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miércoles, 9 de agosto de 2017

VILLA ROMANA DE LA OLMEDA: miles de teselas dormían bajo tierra...

Pedrosa de la Vega (Palencia), 23 de junio de 2.017

Despertamos en San Sebastián de los Reyes. Revisamos las maletas y emprendemos el regreso a Santander, pero antes nos permitimos el gustazo de desayunar como es debido...


Conducimos hasta Osorno. Comemos un menú del día y cogemos la carretera de León para visitar la villa romana de La Olmeda. Buscamos acomodo para el 'bicho' que nos acompaña y accedemos al interior del complejo arqueológico...



La villa romana de La Olmeda fue descubierta por el cántabro Javier Cortes el 5 de julio de 1.968, mientras trabajaba en sus tierras de cultivo de Pedrosa de la Vega. Las primeras labores de excavación fueron acometidas de manera privada por él mismo, hasta que en 1.980 donó sus terrenos a la Diputación Provincial de Palencia la cual, desde entonces, gestiona los trabajos arqueológicos, la difusión de la villa y las visitas al complejo.


El origen de La Olmeda se remonta a una explotación agrícola de finales del siglo I o principios del II, época a la que corresponde la estructura del edificio de una villa situada al norte de la actual que perduró hasta finales del siglo III. A mediados del siglo IV se levantó un edificio nuevo que debió de abandonarse unos ciento cincuenta años después y que, con el paso del tiempo, se ha convertido en el núcleo central de un conjunto arqueológico cuyo mayor atractivo lo constituye, sin ninguna duda, el conjunto de mosaicos que pavimenta sus suelos, considerado uno de los más importantes de España.


El complejo de la villa romana de La Olmeda está presidido por un expléndido edificio de más de 4.400 metros cuadrados en el que se pueden diferenciar dos partes independientes unidas por un ancho corredor: la vivienda principal y los baños. En torno a él se alzaban almacenes, cuadras y viviendas destinadas a siervos y colonos de los que no queda nada, y en sus alrededores se han descubierto tres necrópolis que han permitido completar los estudios llevados a cabo en la zona.


La vivienda principal responde al esquema propio de las viviendas de origen mediterráneo, denominadas ‘casas con peristilo’. Ocupa una superficie de casi 3.000 metros cuadrados y es de planta cuadrada, con un jardín central al que se abren las distintas dependencias. Tanto en la fachada meridional como en la septentrional se disponen sendos pórticos, flanqueados en sus extremos por torres de planta octogonal en el sur y cuadrada en el norte.


El acceso principal al interior del edificio se llevaba a cabo por el pórtico sur, atravesando una habitación en cuyo fondo se alzaban dos columnas que marcaban el paso del vestíbulo a la galería del peristilo. Las cuatro galerías estaban pavimentadas con mosaicos sencillos de carácter geométrico.


Junto al vestíbulo se encontraban la despensa y la cocina, cuyo suelo es de opus signium, material formado por tejas partidas en trozos pequeños, mezcladas con cemento y golpeadas con un pisón. Bordeando la cocina se encuentra el arranque de la escalera que conducía al piso alto del lado sur, y en el extremo este de la galería está la antesala de una alcoba que presenta uno de los mosaicos geométricos más destacados de la villa: un octógono central en cuyos lados se apoyan una serie de cuadrados entre los cuales surgen rombos alargados, rodeado con una cenefa de trenza y línea en zig-zag.


Las alas oriental y occidental de la villa contaban solo con planta baja. En la galería este se disponía, pavimentado con mosaicos, uno de los comedores de la casa (triclinium). Junto a él estaba el oecus -sala principal de la villa-, decorado con el único mosaico figurado de la vivienda, que aparece rodeado por dos cenefas concéntricas, una con coronas de laurel y otra con cintas onduladas que envuelven tulipanes.


Junto a la entrada aparecen representadas siete escenas de caza: cinco de ellas muestran a distintos animales luchando con hombres, a pie o a caballo, armados con lanzas o jabalinas, mientras que en las otras dos aparecen un león del Atlas herido y varios antílopes africanos atacados por un felino.


En el centro de la sala está representada la leyenda del descubrimiento de Aquiles por parte de Ulises cuando aquel, vestido de mujer, se ocultaba en la isla de Skyros. La escena muestra a Ulises señalando a Aquiles la dirección a Troya, mientras las princesas -hijas del rey Licomedes-, tratan de impedir su marcha, pues saben que morirá en la guerra.


