en el que se abren tres discretas ventanas envueltas por sendos arcos de medio punto decorados con taqueado jaqués que descansan sobre columnillas rematadas con vistosos capiteles


La austeridad y sencillez del edificio contrastan con la rica ornamentación de la Puerta del Perdón, única puerta del Camino de Santiago, junto con la de la propia Catedral, que al ser cruzada durante el Año Santo Jacobeo, permite al peregrino obtener las gracias del jubileo, siempre y cuando haya cumplido una serie de prevendas: acreditar la imposibilidad de llegar a Compostela, haber recorrido a pie al menos ciento cincuenta kilómetros del Camino, confesarse, escuchar misa, comulgar y rezar por las intenciones del Papa.


Abierta en el muro lateral situado al norte, con vistas a la villa, es el elemento más llamativo de la iglesia. Consta de cuatro arquivoltas ligeramente apuntadas: la primera y segunda presentan decoración de media caña, la tercera motivos vegetales y la cuarta seis parejas humanas que forman un apostolado presidido por un pantocrátor de influenica bizantina en la clave.



Los capiteles de las columnillas sobre las que descansan las arquivoltas están decoradas con hojas de acanto animales fantásticos y varias escenas bíblicas (la Crucifixión, el viaje de los tres Reyes Magos y la Epifanía).







Volvemos la espalda a la iglesia y regresamos al pueblo siguiendo el itinerario marcado por el Camino de Santiago. A pocos metros nos topamos con las recias murallas del imponente Castillo de los Marqueses de Villafranca, en cuyos recios muros se exhiben los escudos de varios de sus propietarios a lo largo de la historia.


Se trata de un sobrio edificio de mampostería de carácter más palaciego que militar construido en el siglo XVI . Es de planta rectangular y cuenta con cuatro robustos torreones circulares de escasa altura en las esquinas cubiertos con originales chapiteles de pizarra.


Llegamos al pueblo y recorremos la pintoresca Calle del Agua, lugar de paso obligado para los peregrinos e importante muestrario de arquitectura barroca de caracter fundamentalmente civil en el que destacan el Palacio de los Marqueses de Villafranca, el Palacio de Torquemeda o la casa natal del escritor Enrique Gil y Carrasco, autor de la novela "El señor de Bembibre".


Llegamos al puente que cruza el cauce del río Burbia y dejamos que los peregrinos sigan su camino mientras nosotros regresamos al coche para seguir el nuestro...


Si es Dios lo que te mueve, peregrino,
o es el arte, la historia o la poesía,
Villafranca del Bierzo ya sería
el principio y final de tu camino,
más si tu corazón seguir anhela,
¡adelante, peregrino, a Compostela,
que el cielo de Galicia ya es vecino!
(Hernán Alonso, 1.999)


Va siendo hora de comer y nos vamos para Balboa pero nos equivocamos de carretera y nos llevamos una grata sorpresa: sin saber muy bien cómo, acabamos en Corullón y aparcamos un momento junto a la hermosa Iglesia de San Miguel.
De estilo románico, fue construida a principios del siglo XII. Consta de una nave de tres tramos en la que se abren varios ventanales abocinados con arquivoltas sobre columanas con capiteles decorados y está rematada con un sencillo ábside semicircular. La torre situada a los pies del templo es de época posterior.


La puerta del muro meridional está formada por un arco de medio punto decorado con una sencilla arquivolta que descansa sobre esbeltas columnas con capitel. Por encima de él se abre una triple arquería ciega sobre columanas similar a la del astial del brazo meridional de la Colegiata de San Isidoro de León.


Se nos ha hecho tarde y ya no podemos entretenernos más. Me hubiese gustado buscar la cercana Iglesia de San Esteban -románica, del siglo XI-, pero es hora de comer...

EL BIERZO (II) - PONFERRADA: territorio templario

Ponferrada, 12 de septiembre de 2.015


...volvemos a Ponferrada.
La capital de la comarca de El Bierzo es la segunda ciudad en importancia de la provincia de León. En el año 1.082 el obispo Osmundo de Astorga ordenó la construcción de un puente reforzado con hierro para facilitar a los peregrinos del Camino de Santiago el paso sobre el río Sil, lo que dio nombre a la población que posteriormente creció en sus alrededores.

Nos registramos en el hotel y salimos a ver el Castillo Templario de Ponferrada antes de que caiga la noche y cierren sus puertas.


