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sábado, 3 de julio de 2021

EL SECRETO DE LAS ABEJAS: el zumbido del cambio se acerca

Santander, 1 de julio de 2.021

“El secreto de las abejas” (2.018) es una desgarra-dora historia de amor prohibido dirigida por Annabel Jankel, basada en la novela homónima de Fiona Shaw, en la que, por encima de todo, brilla el estupendo trabajo llevado a cabo por sus dos protagonistas: Anna Paquin y Holliday Granger, y la química que entre ellas se establece.



Ocúltales a tus vecinos lo que quieras, pero cuéntales a las abejas todo lo que se te ocurra.

 

Escocia, 1.952. La doctora Jean Markham (Anna Paquin) vuelve al pueblo en que creció para hacerse cargo de la consulta de su padre, recientemente fallecido.



Este, antes de morir, subastó todo lo que tenía, pues no pensaba que su hija fuera a regresar y esperaba que ella vendiera la casa, pero, entonces, las abejas de sus colmenas habrían muerto. Cuando era niña, Jean les contaba a ellas sus secretos para que no se fueran ¿cómo las iba a dejar morir?



Al llegar, conoce a Lydia (Holliday Granger), una mujer en apuros a la que su marido acaba de abandonar, y entre ambas surge una irresistible atracción que desafía todos los convencionalismos de la época.



La voz en off de Charlie (Gregor Selkirk) -el hijo de Lydia-, nos traslada a aquel momento de su vida…

 

Me cuesta recordarlo; aferrarme a algo más que los sentimientos. La línea que separa lo que veía de lo que creía ver es muy borrosa. Recuerdo que fue un verano frío, y que aún quedaba más frío por venir, también en nuestra casa. En su momento, lo entendía todo a medias y, ahora, queda, lejos. Las abejas bailando, el sonido de los cuchicheos… ¡Secretos por todas partes! ¿Cómo podía imaginar lo que sucedería cuando salieran a la luz? Sigo pensando en las dos...




Afortunadamente, el zumbido del cambio se acerca. Es muy pronto para que ellas lo escuchen, pero nosotros lo haremos y seremos muchos los que lo sigamos.




sábado, 1 de abril de 2017

SUAVE CARICIA, LAS MUCHAS VIDAS DE AMORY CLAY: atractiva, intensa, fluida y verosimil

Santander, 25 de marzo de 2.017

"Dure lo dure vuestra estancia en este pequeño planeta, tanto da lo que ocurra en ella, lo más importante es sentir de vez en cuando la suave caricia de la vida".

El convulso siglo XX es el difuminado telón de fondo sobre el que el escritor escocés William Boyd construye la autobiografía ilustrada de un personaje que nunca existió...


Amory Clay -guapa, terca, inteligente y complicada-, escribe en primera persona desde su casita en la isla de Barrandale. A punto de cumplir setenta años se pregunta qué es lo que le espera al día siguiente: un hermoso día, un perro, un paseo, una playa blanca, un océano fruncido por el viento, una cámara, un ojo ansioso y concentrado, una mente curiosa y activa...

Nació el 7 de marzo de 1.908 y, por mucho que le pesase a su padre, fue niña. Siempre pensó que nunca se escribiría nada sobre ella -la hija de B. V. Clay-, pero se equivocó.

Al celebrar su séptimo cumpleaños, su tío, Greville Readeg-Hill, le regaló una Kodak Brownie nº 2 y cambió, sin saberlo, el rumbo de su vida. Le enseñó los secretos de la asombrosa alquimia que permite tomar imágenes atrapadas en una película y, mediante la aplicación de diversos productos químicos -el revelador, el baño de paro, el fijador y el lavado-, convertirlas milagrosamente en negativos que luego se pueden positivar en blanco y negro.

La fotografía siempre le pareció algo fascinante: atrapar un instante fugaz en una película, tras exponerla brevemente a la luz, y luego producir una imagen monocromática de ese momento... Le gustaba fotografiar a gente en acción: caminando, bajando las escaleras, corriendo, saltando..., y sin mirar a la cámara. Solo la fotografía era capaz de captar esa animación suspendida e irreflexiva: detener el tiempo y capturar ese milisegundo de nuestra existencia que nos permite vivir para siempre.

Apenas recordaba nada del chasquido de obturador que constituyó el pistoletazo de salida de una carrera que ya no abandonaría nunca.
Dejó que la vida se le acercase poco a poco, sin prisa por salir a buscarla, pero nunca permitió que le pasase por delante mostrándose indiferente para limitarse después a pensar en lo que podría haber hecho y no hizo.
Comenzó a trabajar con su tío, fotografiando las fiestas de la aristocracia inglesa, pero no tardó en viajar a Alemania para unirse a una hermandad de mujeres fotógrafas que se ganaban la vida en Berlín, Hamburgo, Viena y París, y terminó siendo procesada por obscenidad. Cruzó el charco en ambos sentidos y sintió el peso de las balas. Amó y penó: ¡¡¡vivió!!!

Era consciente de que cualquier existencia de una longitud razonable presenta todo tipo de complicaciones tan enrevesadas como las suyas, pero a veces tenía la impresión de que su vida estaba repleta de bolas con efecto y sorpresas inoportunas... Los errores que todos cometemos, grandes o pequeños, solo se pueden comprender en perspectiva. Surgen cuando las buenas intenciones se tuercen, y no podemos hacer nada por evitarlos, porque no les vemos venir.
Sin embargo, solo cuando la vida no te ofrece el más mínimo consuelo, cuando ya no saboreas nada -ni siquiera lo más insignificante que el planeta y tus semejantes te pueden ofrecer-, deja de tener sentido continuar: "¡¡¡ese  es el momento de tomarte la pastilla de cianuro!!!".