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sábado, 25 de marzo de 2017

CHOPIN' CHOPIN (JUDITH JÁUREGUI y PEPE RIVERO): ¡¡¡la música triunfa!!!

Santander, 24 de marzo de 2.017


Cuando Judith Jáuregui escuchó "Los boleros de Chopin", de Pepe Rivero, se enamoró de la lectura que el cubano hacía de las partituras del compositor polaco: de sus improvisaciones, de su ritmo y de su frescura... Le propuso compartir escenarios y él aceptó: así nació "Chopin' Chopin"...


Sobre el escenario de la Sala Argenta del Palacio de Festivales  se disponen dos pianos enfrentados.
A la izquierda está ella: vestido negro, pelo recogido, brazos largos y dedos infinitos... A la derecha, él: traje, corbata y escolta (contrabajo y batería)...

Ella golpea primero: no necesita partitura, sus dedos se deslicen sobre el teclado del piano y la magia nos envuelve. Cerramos los ojos y contemplamos la belleza...
Él recoge el guante: repite sus acordes, se deja llevar e improvisa nuevas variaciones. Abrimos los ojos y nuestros pies se mueven al ritmo impuesto por sus manos...

Ambos se escuchan mutuamente y construyen un concierto único, sorprendente y muy personal, en el que la técnica, el virtuosimo, la belleza y la armonía de la música clásica se funden con la pasión, el ritmo y la improvisición del jazz latino. El espíritu de Chopin sobrevuela el escenario y las 'Scénes d'enfants", del catalán Frederic Mompou, dictan sentencia: ovación unánima y combate nulo. ¡¡¡La música es la única triunfadora!!!


martes, 5 de marzo de 2013

JÓVENES INTÉRPRETES - TAMAR BERAIA (piano): ¡maravillosa!

Santander, 4 de marzo de 2.013

Tamar Baraia es una joven pianista natural de Georgia que el verano pasado, durante la XVII edición del prestigioso Concurso Internacional de Piano Paloma O'Shea celebrado en nuestra ciudad recibió la Medalla de Bronce y el Premio del Público.





Hoy la Fundación Botín nos ha brindado la ocasión de volver a escucharle incluyendo su actuación dentro del ciclo dedicado a Jóvenes Intérpretes y proponiéndonos un atractivo programa con piezas de Tchaikovsky, Chopin, Albéniz y Liszt a las que  el programa de mano elaborado por Esteban Sanz Vélez nos ha acercado:

"...El género pianístico solista no se cuenta, bajo una conisderación histórica, entre la producción más transcendente de Piotr Ilich Tchaikovsky (1.840-1.893), aún siendo extenso y a pesar de incluir obras maestras como la "Gran Sonata" de 1.878 o, en un registro opuesto, las piezas "Op. 39", colección de veinticuatro miniaturas que son veinticuatro clases magistrales de composición.
"Las Estaciones Op.37" (la colección se publicó originalmente bajo el título francés de "Les Saisons", pero también se alude a ella ocasionalmente como "Doce piezas de carácter", o "Doce escenas características") que escucharemos hoy está está escrita en los mismos momentos en que lo fueron dos de los títulos más emblemáticos de este autor, su "Concierto para piano nº 1" y el ballet "El lago de los cisnes".

Tchaikovsky
Se trata de una colección de pequeñas piezas que Nikolai Bernadr, editor de Nouvellist, una revista musical de San Petersburgo, encargó a nuestro compositor en el año 1.875, a fin de ir ofreciendo a sus lectores una pieza con cada entrega mensual, hasta completar la docena. Tchaikovsky aceptó el encargo, así como los títulos, subtítulos y epígrafes poéticos que le proponía el mencionado editor, y por su cartas queda constancia de que se tomó la tarea como un trabajo alimenticio, lo que no impidió que la colección esté cuajada de fragmentos de gran belleza y sensibilidadad, que haya gozado de aceptación y múltiples reimpresiones (a partir de la segunda edición de 1.886), que se intrerprete con regularidad e, incluso, que se hayan realizado no pocas versiones para diversos instrumentos así como varioas orquestaciones.
Se trata de piezas en forma ternaria (reconocible facilmente durante toda la escucha: una primera sección que podemos llamar A, una sección central B que contrasta notablemente con la anterior, dibujando un claro cambio de paisaje, y una vuelta, A de nuevo, a la temática de la sección iniciail, acaso ahora con alguna elaboración ornamental añadida), sin muchas pretensiones aparentes, en las que despunta, sin embargo, la maestría con que se desarrollan y explotan sencillas ideas rítmicas y melódicas que fluyen siempre inspiradas.
La duración total de la colección es de unos cuarnta minutos.