La fortaleza se alza sobre una colina, junto a la confluencia de los ríos Boeza y Sil, sobre los restos de un antiguo castro celta que posteriormente fue ocupado por romanos y visigodos.
Cuando en 1.178 el rey Fernando II de León permitió a la Orden del Temple establecer una encomienda en la actual Ponferrada los monjes guerreros ampliaron y mejoraron la primitiva cerca hecha de cantos y barro sustituyéndola por un muro de cal y canto.
En 1.308, durante el reinado de Fernando IV, antes de que se produjese la disolución de la orden, Rodrigo Yáñez, maestro castellano del Temple, entregó la villa a la corona y en 1.340 Alfonos XI donó Ponferrada a Pedro Fernández de Castro, su mayordomo mayor, quien comenzó la construcción del Castillo Viejo.
Ponferrada y su castillo continuaron en poder de la rama gallega de los Castro hasta 1.374 y a partir de entonces permaneció en manos de diversos miembros de la familia real. En 1.440 pasaron a manos de don Pedro Álvarez de Osorio, primer conde de Lemos y esposo de doña Beatriz Enríquez de Castilla -hermana de Fadrique Enríquez de Castilla, duque de Arjona-, quien llevó a cabo grandes obras en el castillo, fortificando el recinto amurallado y acometiendo la construcción de un gran palacio renacentista denominado Castillo Nuevo.
Tras varias disputas entre sus herederos, los Reyes Católicos adjudicaron la villa a Juana Osorio -hija habida de su segundo matrimonio con María Bazán-, a quien concedieron también el marquesado de Villafranca. Pero Rodrigo Enríquez Osorio -nieto bastardo y segundo conde de Lemos-, no acató la resolución y tras poner cerco a la fortaleza se apoderó de ella en 1.485, iniciando una peligrosa rebelión contra los reyes.
La Corona emprendió una campaña encabezada por el Almirante de Castilla contra las plazas y lugares de El Bierzo que apoyaban al rebelde y el asedio a una fortaleza que fue tomada por la fuerza durante el verano de 1.486. Previamente los reyes habían comprado los derechos sobre la villa de Ponferrada a su legítima heredera y tras la conquista iniciaron importantes obras de reparación y refuerzo de sus murallas.
Desde entonces el castillo fue gobernado por un corregidor en nombre de la Corona pero en 1.850 comenzó un periodo de fuerte declive durante el cual el Ayuntamiento de Ponferrada utilizó las piedras de sus muros para construir unas cuadras públicas y un mercado adosado a sus murallas, arrendó el interior como zona de pastos e inclusó llegó a permitir su explanación para ser utilizado como campo de fútbol.
Afortunadamente en 1.924 fue declarado Monumento Nacional poniendo fin así a su deterioro e inciándose su recuperación.


Cruzamos lo que queda del foso que envolvía al castillo y accedemos a su interior cruzando una intimidadora portada de mampostería formada por un amplio arco de medio punto flanqueado por dos recias torres.

Tras ella se alzaban las puertas de acceso a un intrincado recinto defensivo, una pequeña ratonera custodiada por varias torres desde la que se pasa al amplio patio de armas.



Nos desplazamos hasta el extremo occidental del recinto y visitamos el interior de la Torre de Moclín, de planta hexagonal irregular, utilizada en la actualidad centro de recepción de visitantes y en cuyo sótano es posible contemplar algunos vestigios de la antigua muralla templaria.

Recorremos el paseo de ronda situado sobre el lienzo sur de la muralla y pasamos junto a las torres que custodian el acceso al castillo (Torre de Caracoles y Torre de Cabrera).
Desde el lienzo oriental de la muralla cotemplamos algunos de los edificios más significativos de Ponferrada como la Iglesia de San Estebán, la Basílica de la Encina o la Casa de los Escudos (sede del Museo de la Radio). Junto a nosotros se alza el remozado Castillo Nuevo y recorriendo el paseo de ronda llegamos a las torres de Malvecino y Malpica.


Abandonamos las muralas y nos desplazamos hasta el extremo norte del patio de armas donde se alzan los románticos restos del denominado Castillo Viejo.
Recorremos la ronda del Sil, situada sobre el lienzo oriental de la muralla, menos protegida que otras zonas del castillo por estar dispuesta junto al río, desde donde éste difícilmente podía ser atacado. Bajo nosotros se despliega una ronda secundaria destinada a defender el pasadizo subterráneo que comunicaba con un aljibe situado en una torre albarrana junto al Sil.


Antes de abandonar el castillo visitamos la exposición Templum Limbri, ubicada en el interior de las dependencias del Palacio Nuevo, que alberga una importante biblioteca templara y una interesante colección de facsímiles de manuscritos y códices iluminados, copiados y miniados en los principales talleres europeos.