Una singular cenefa rodea la escena protagonizada por Ulises. Se compone de varios medallones ovalados que cuelgan de las alas de ánades que sujetan con sus picos ánforas apoyadas sobre plantas y cuya cola acaba transformándose en un delfín. En los medallones aparecen representados de manera alternativa rostros masculinos y femeninos que podrían corresponder a diversos miembros de la familia. Las cuatro esquinas de la cenefa muestran alegorías de las cuatro estaciones: la primavera con flores, el otoño con uvas y el invierno con velo (falta el verano).


Junto al gran salón se sitúa una sala absidiada desde la que se accedía a dos dependencias pavimentadas con mosaico que contaban con calefacción subterránea (hipocausto).


El lado norte contaba con una entrada secundaria al edificio y una escalera que permitía acceder al piso alto de esta zona. El suelo de las dependencias dispuestas en esta ala es, como el de las de la galería sur, de opus signium, y se desconoce cuál fue el uso de las mismas.

Las habitaciones del lado occidental, simétricas a las del ala este, cuentan con suelos pavimentados con mosaicos, pero carecen de hipocausto. Junto a ellas se disponía el comedor principal de la vivienda, el cual experimentó una ampliación que hizo que el ábside de la sala quedara descentrado con respecto al eje de la habitación. En esta galería se encuentra el corredor que comunicaba la vivienda principal con el edificio de los baños...


Este presenta dos zonas bien diferenciadas: por un lado una gran habitación circular de 170 metros cuadrados cuyo uso se desconoce y por otro el vestuario (apodyterium), desde el que se accedía a las distintas salas de baño (frigidarium, tepidarium y caldarium). En el extremo occidental de los baños se encuentraba el horno que permitía calentar el agua.

Después de recorrer la villa al completo regresamos al coche. Santander y un largo verano nos esperan al otro lado de la montaña...

lunes, 24 de julio de 2017

IGLESIA DE SAN MARTÍN DE TOURS: románico palentino (II)

Frómista, 22 de junio de 2.017


Camino de San Sebastián de los Reyes, después de visitar el Monasterio de San Andrés de Arroyo, hacemos un alto en el camino en Frómista y reponemos fuerzas en un restaurante ubicado justo enfrente de la espectacular Iglesia de San Martín de Tours.


Con el estómago lleno volvemos a la calle. El sol aprieta con fuerza pero la canícula del mes de junio no puede impedir que aprevechemos la ocasión de admirar los hermosísimos detalles de esta perla románica restaurada por el arquitecto Aníbal Álvarez en 1.904.


La Iglesia de San Martín de Tours, construida durante la segunda mitad del siglo XI por orden de Muniadona de Castilla, reina consorte de Pamplona merced a su casamiento con el rey Sancho Garcés III, formaba parte de un monasterio benedictino abandonado en el siglo XIII del que en la actualidad no se conserva ningún vestigio, con cuyas dependencias es posible que se comunicase a traves de la pequeña puerta de arco ojival situada en el hastial sur del transepto.

De planta basilical sobre cruz latina, está formada por tres naves de escasa altura -la central de mayores dimensiones que las laterales-, rematadas con ábsides circulares. Sobre sus bóvedas de cañón, justo encima del crucero, se alza un vistoso cimborrio octogonal.



A lo largo de sus recios muros de piedra, a modo de cornisa y a diferentes alturas, se extiende un vistoso adorno ajedrezado, y bajo los aleros de puertas y tejados se reparten más de trescientos canecillos decorados con figuras que representan a animales de toda índoles, figuras humanas y seres mitológicos y fantásticos. 


Los cuerpos cilíndricos del ábside se dividen en lienzos mediante semicolumnas adosadas que, rebasada la moldura ajedrezada del nivel inferior de las ventanas, se prolongan hasta sustentar el alero de la cubierta.



Lass arquivoltas de las puertas y las de los pequeños ventanales abiertos en sus paredes, principalmente en la cabecera, descansan sobre columnas con capiteles bellamente decorados.

Tanto en la fachada norte como en la fachada sur se abren sendas puertas ligeramente resaltadas, con triple arquivolta de medio punto remarcada con guardapolvo de taqueado jaqués, similares a otras repartidas a lo largo del Camino de Santiago.


A lo largo del siglo XV el edificio sufrió varias modificaciones: se añadieron varias dependencias que sirvieron de sacristía y sobre el cimborrio original se construyó una torre que servía de campanario, al cual se accedía por una pintoresca escalera con galería volada.
Posteriormente experimentó un lento deterioro que propició que en el siglo XIX fuese declarado inadecuado para el culto y clausurado definitivamente.