https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgOzz_lFseRq5BrZCpIRB6tNARAwmhIDAt0FI9fHQ_rfRyXcUKX5eWfh9mnsvf6Uv1IOFlZ8KdF5PWGThDz1EYDQi1CTT0PMNLTXYQuT34_8ObDAIN81wLavcbkgy_QvoY1acWehAVDEqM/s1600/Chopin_etching.jpgFrédéric Chopin (1.810-1.849) no fue comositor muy comprendido en vida, contra lo que pudiéramos pensar en la actualidad; desde luego, estuvo menos reconocido que como pianista. Y bien pensado parece natural que así fuera, verdaderamente.
Su música, que hoy nos resulta tan familiar y cercana, desarrolló en su momento un estilo radicalmente nuevo. En lo pianístico plantea una revolución de la escritura y la técnica de ejecucion. Su renovación de la armonía -los sonidos que hace escuchar simultáneamente, la manera de comibnar unos con otros-, situada en su época, resulta de una inventiva y originaldiad asombrosas.
Por su sensibilidad, Chopin da lo mejor de sí en las formas breves (impromptus, nocturnos, mazurcas, etc...) pero es también autor de piezas más extensass que, como sucede con dos de sus tres sonatas (la primera es muy de juventud), resultan magistrales. Escucharemos hoy precisamente la "Sonata nº 2, Op 35" escrita en 1.839.
Consta de un primer tiempo "Grave-Doppio movimento", como es perceptivo en forma de sonata, es decir, forma tripartita como acabamos de ver que lo eran las pequeñas piezas de Tchaikovsky. La diferencia básica es que que aquí las proporciones son mucho mayores y la sección central se dedica no al mero contraste sino a la elaboración y desarrollo de ideas musicales puestas en juego en la sección inicial. Por ambos aspectos -longitud y desarrollo temático-, el esfuerzo de memoria que se requerirá para captar durante la escuha las secciones A-B-A deberá ser bastante más exigente que en las pequeñas piezas de Tchaikovsky, pero merece la pena intentarlo.
Le sigue un pujante "Scherzo", situado aquí de manera poco habitrual, en lugar del acostumbrado tiempo lento. A continuación, ahora sí como tiempo lento, la célebre "Marcha fúnebre", que se escucha a menudo como pieza independiente en instrumentaciones de todo tipo (no sin coherencia pues de hecho la pieza se compuso dos años antes, en 1.837, y luego el autor la incorporó a esta  "Sonata op. 35").
Y cerrando el conjunto, un arrasador, casi demente, "Presto", cuya escritura en unísono (de manera bastante sorprendente ambas manos tocan exclusivamente una misma línea melódica durante toda la pieza) bien puede avalar por sí sóla, si no lo han hecho con suficiencia los anteriores movimientos, esa gran originalidad, subrayada con anterioridad, de este tan portentoso como hoy trillado autor.


http://s.fixquotes.com/files/author/isaac-albeniz_KqBXF.jpg
Seguirá una pequeña muestra del grandísimo logro del gerundense Isaac Albéniz (1.860-1.909) que supone su obra cumbre "Iberia", aportación a la historia del piano universal equiparable a las más altas de los más eximios autores.
Se trata de "El Puerto", perteneciente al primer cuaderno (1.905) de los cuatro de que consta la colección, que alude o evoca El Puerto de Santa María, en Cádiz, y de "Almería", del segundo cuaderno (1.907).
Ambas piezas, como toda "Iberia", proponen un nuevo nacionalismo que renuncia a lo pintoresco -que el propio Albéniz había venido cultivando, siempre con gran telateno, en su obra nterior-, para sumergirse en una búsqueda de fondo que acierta a dar con unos colores universales que, al mismo tiempo, nos parecen hoy una quintaesencia de lo español, bien alejada del tópico.


