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domingo, 26 de junio de 2016

ISABEL (XXI): lejos de casa los hombres cambian...

Santander, 26 de junio de 2.016


Se le había dado por muerto, pero en junio de 1.496 Cristobal Colón apareció de nuevo en Castilla. Regresaba a Europa después de haber provocado una revuelta indígena y el descontento entre los colonos. Había convertido a los nativos en esclavos, echando por tierra los propósitos de evangelización, pero había conseguido mantener las nuevas tierras bajo los dominios de Castilla.


"Tan lejos de casa los hombres cambian y las leyes no se cumplen si no se imponen primero"

Los reyes instituyeron un mayorazgo para que los hijos del Almirante heredaran en el futuro sus títulos y beneficios y, aunque el momento no era el más propicio, permitieron a Colón emprender un nuevo viaje, ya que sabían que Portugal estaba a punto de promover una nueva expedición comandada por un tal Vasco de Gama cuyo objetivo era abrir, por el este, una nueva ruta hacia las Indias, circunnavegando la costa africana.

Encomendaron a Juan Rodríguez de Fonseca (Francesc Garrido), obispo de Badajoz, la ardua tarea de encontrar la financiación necesaria para acometer una nueva expedición que permtiese al Almirante pisar por fin tierra continental.


En agosto de 1.498, la expedición comandada por Colón arribó a una gran bahía en la que encontraron tierras más ricas y verdes que las de Valencia y una extensa corriente de agua rugiente que resultó ser la boca de un gran río, mayor que cualquiera de los que riegan los campos de Castilla y Aragón. Ni las islas ni el continente a los que había arribado Colón formaban parte de las Indias. ¿Quién sabe que tesoros podrían esconder aquellos parajes ignotos? Castilla se hayaba ante una gran oportunidad y sería provechoso para la corona que otros navegantes explorasen esas tierras. ¿Por qué habría de ser Colón el único que disfrutase las riquezas que pudiesen esconder?

Manipulada por Fonseca, Isabel puso fin a los privilegios del Almirante. Éste regresó a Cádiz despojado de los títulos de virrey y gobernador de los nuevos territorios pero porfió por aquello que por ley le correspondía. Se entrevistó con la reina y pidió justicia. Consiguió que sus rentas y bienes le fueran restituidos, mas no así sus títulos...


ISABEL (XVIII): el Tratado de Tordesillas...

Santander, 26 de junio de 2.016

No fue el deseo de hacer participe de su éxito al rey Juan II lo que arrastró a Cristóbal Colón hasta la costa portuguesa cuando regresaba de su viaje al otro lado del océano, sino una violenta tormenta en el Atlántico.
Aunque sólo una de sus naves, con un puñado de hombres enflaquecidos y enfermos hubiese arribado a puerto, parece evidente que el monarca portugués erró al no confiar en él y ahora éste pretendía compensar sus ofensas del pasado. El genovés había encontrado tierra antes de lo esperado y sus cartógrafos habían llegado a la conclusión de que había tierras inexploradas frente a las tierras de Guinea. Toda la cristiandad envidiaba el poderío de Portugal en la mar y ningún otro reino poseía su experiencia. Los portugueses podrían poner a disposición del genovés los medios que precisase para convertirse en el primer explorador en dar la vuelta al mundo y juntos podrían controlar las rutas hacia la India por el este y por el oeste.

La llegada a tierras gallegas comandada por uno de los hermanos Pinzón de una de las naves que le acompañaban en su viaje obligó a Colón a trasladarse a Barcelona rápidamente para comunicar a los reyes de Castilla el éxito de su expedición pero prometió regresar a Portugal...


El rey Juan, acogiéndose al tratado de Alcazobas firmado en 1.479 por su padre y bendecido por el papa Sixto IV, en virtud del cual le correspondeía a Portugal el derecho sobre cualquier conquista en el Atlántico por debajo del paralelo de las Canarias, reclamaba para su reino las tierras descubiertas por Colón: "¡el Atlántico pertenece a Portugal!".