Afortunadamente, en 1.894 fue declarado Monumento Nacional y poco después se iniciaron las labores de restaruación dirigidas por Aníbal Álvarez, quien, siguiendo los criterios de la época propuestos por Viollet-le-Duc, se propuso devolver el templo a su estado original, eliminando los añadidos posteriores, reconstruyendo partes completas y sustituyendo los capiteles y canecillos más deteriorados por reproducciones de los originales.


Los flancos meridional y occidental eran los más deteriorados y experimentaron la intervención más notable y evidente. Es muy posible que la puerta principal, situada a los pies de la iglesia, flanqueada por dos graciosas torres cilíndricas y ricamente adornada, no existiera originalmente y sea fruto de la restauración llevada a cabo por el arquitecto madrileño.


La intervención fue de tal calado que la iglesia parece una pipiola por la que no pasan los años. Sus dimensiones y proporciones son perfectas y sus volúmenes están tan equilibrados que uno se queda extasiado contemplando la belleza de sus formas, pero el tiempo se nos echa encima... ¡Volveremos!

miércoles, 12 de julio de 2017

MONASTERIO DE SAN ANDRÉS DE ARROYO: románico palentino (I)

Santibáñez de Ecla, 22 de junio de 2.017

Las vacaciones estivales nos proporcionan la excusa perfecta para viajar a Madrid y las temperaturas extremas impropias de la primera semana del verano no nos echan para atrás...
Montamos en el coche y ponemos rumbo a San Sebastián de los Reyes con la firme intención de aprovechar el viaje, así que, al llegar a Alar del Rey, abandonamos la autovía para dirigirnos hacia Santibáñez de Ecla y visitar el Monasterio de San Andrés de Arroyo.


No hace mucho que leí "La maldición de la reina Leonor", una novela de corte histórico escrita por el arquitecto lebaniego José María Pérez González, 'Peridis', un enamorado del románico que entre sus páginas desliza la figura del arquitecto inglés que doña Leonor Plantagenet hizo venir a Castilla para construir el Monasterio de las Huelgas y que aprovechó la conyuntura para participar también en la construcción de este cenobio situado al norte de la provincia de Palencia.

Ubicado al fondo de un estrecho y solitario valle de la comarca de La Ojeda, junto a un riachuelo en el que cuenta la tradición que se encontró la imagen del santo apostol a quien fue dedicado el monasterio, San Andrés de Arroyo es una abadia de monjas cistercienses fundada en el año 1.181 por la condesa doña Mencía López de Haro, hija de Lope Díaz I de Haro -señor de Vizcaya-, y viuda del conde Álvaro Pérez de Lara, con el patrocinio del rey Alfonso VIII y bajo la supervisión y autoridad de la abadía burgalesa de Las Huelgas Reales.
Las restauraciones llevadas a cabo a lo largo de los siglos XX y XXI, y el hecho de que las monjas pudieran regresar a su abadía solo veinte años después de la exclaustración de Mendizabal, han permitido que el monasterio se encuentre en un extraordinario estado de conservación.


Como todos los monasterios cistercienses, carece de pinturas murales y de imágenes esculpidas en piedra, pero los artistas que participaron en su construcción supieron compensar esta sobriedad con un amplio repertorio de elegantes, finas y delicadas formas geométricas del que dan fe sus arquivoltas aboceladas, los esbeltos fustes de sus columnas y los espectaculares capiteles de superficie calada a trépano.


El conjunto se halla rodeado por un sistema de murallas que envuelve tanto las instalaciones del monasterio como el coqueto conjunto de viviendas destinadas a los antiguos criados laicos de las monjas



Cruzamos un arco ojival de corte clasicista para acceder al interior del cenobio y nos topamos con un rollo de justicia que nos recuerda que la abadesa de San Andrés fue responsable, en su día, de la jurisdicción civil y penal de once villas situadas en los alrededores, disponiendo de 'privilegio de horca y cuchillo' sobre los aldeanos de todas ellas.


Junto al rollo, trasladado aquí desde lo alto de un cerro cercano al monasterio en el que se llevaban a cabo los ajusticiamientos, se alza la esbelta espadaña de una discreta iglesia, rebautizada como Capilla del Forastero, que en su día fue el lugar en el que pasaban sus últimas horas los condenados a muerte.


En torno al compás se despliegan las dependencias destenidas al personal laico del monasterio y frente a nosotros se alza el extremo occidental de la iglesia abacial, cuya fachada constituye un claro ejemplo de la monumentalidad y sobriedad de la arquitectura cisterciense, no exenta de finura en los detalles.
El templo fue consagrado en 1.222 y, al igual que Las Huelgas, dispone de un pórtico lateral situado en su fachada norte. Está cerrado y consta de cuatro ventanales rodeados por arcos ligeramente apuntados que descansan sobre finas columnillas con capiteles de ornamentación vegetal y se prolongan por el muro en forma de banda decorativa.