http://www.bach-cantatas.com/Pic-Lib-BIG/Liszt-Franz-04.jpgY si hablábamos de innovación en Chopin, bien podríamos redoblar el adjetivo al tratar de su compañero de generación Franz Liszt (1.811-1.886), porque al contrario que en áquel, mucha música de Liszt todavía hoy puede resultar sorprendente por sus sonoridades altamente especulativas, en particular las piezas de sus últimos años que a veces anticipan caminos que sólo llegarán a despejarsese bien entrado el siglo XX.
Se asocia siempre la figura de Liszt a la del virtuoso pianista -no en vano fue reconocido como el mejor de su tiempo- y tendemos a pensar en su obra como esclavizada por ese mismo virtuosismo. Sin embargo, es preciso aclarar que se trata en la mayoría de los casos de un virtuosismo necesario, es decir, un virtuosismo que nace y se despliega impulsado por profundos contenidos musicales.
Así tendremos oportunidad de comprobarlo hoy, al escuchar el emblemático "Vals Mefisto", una música escrita alrededor de 1.860, en una etapa ya de gran madurez creativa del autor, en torno a la figura del demoníaco personaje fáustico cuyo nombre, en una de sus etimologías posibles, podría venir a signifacar "el que no ama la luz".
Lo mefistofélico, lo diabólico, debió de resultar asunto de poderosa atracción para Liszt, si pensamos que además del que oiremos enseguida, escribió otros tres valses en torno a Mefisto y todavía alguna obra más, como la excepcional "Bagatela sin tonalidad" o una polca bajo idéntico sobrenombre, además de la "Sinfonía Fausto".
En este vals, Liszt, como sucede en las piezas mencionadas y como es característico en él en otras muchas ocasiones, plantea una pieza programática, es decir, se propone narrar mediante música una historia, en este caso de origen literario a partir de un episido del "Fausto" (1.836) del poeta romántico austriaco Lenau (no el célebre de Goethe, algo anterior).
Pero no es necesario en absoluto conocer dicho episodio. Basta con dejarse llevar por esta música poderosa que al fin y al cabo, en su grandeza, termina por narrar contenidos puramente musicales, llena de contrastes, de luces y sombras, de tensiones, de ascensiones y caídas, de irisaciones poéticas (toda la sección central resulta deslumbrante en sus claroscuros, en su indeterminaciòn), para los que la música no necsita de palabras, pues le basta la elocuencia de su su inefable lenguaje." 

Muy puntual, con el público buscando acomodo aún, ha hecho su aparición sobre el escenario Tamar Beraia: joven, alta y elegante, con el pelo recogido y un vestido largo de color rojo.


Se ha sentado frente al piano, erguida, con sus delgados brazos flotando en el aire y sus manos deslizándose sobre el teclado y, apasionada, se ha dejado llevar por los fantásticos sonidos que brotan de sus dedos.

El programa elegido ha sido una maravilla.
En el destacaría la "Marcha fúnebre" de Chopin, triste y esperanzadora a la vez, que ha hecho que las lágrimas inundasen mis ojos, y el aire andaluz de las piezas de Albeniz que nos ha transportado al sur sin necesidad de recurrir al habitual sonido de una guitarra.

El broche final lo ha puesto Franz Lizst.
Yo lo esperaba con impaciencia.
Ella se ha tomado su tiempo, concentrándose antes de que sus manos se lanzasen a una frenética actividad para regalarnos una maravillosa interpretación de una pieza cargada de contrastes que estrujan el corazón.
¡Maravilloso!
Gracias.    