Cae la noche. Tomamos unas cañitas y cenamos unos pinchos. Aprovechamos para dar un paseo por el casco histórico de la ciudad y llegamos a la Plaza de la Virgen de la Encina donde, junto a la basílica, nos topamos con una estatua de Venancio Blanco inaugurada en 2.003 que hace alusión al modo en que se produjo el descubrimiento de la imagen de la patrona de El Bierzo.

En torno al año 1.200, durante la construcción de la fortaleza, un caballero templario descubrió en el hueco de una vieja encina una imagen de la Virgen que allí había sido ocultada siglos atrás ante el temor del avance sarraceno. 


Hemos exprimido el día y mañana seguiremos explorando la comarca de El Bierzo así que volvemos al hotel y nos vamos a dormir. ¡Mañana más!

martes, 22 de septiembre de 2015

EL BIERZO (I) - PEÑALBA DE SANTIAGO Y MONTES DE VALDUEZA: ¡¡¡el Valle del Silencio!!!

Peñalba de Santiago, 12 de septiembre de 2.015

Las Médulas y yo tenemos una cuenta pendiente; Marta lo sabe y por eso nos propuso hace unas semanas compartir una larga escapada al Bierzo pero vivo días demasiado ajetreados, de manera que hemos tenido que conformarnos con un par de días y dejar la reconciliación con las minas romanas para otra ocasión.
Arrancamos el viernes por la noche y llegamos a León poco después de la medianoche...
Dormimos poco, madrugamos y nos ponemos en carretera. Alcanzamos Ponferrada y pasamos de largo para sumergirnos en el corazón de los Montes Aquilanos: agreste formación montañosa situada al sureste de la comarca del Bierzo.
Atravesamos el frondoso y exhuberante Valle del Oza para dirigirnos a Peñalba de Santiago. Una carretera empinada, estrecha y sinuosa nos conduce hasta un afortunado pueblo de poco más de veinte habitantes situado a 1.100 metros de altitud, declarado Bien de Interés Cultural en 2.008 y restaurado integramente merced a las subvenciones públicas.

Aparcamos el coche en el estacionamiento habilitado a la entrada del pueblo y dejamos que nuestra mirada sobrevuele el Valle del Silencio para detenerse sobre los imponentes montes que nos envuelven.



El pueblo, anclado en la ladera más soleada de la montaña, al pie de la Peña Alba, supone una extraordinaria muestra de arquitectura rural: remozadas construcciones de piedra con tejados de pizarra y toscos balcones de madera de castaño se apiñan escalonadamente, mirando hacia el fondo del valle, repartidos a lo largo de dos calles bien pavimentadas.



Destaca su iglesia, joya de la arquitectura mozárabe del siglo X. La mandó construir el abad Salomón en el año 937 y es lo único que se conserva del monasaterio fundado aquí por San Genadio después de renunciar al obispado de Astorga.



El exterior de la iglesia está en obras y cubierto de andamios por lo que apenas tenemos ocasión de poder apreciar la singular espadaña exenta, pero accedemos al interior por una hermosa puerta geminada dispuesta bajo un robusto arco de descarga incrustado en el muro de la iglesia y formada por un doble arco de herradura apoyado en tres pilares de mármol con hermosos capiteles labrados. 



En el interior, contemplamos los restos de pintura mural decorativa que se conservan en las paredes y cúpulas y nos llama poderesomante la atención los imponentes arcos de herradura de origen visigótico que sostienen la nave principal.
Se trata de un edificio con planta de cruz latina, formada por una única nave y dos minúsculas capillas adosadas en los laterales formando los brazos de la cruz. Destacan, sin duda, los dos absides contrapuestos siutados en los extremos de la nave central.


Regresamos al exterior y trepamos por las escaleras que se cuelan entre los muros de las casas para colamos en las huertas y zonas de esparcimiento de los vecinos del pintoresco pueblo y contemplar la manta de pizarras con la que cubren los tejados de sus viviendas.



Comemos en el local de un holandés errante afincado en Peñalba de Santiago y después de tomar un cafetín, con el estómago lleno, volvemos sobre nuestros pasos para visitar a los vecinos de Montes de Valdueza, los hermanos pobres de los peñalbinos...

Montes de Valdueza es un pueblo cercano de características muy similares que apenas ha tenido ocasión de beber de la teta del estado: sus calles no están pavimentadas y sus desmoronadas casas de piedra y pizarra custodian las ruinas del Monasterio de San Pedro de Montes.




El cenobio fundado por San Fructuoso en torno al año 635 fue uno de los más importantes de los muchos situados en la Tebaida Berciana.