Accedemos al interior de la iglesia por una puerta situada junto al extremo oriental del pórtico, envuelta por un ramillete de arquivoltas apuntadas decoradas con calados romboidales, una cenefa dentada y capiteles vegetales.


La cabecera de la iglesia está formado por un abside poligonal precedido por un tramo recto y flanqueado por dos pequeñas capillas laterales de planta cuadrada.
La bóveda que cubre el presbiterio constituye un cuarto de esfera que descansa sobre ocho nervios. Estos confluyen en una clave común y se apoyan sobre las esbeltas columnas adosadas a los muros del ábside que flanquean los cinco ventanales que iluminan el interior.


La cabecera y el transepto, que apenas se aprecia en planta, están separados del resto de la iglesia por un robusto muro de piedra horadado por tres vanos.
Estaba previsto que la iglesia contara con tres naves, pero lo cierto es que solo se llegó a construir la nave central -destinada al coro de las monjas-, y un pequeño tramo de la situada al norte.

Regresamos al exterior. Una simpática monjita nos acompaña durante el resto de la visita. Parece algo triste, meláncolica y resignada. Es casi la hora de comer y nos cuenta que lleva toda la mañana barriendo: "hay mucho que hacer en el monasterio". Llegó a compartir celda con otras sesenta hermanas, pero hoy son solo catorce. 'Ora et Labora', establece la regla de San Benito a la que se deben todas ellas, pero muchas ya no tienen edad para trabajar...
Nos abre las puertas de las dependencias privadas de su abadía para conducirnos hasta el claustro, y nos regaña: "corréis demasiado y se os escapan los detalles...".


El claustro del Monasterio de San Andrés de Arroyo está muy influenciado por las Claustrillas de Las Huelgas y es una de las piezas más exquisitas del tardorrománico palentino y castellano. Tiene planta trapezoidal y conserva tres de sus pandas originales; la cuarta, situada al este, es de corte renacentista. Se levanta sobre un zócalo interrumpido unicamente para facilitar el acceso al patio central. La arquería, ligeramente apuntada, reposa sobre un elegante conjunto de columnillas pareadas, con fustes separados, cuyos capiteles exhiben los motivos vegetales característicos del císter.


Destacan las columnas angulares situadas en las esquinas del claustro, de grueso fuste acanalado decorado con motivos geométricos y flores de seis pétalos.


Sus impresionantes capiteles muestran detalles vegetales entrelazados que parece que vayan a desprenderse del resto de la piedra merced a los delicadísimos calados conseguidos mediante trepanación.


Al claustro se abre la Sala Capitular del monasterio, con una elegante entrada decorada con arquivoltas apuntadas y flanqueada por sendos ventanales biforos.


La sala es de planta cuadrada y esta cubierta por una bóveda de crucería octopartita sin soporte central cuyos nervios confluyen en una clave central adornada con un delicado motivo floral calado.
En la pared este se abren dos ventanas de arcos apuntados formadas por dos arquivoltas que descansan sobre columnas decoradas con capiteles similares a los del resto de la abadía.


Presidiendo la sala, sobre un fuste decorado como una de las columnas esquineras del claustro, podemos contemplar una hermosa imagen de piedra con restos de policromía labrada durante la segunda mitad del siglo XIII. Representa al apóstol San Andrés sentado en una silla con dosel adornado con almenas sosteniendo sobre sus manos una cruz aspada como símbolo de su martirio.


Ante él reposan los sepulcros de las dos primeras abadesas del convento. El de la derecha es el de doña Mencia. Reposa sobre los lomos de dos leones, es de piedra y está decorado con varios escudos de la familia Lara; la tapa tiene una franja central lisa adornada con el báculo de la abadesa y en la cabecera está esculpido un pequeño calvario con la cruz en el centro flanqueada por sendos ángeles en la parte superior, y ambos lados sendas escenas correspondientes a la Adoración de los Reyes Magos y a la Natividad.


Junto a él descansa el sarcófago de su prima doña María, segunda abadesa del convento, pero en este caso la piedra no está esculpida, salvo el báculo labrado en la parte central de la tapa.

Regresamos al exterior. Nos despedimos de la simpática monjita que nos ha acompañado durante la visita y volvemos al coche. Regresamos a la autovía y seguimos nuestro viaje. Próxima parada: Frómista...