 


sábado, 25 de febrero de 2012

JÓVENES INTÉRPRETES, RAMÓN GRAU (piano): un torbellino de intensos sentimientos

Santander, 20 de febrero de 2.012

El ciclo “Jóvenes Intérpretes” organizado por la Fundación Botín sigue su curso.
Hoy el invitado ha sido Ramón Grau Perales,  joven jienense natural de Úbeda que el año pasado finalizó sus estudios de grado superior de música en la especialidad de piano en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid y que en la actualidad continúa formándose en la Universidad Ferenc Liszt de Budapest.
Obras de Clara Wieck Schumann, Fryderyk Chopin y Ferenc Liszt han sido las protagonistas de su recital además de la pieza “Dos danzas españolas para piano” (1.946) del torrelaveguense José Lucio Mediavilla.

La lectura de las “Notas al programa” preparadas por Juan Antonio González Fuentes para este recital y publicado en la página web de la fundación me empujó hoy a sumergirme en el apasionante mundo de la música clásica.
Un texto didáctico y apasionante que despertó mi interés:

“’Brahms, Clara, Schumann’ es el título de un hermoso poema de José Hierro incluido en su libro ‘Agenda’ (1.991) en el que el poeta hace referencia a la conocida historia de amor protagonizada por el célebre trío formado por los músicos Johannes Brahms, Robert Schumann y su mujer, la pianista y compositora Clara Wieck (Leipzig, 1.819 – Francfort del Meno, 1.896).
Clara fue la hija pequeña del conocido maestro de piano Friedrich Wieck, quien le dio sus primeras clases y planificó para ella una vida de concertista. Clara recibió una esmerada educación proporcionada por los mejores maestros posibles: estudió piano, violín, composición, contrapunto, canto e instrumentación, y ya a los once años dio su primer recital, nada más y nada menos que en la Gewandhaus de su ciudad natal, viendo además publicada la que fue su primera composición, ‘Cuatro polonesas para piano’.
Precisamente fue en esa época cuando Clara conoció al que llegó a ser su marido, Robert Schumann, nueve años mayor que ella. Robert llegó a la vida de Clara como estudiante de Friedrich Wieck, pues quería iniciar una carrera como concertista, aunque también tenía serias inclinaciones literarias y además se iniciaba ya en la composición.
La amistad entre los niños-jóvenes acabó convirtiéndose en amor, y en 1.837 pidieron permiso a Friedrich Wieck para casarse.
Éste se opuso, pues en su opinión Robert no era un buen partido para su hija, a pesar de reconocer en el músico un verdadero talento musical.
La pareja hubo de esperar a que Clara alcanzara la mayoría de edad, los 21 años, para casarse e iniciar una vida en común que solo se vio alterada por la locura de Schumann y la entrada en escena del joven Brahms.
La carrera como concertista de Schumann se vio truncada  por un accidente que le lastimó seriamente una mano. En consecuencia se dedicó a componer música y fue su mujer Clara quien se dedicó a tocar en público sus obras, dándolas a conocer y defendiéndolas con su maestría interpretativa.
Y es que Clara Wieck fue una de las grandes virtuosas de su época, estando considerada a la altura de genios de la interpretación al piano como Liszt o Thalberg, y desarrollando una carrera como virtuosa de teclado larga y fructífera por las grandes salas europeas, permitiéndole en lo económico ser el único soporte de la familia.
Como compositora Clara siempre dudó de su capacidad, llegando a escribir en su diario ‘alguna vez creí que tenía talento creativo, pero he renunciado a esta idea; una mujer no debe desear componer. Ninguna ha sido capaz de hacerlo, así que ¿por qué debería esperarlo yo?’. Sin embargo el talento de Clara como compositora es indudable, y así lo reconocieron músicos como Chopin, Paganini, Brahms, Mendelssohn o el propio Schumann.
Clara empezó a escribir las ‘Variaciones sobre un tema de Robert Schumann para pianoforte, op. 20’ (pieza incluida en el recital de hoy) en 1.853, tras un periodo de cinco años de silencio compositivo: ‘Hoy comencé a componer de nuevo, después de varios años. Para el cumpleaños de Robert quiero escribir variaciones sobre un tema de sus ‘Bunte Blätter’. Sin embargo es muy difícil para mí porque he estado alejada de la composición demasiado tiempo’, escribió Clara en su diario.
El tema escogido era una pieza que Robert compuso en 1.841 y fue publicada en 1.852 como nº 4 de su op. 99. La obra de Clara apareció como su op. 20 en 1.854, cuando Robert fue hospitalizado tras su intento de suicidio.
Hay que anotar que al cabo de los años Brahms compuso sobre el mismo tema su op. 9, es decir, sus ‘Variaciones sobre un tema de Schumann’.

