Santander, 25 de febrero de 2.020
Maribel Martínez es psicóloga, filóloga y
educadora social, pero, además, es madre, y reconoce que no hay ningún máster
que le haya enseñado tanto como su hija.
El 28 de agosto de 2.019 participó en el
proyecto educativo ‘Aprendemos juntos’, puesto en marcha por el diario ‘El País’
y el banco BBVA, y, durante casi una hora, conversó con María Sicilia, madre de
tres niños, acerca de cómo educan hoy los padres a sus hijos.
La manera de educar a los hijos ha
cambiado mucho a lo largo del tiempo. En la posguerra, por ejemplo, las
prioridades eran sobrevivir y darles de comer, aunque para ello los niños tuvieran
que abandonar la escuela y empezar a trabajar muy pronto. Posteriormente, durante
los años 60 y 70, lo primordial era formarles académicamente con el fin de
tratar de garantizarles un futuro mejor. Con la llegada de la democracia, la
forma de relacionarse con ellos cambió: se les escuchaba más y comenzaron a tenerse
en cuenta sus derechos.
En la actualidad, las parejas están muy
pendientes de la educación de sus hijos y, en muchas ocasiones, antes de formar
una familia, ya se están formando como padres. Podríamos decir que, de alguna
manera, estamos ‘profesionalizando’ la paternidad, pero esto no nos está
conduciendo a un modelo de familia que funcione mejor. Lo cierto es que nos
encontramos ante una generación de niños que son cada vez más dependientes, que
son más miedosos, que no tienen límites…
Los padres somos un modelo para nuestros
hijos. Nuestra función es proporcionarles una serie de valores y conseguir que
sean autónomos, independientes y capaces. Tenemos que enseñarles un montón de
cosas, pero debemos evitar sobreprotegerlos pues una ayuda excesiva es una
ayuda que invalida. Muchas veces, pensamos que nuestros hijos son más frágiles
de lo que realmente son. Queremos que sean felices, no queremos verlos sufrir y
nos adelantamos a sus dificultades y necesidades; pero esa sobreprotección les
priva de muchas oportunidades de aprendizaje. Lo que deberíamos hacer, en realidad,
es ponerles pequeñas piedrecitas en el camino que les enseñen a ir superando dificultades.
De ese modo, los niños crecerán sintiéndose capaces. Si el camino es siempre liso,
lo que perciben es que en el mundo que les rodea no hay problemas, ni peligros,
pero esa no es la realidad. Una protección excesiva hace que el autoconcepto y la
autoestima del niño se deterioren y disminuyan. Cuando ayudamos a nuestros hijos a hacer todas
las cosas, de alguna manera, lo que les estamos diciendo es que no les
consideramos capaces de hacerlas por sí mismos, lo cual, a la larga, genera en
ellos muchos miedos e inseguridades. Crecer en un entorno en el que siempre hay
alguien a tu lado que no permite que haya ninguna dificultad genera una
dependencia absoluta que crece indefinidamente.
Acompañar a nuestros hijos en su periplo
escolar puede ser muy recomendable, pero cuando eso se convierte en gestionar su
agenda, supervisar sus deberes y estudiar con ellos, nos estamos equivocando.
Son ellos los que tienen que hacer todas esas cosas. Nosotros tenemos que
enseñarles a hacerlas de manera autónoma: ¡ahí se acaba nuestra misión! No
podemos asumir como propias las responsabilidades de nuestros hijos porque en
ese caso, con la mejor de las intenciones, conseguiremos el peor resultado, ya
que ellos se dirán: “si otro lo hace por mí, para que lo voy a hacer yo”.
Debemos confiar en ellos y demostrárselo.
Compartir experiencias con ellos es
maravilloso, pero, muchas veces, lo único que hacemos es estresarlos. La
conciliación familiar no es fácil: ellos necesitan tiempo para hacer las cosas
y nosotros no lo tenemos. Es más rápido hacérselo que dejárselo hacer, pero de
ese modo no les estamos ayudando a ser autónomos. Necesitan tiempo para aprender
a hacer las cosas por sí mismos, aunque eso requiera paciencia por nuestra
parte.
Por otro lado, tenemos que enseñarles a
gestionar el tiempo. Para ellos, el tiempo funciona de otra manera: un minuto
puede ser una hora, y una hora puede ser un minuto, dependiendo de la actividad
que estén realizando; solo existe el ‘ahora’ y es responsabilidad nuestra
enseñarles, desde muy pequeños, que el tiempo pasa constantemente, aunque ellos
no estén pendientes de él.
En otro orden de cosas, hay determinados
comportamientos de los niños que los padres debemos entender, pero no podemos
permitir. Desde el minuto cero, hemos de establecer unas líneas rojas muy claras
que ellos tienen que conocer. Los niños necesitan normas que les ayuden a
sentirse seguros. No podemos ser permisivos. Hemos de establecer una jerarquía
familiar. No somos todos iguales. Nosotros somos quienes ponemos los límites y
no negociamos con ellos. No podemos ponernos su altura: ¡no somos sus colegas! Los
padres debemos hacernos respetar desde el minuto cero, y debemos hacerlo con
coherencia, predicando con el ejemplo siempre que podamos y estableciendo unos
límites claros y firmes, sin imponer una autoridad dictatorial.
Para que una familia funcione, como sucede
en cualquier otro colectivo, es preciso explicitar un sistema de normas que
permita a cada miembro conocer cuales son sus funciones. Los niños deben ser
conscientes de que tienen derechos, pero también obligaciones, y de que su
incumplimiento traerá consigo unas consecuencias adecuadas, inmediatas y
proporcionales. No se trata de castigar a nuestros hijos, sino de educarles y
brindarles la oportunidad de hacer las cosas bien la próxima vez.
Cuando los niños crecen pensando que tienen
derecho a todo -cuando no conocen un ‘no’ por respuesta-, no desarrollan ningún
tipo de tolerancia a la frustración, lo cual hace que, cuando no se salen con
la suya, terminen comportándose de manera déspota y violenta. En torno a los
dos años, es normal que los niños, que aún no han desarrollado un léxico adecuado,
utilicen el llanto y las pataletas para expresar su rabia y su ira, pues son emociones
muy difíciles de gestionar que, poco a poco, van aprendiendo a controlar. Sin
embargo, en algunas ocasiones, este comportamiento se cronifica, y cada vez es
más frecuente encontrar niños de siete u ocho años que todavía tienen pataletas.
Detrás de ellos hay, casi siempre, unos padres demasiado permisivos que, en
alguna ocasión, les han dado aquello que pedían a gritos, reforzando, de ese
modo, su comportamiento. Un ‘no’ debe ser siempre un ‘no sin excepciones’. Como
padres, debemos evitar darles a nuestros hijos demasiadas explicaciones y aceptar
que no siempre van a entender el por qué de las cosas que les estamos pidiendo
que hagan. Debemos ignorar sus pataletas y no caer en su provocación; ser
capaces de alejarnos y confiar en que el niño se va a calmar por sí solo.
Nadie dijo que educar hijos fuera fácil. Cada niño es
un mundo, y es preciso aceptar que hay cosas que no se pueden controlar, pero lo
que parece indudable es que la hiperprotección y la hiperpermisividad no les ayudan
a crecer. Los límites siempre son necesarios.
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