Isabel confíaba en que el papa Alejandro VI ratificase el dominio de Castilla sobre las tierras conquistadas promulgando una bula que corrigiese un tratado que había sido malinterpretado, pues no todo el Atlántcio pertenecía a los portugueses. Dejaría que el tiempo pasase, pues lo haría en su favor, pero era consciente de que mientras tanto convenía asentar sus dominios sobre las Indias e instó a Colón a preparar sin demora su siguiente expedición.

El Almirante sabía que su lealtad había sido puesta en duda debido a una estancia en Lisboa a la que sólo el infortunio le condujo y para apaciguar tales sospechas propuso a la reina las condiciones que habría de refrendar el papa para erradicar las aspiraciones de Portugal sobre las nuevas tierras: Roma habría de conceder a Castilla el dominio sobre cualquier territorio que distase cien leguas de las Azores y Cabo Verde hacia occidente y el mediodía.

Se le exigió conquistar un imperio que no existía pues aunque hubiese hecho creer a los reyes que alcanzó las Indias en su primer viaje, lo cierto era que llegó a unas islas que en poco se asemejan a los relatos escritos sobre las tierras que buscaba: unos terrones en medio de la nada que él adornó con su don para el relato. 
Diecisiete naves y mil quinientos hombres acompañados por fray Bernardo Boyl (Jorge Calvo), vicario general de la Orden de los Mínimos, a quien la reina encomendara la evangelización de las nuevas tierras, partieron del puerto de Cádiz el 25 de septiembre de 1.493.


Un año después el fraile regresó junto a un grupo de descontentos, reacios a aceptar el pérfido modo de gobernar del virrey y de sus hermanos. La empresa del almirante ni había reportado oro ni había salvado almas, y únicamente causaba quebraderos de cabeza. La misión en las Indias debía continuar pero urgía encontrar a alguien que pusisese orden en semejante desaguisado...

ISABEL (XVI): algo inmenso les aguarda...

Santander, 26 de junio de 2.016

En 1.485, rechazado por el rey de Portugal, llegó a la corte de Segovia un joven Cristóbal Colón (Julio Manrique) que, amparándose en sus amplios conocimientos del Mar Tenebroso y en la posesión de las cartas de navegación de su suegro, el navegante portugués Perestrelo, le propuso a la reina Isabel la búsqueda de una atractiva ruta hacia las Indias por el oeste que, después de navegar sin tocar tierra durante varias semanas, permitiría rodear el mundo y abrirle paso a la palabra de Dios, cercando a los infieles al mismo tiempo que aportaría grandes riquezas a Castilla ya que todo el comercio de oro, especias y azúcar pasaría por su reino.


Fray Hernando le tachó de embaucador pero ella le encomendó la tarea de convocar una junta en la que hombres versados evaluasen su proyecto. Éste fue rechazado pero el empeño y la determinación de Cristóbal Colón hicieron que Isabel reconsiderase su decisión y le prometiera ayudarle cuando la guerra de Granada no fuese su principal preocupación.

El infiel había caído pero Isabel no disponía de fondos con los que financiar la expedición. Dios les había llamado a cumplir una misión que prometía gloria a cambio de sacrificio: ¡el dinero sobrante de la bula papal para la lucha con el infiel se utilizaría para financiar la expedición!
Colón se declaró vasallo de Castilla, como habrían de serlo también todas las tierras descubiertas por él, y a cambio percibiría las rentas asociadas a su posición de virrey de todas las islas y porciones de tierra firme conquistada. El 17 de abril de 1.492 se firmaron las Capitulaciones de Santa Fe por las que la Corona le otorgaba el título de Almirante de la Mar Océana así como los cargos de virrey y gobernador general con carácter hereditario de todas las tierras descubiertas y además le prometía la décima parte de todas las riquezas que se obtuvieran, tales como oro, plata, piedras preciosas y especias, así como una octava parte de todos los beneficios que del viaje se obtuviesen.


Tres carabelas aprovisionadas con víveres partieron del puerto de Palos el 3 de agosto de 1.492: "¡Que Dios guíe sus naves!"


El 12 de octubre de 1.492 -dos meses después-, arribaron a la isla de Guanahaní.


Yo, don Cristóbal Colón, pongo a Nuestro Señor, Dios todopoderoso, como testigo: tomo posesión de estas tierras en nombre de sus reyes, don Fernando de Aragón y doña Isabel de Castilla, y las bautizo con el nombre de San Salvador.