No dejaremos de mencionar a Schumann al abordar la siguiente obra del concierto de hoy, las ‘Variaciones op. 2 sobre Là ci darem de lamano de la ópera Don Giovanni de Mozart’, obra compuesta por Fryderyk Chopin en el año 1.830, cuando era un estudiante de dieciséis años que tomó como modelo para su trabajo las ‘Variaciones sobre La Marcha de Alejandro, op. 32’ (1.815) de Ignaz Moscheles.
Y digo que no abandonamos a Schumann porque a él es a quien cedo la palabra, dejando aquí el comentario que el músico alemán publicó al conocer la obra de Chopin en 1.830:
'El otro día entró suavemente Eusebio en la habitación. Ya conoces la irónica sonrisa de su pálido rostro con la que quiere intrigarte. Yo tocaba el piano con Florestán. Ya sabes que éste es uno de los pocos músicos que presienten con raro acierto todo lo nuevo y extraordinario en el campo de la música, sin embargo hoy se mostró sorprendido: 'Descúbranse, señores, un genio', dijo Eusebio poniendo ante nosotros una partitura sin permitirnos ver el título. Hojeé el cuaderno. El placer que se experimenta gustando la música sin sonidos tiene algo de mágico; además creo que cada compositor le ofrece a la vista del lector una fisonomía que le es característica: una partitura de Beethoven tiene un aspecto distinto que una de Mozart, como la prosa de Juan Pablo (Richter) no se parece a la de Goethe. En el caso presente, creía ver abrirse ante mí unos ojos desconocidos, ojos de flor, ojos de basilisco, ojos de pavo real, ojos de muchacha joven. En varias partes me pareció reconocer 'La ci danem' de Mozart a través de cien acordes entrelazados; parecía que Leporello me guiñaba los ojos y Don Giovanni volaba ante mí con su capa blanca. 'Tócalo' dijo Florestán. Eusebio aceptó la idea y Florestán y yo, acurrucdos en un rincón junto a la ventana, nos preparamos para escuchar. Eusebio tocó con gran inspiración e hizo desfilar ante nosotros infinitos personajes llenos de vida. Parece que el entusiasmo del momento eleva sus dedos más allá de la medida ordinaria de sus facultades. 'Las variaciones pudieran haber sido de un Beethoven o de un Schubert si éstos hubiesen sido virtuosos del piano', fue todo lo que Florestán, sonriendo felizmente. Pero cuando volvió la página del título leyó: 'La ci darem la mano en si bemol mayor para piano con acompañamiento de orquesta, por Federico Chopin, op. 2'. Nos quedamos estupefactos. Nuestros rostros se inflamaron con un asombro extraordinario y en nuestros discursos confusos, aparte de algunas exclamaciones, no se pudieron distinguir más que estas palabras: 'hemos oído algo perfecto. ¿Chopin?... ¿Quién será?. De todas maneras es... ¡un genio!. ¿No oís cómo se ríe Zerlina con Leporello?'. En una palabra, fue una escena imposible de describir'. Hasta aquí el comentario de Schumann.
En esta temprana obra, Chopin no se limita a 'copiar' la estructura de la página mozartiana, y ofrece una larga introducción en la que el tema principal se deja entrever; luego expone el tema; pasa después a dibujar cinco variaciones en las que se desgrana un repertorio virtuosístico en el que no faltan agilidades para ambas manos, saltos combinados con dobles notas, grandes extensiones laterales...; y acaba con un final 'alla polaca', es decir, estamos ante una pieza de las que hacían furor entre los aficionados de los salones europeos postnapoleónicos.