Tras la fundación del Monasterio de Compludo, Fructuoso decidió internarse en los valles situados entre los Montes Aquilanos buscando de nuevo la soledad y levantó un pequeño oratorio dedicado a San Pedro Apostol junto a un antiguo castro denominado Castro Rupianense. Hasta allí le siguieron numerosos discípulos dispuestos a llevar una vida ascética en emitorios, lo que propició la fundación del Monasterio de San Pedro, conocido también como Monasterio Rupianense.

Entre todos sus seguidores destaca la figura de San Valerio, quien describía así el lugar en el que se alza el monasterio:

Es un lugar parecido al Edén, y tan apto como él para el recogimiento, la soledad y el recreo de los sentidos. Cierto es que está vallado por montes gigantescos, pero no por ello creas que es lóbrego y sombrío, sino rutilante y esplendoroso de luz y de sol, ameno y fecundo, de verdor primaveral... Aunque en la rígida pendiente de la montaña ni un sólo rincón encontramos donde edificar, con la ayuda de Dios, el trabajo de nuestras propias manos y la pericia de los artesanos, en muy poco tiempo allanamos un pequeño espacio donde pudimos edificar un breve remedo de claustro: ¡que delicida contemplar desde aquí los vallados de olivos, tejo, laureles, pinos, cipreses y frescos tamarindos, árboles todos de hojas perennes y perpetuo verdor! A este inmarcesible bosque le llamamos 'Dafne' por sus emparrados rústicos de cambroneras que brotan espontáneas y trepan por los troncos y forman amenísimos y compactos toldos, y refrescan y protegen nuestros miembros de los rigores del estío y nos proporcionan mayor frescor que los antros de las rocas o la sombra de las peñas, mientras que el oído se regala con el muelle del cantar del arroyo que a la vera corre, y la nariz se embriaga con el nectáreo perfume de las rosas, los lirios y toda clase de plantas aromáticas. La bella y acariciadora amenidad del bosque calma los nervios y el amor auténtico, puro y sin fingimientos inunda el alma.

La invasión musulmana propició el abandono del monasterio pero en torno al año 895 aparece la figura de San Genadio, quien tras formarse en el Monasterio de Ageo, donde había conocido la vida y obra de San Fructuoso y San Valerio, decidió trasladarse a los Montes Aquilanos y restaurar el antiguo cenobio. Reedificó la iglesia y adaptó los espacios abandonados a las nuevas necesidades. La popularidad del lugar empezó a crecer y el monasterio comenzó a recibir importantes donaciones.
Durante varios siglos el nuevo cenobio benedictino consolidó sus dominios lo que permitió, a mediados del siglo XIII construir una nueva iglesia monacal que ha llegado hasta nuestros días, pero a principios del siglo XIV el monasterio vivió un periodo de decandencia durante el que perdió gran parte de sus bienes.
A finales del siglo XV San Pedro del Monte se incorporó a la Congregación de Valladolid y comenzó a resurgir de la penuria económica a la que se había visto sometido hasta alcanzar mediado el siglo XVIII un periodo de explendor durante el que se emprendieron importantes obras de mejora en el monasterio que permitieron ampliar la iglesia medieval y levantar un nuevo imafronte, decorar su interior y rehacer el claustro.
A lo largo del siglo XIX, sin embargo, la Guerra de la Independencia, la desamortización de Mendizabal y el incendio acaecido en su interior en 1.842 propiciaron el definitivo abandono del cenobio y el lento deterioro de sus dependencias.


En la actualidad se conservan la iglesia y las ruinas del monasterio, donde recientemente se han llevado a cabo obras de excavación y restauración que han permitido consolidar los muros del antiguo monasterio.

Visitamos el conjunto.
Comenzamos por la iglesia, cuya fachada principal, del siglo XVIII, contrasta con la torre románica del siglo XIII que la flanquea.

En su vetusto interior, junto a la sacristía, se conserva una pila de agua bendita procedente del primitivo Monasterio Ruspiniano pero el resto de la decoración (retablos, sillerías...) proceden del periodo de explendor vivido por el monasterio durante el siglo XVIII.

Regresamos al exterior y accedemos a las dependencias monacales sobrecogidos por el abrumador silencio y el imponente peso del paso del tiempo.


Recorremos las románticas ruinas, dejándonos seducir por el silencioso murmullo de las piedras que forman sus muros y el suave susurro de las hojas de los árboles que crecen en su interior.



Atravesamos los punzantes arcos formados por frágiles lajas de pizarra y paseamos por el desvencijado claustro antes de regresar al ajetreado siglo XXI. Volvemos al coche y abandonamos el Valle del Oza para volver a Ponferrada...