La 'Sonata para piano en si menor' de Franz Liszt es sin duda la columna vertebral del programa que nos reúne aquí esta tarde. Se trata de una de las grandes obras de Liszt, uno de los más grandes compositores para piano de toda la historia de la música occidental, con lo que todo queda dicho.
Esta Sonata es sencillamente un 'tour de force' para cualquier pianista; una verdadera piedra de toque, un ser o no ser.
Recuerdo que el genial Sviatoslav Richter, un pianista que figura entre los esenciales de la segunda mitad del siglo XX, decía que al enfrentarse ante esta partitura, ya con el público esperando que posase sus dedos sobre el teclado, él se quedaba quieto, sin mover un músculo, y contaba muy despacio hasta diez. Se creaba así, según él, el clima imprescindible para atacar tan compleja obra.
La Sonata de Liszt fue compuesta entre 1.852 y 1.853, y fue publicada en 1.854. Sin embargo no se estrenó en público hasta un 27 de enero de 1.857, fecha en la que el yerno del compositor, el gran director de orquesta Hans von Bülow, la interpretó en Berlín. Muy probablemente la 'esencial modernidad' de la pieza hizo que no fuera entendida en su momento, cosechando duras críticas por parte de músicos como Brahms o Anton Rubinstein. Fue el siguiente yerno de Liszt, Richard Wagner, quien mostró sin embargo un entusiasmo desbordado por la Sonata, obra que le fue dedicada (qué curioso para quien hasta aquí haya llegado con la lectura de estas notas) ni más ni menos que a Robert Schumann.
Con respecto al espíritu de esta pieza son aclaratorias las palabras en negativo de Clara Schumann, quien decía sentirse muy infeliz cuando la escuchaba interpretada por Brahms: 'qué ruido sin razón. Ningún pensamiento sano; todo está enredado. Ya ni siquiera se encuentra un encadenamiento armónico claro'. En efecto, estas palabras plasman muy bien lo que la compleja y avanzada Sonata de Liszt supuso para el mundo musical de su tiempo. El efecto fue parecido al que, por ejemplo, las pinturas cubistas ejercieron en el gusto domesticado del público burgués.
Es evidente, la Sonata de Liszt fue en su época una obra de vanguardia, un trabajo que iba más allá, que llevaba los sonidos a terrenos y estructuras inexploradas. La Sonata presenta pocos motivos entrelazados en una colosal arquitectura en la que cada motivo o tema se transforma a lo largo de cuatro movimientos sin pausa y sometidos a su vez dentro de la estructura de una gran sonata.
El manuscrito original de la Sonata se encuentra en la Biblioteca Morgan de Nueva York, y presenta un final abrupto y mucho más agresivo; muy diferente del final tranquilo, plácido, que se interpreta habitualmente y que algunos estudiosos creen que Liszt escribió para hacer de su Sonata una obra más accesible para el público.

Desde muy temprana edad José Lucio Mediavilla (Torrelavega, 1.890-1.958) evidenció una natural vocación musical que pudo desarrollarse gracias a que su padre lo envío a estudiar a Madrid.
En la capital de España Mediavilla se formó en el Real Conservatorio estudiando piano, violín, composición y armonía. Fue primer violín de la orquesta del Teatro de la Zarzuela, aunque paradójicamente la fama y el reconocimiento le llegaron como concertista de piano.
Mediavilla compuso obras corales, variopintas composiciones menores y varias zarzuelas entre las que destaca 'Aires de la Montaña', escrita conjuntamente con Francisco Alonso.
Sus 'Dos danzas españolas' ('Danza en mi menor' y 'Zapateando'), según el estudioso Julio Arce, 'presentan una técnica elaborada, con rasgos de lo que se ha dado en llamar nacionalismo casticista, con un lenguaje muy cercano al de Enrique Granados, y manifiestan una preocupación por integrar el elemento folclórico en una estética tardorrománica'.
En la última etapa de su vida, Mediavilla regresó a Torrelavega, donde dirigió el Conservatorio de la ciudad hasta su fallecimiento el 3 de julio de 1.958.

Juan Antonio González Fuentes

No tengo conocimientos para evaluar el virtuosismo de Ramón Grau, pero si puedo afirmar con rotundidad que he disfrutado mucho del concierto que hoy nos ha brindado y de manera especial de la Sonata de Liszt, una composición magistral capaz de desatar un torbellino de intensas sensaciones.

Hoy la tarde ha merecido mucho la pena.