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viernes, 25 de septiembre de 2020

HITLER CONTRA CHURCHILL, EL COMBATE DEL ÁGUILA Y EL LEÓN: casualidades del destino...

Santander, 25 de enero de 2.020


“The Eagle and the lion” es un documental de televisión dirigido por David Korn Brzoza en 2.016 que recupera imágenes de archivo meticulosamente coloreadas y remasterizadas para presentarnos a dos de los personajes más importantes del siglo XX: por un lado, Adolf Hitler, el líder más odiado de la historia contemporánea, y por otro, Winston Churchill, cuyo humor, estilo, autocrítica y audacia frente a la adversidad, todavía hoy, son considerados un excelente ejemplo de liderazgo y coraje político.

 



El 10 de mayo de 1.940 se produjo una extraordina-ria coincidencia: el mismo día en el que Hitler ponía en marcha su ofensiva relámpago sobre el oeste de Europa, Churchill era nombrado Primer Ministro de Gran Bretaña. Casualidades del destino…

 

Unas semanas más tarde, Hitler conquistó Francia, Bélgica y Holanda. Churchill estaba solo frente a un ejército que había conquistado gran parte de Europa, pero se negaba a rendirse.

Desde 1.940 hasta 1.945, Hitler y Churchill dedica-ron cada minuto de su existencia a acabar el uno con el otro: dos personalidades completamente opuestas que se enfrentaron entre sí prometiendo la victoria a sus respectivos pueblos. La suya fue una lucha de titanes que determinó la suerte de la humanidad. Bajo el estruendo de las bombas, los ríos de sangre y los muertos, estos dos jefes militares fuera de lo común parecían fundirse con sus naciones; su enfrentamiento, sin duda el más importante de la época contemporánea, es el de dos mundos posibles. ¿Cómo llegaron ahí? ¿Cómo unió el destino a dos hombres tan diferentes, y al mismo tiempo tan parecidos, en la gran ofensiva final?

 

El primer enfretamiento entre Hitler y Churchill tuvo lugar mucho antes de 1.940…

 

Winston Churchill nació en 1.874 en uno de los castillos más hermosos de Inglaterra. Hijo de una estadounidense y de un noble inglés, se educó en un internado, pero no sacó buenas notas, así que enseguida le orientaron hacia la carrera militar. Sorprendió a todos destacando en tres guerras en los confines del imperio: India, Sudán y Sudáfrica, lo que, de regreso a Gran Bretaña, le permitió entrar en el Parlamento y ocupar numerosos cargos políticos que le llevaron a convertirse, con solo treinta y seis años, en ministro del Interior. Al año siguiente fue nombrado ministro de la Marina de Guerra, el cual habría de convertirse en uno de los puestos más prestigiosos del mundo al estallar la Primera Guerra Mundial.

Pero su ascensión política se vio bruscamente inte-rrumpida en 1.915, cuando cometió un error irrepa-rable al organizar un desembarco desastroso en el estrecho de los Dardanelos, en Turquía, con el fin de atacar a las tropas alemanas por su retaguardia. La operación se saldó con más de cien mil soldados británicos, australianos, neocelandeses y franceses muertos. Churchill tuvo que dimitir. Se sumió en una profunda depresión y, a sus cuarenta y dos años, todo el mundo lo consideraba un hombre acabado.

Se unió entonces al frente francés y fue destinado a un batallón escocés que luchaba en Flandes. El sonido de los cañones mantenía a raya a sus dos enemigos más temidos: la inactividad y la depresión. Durante las largas horas que transcurrían entre un asalto y otro, se hartaba de whisky, escribía y se volcaba en su gran pasión: la pintura.

En 1.916, el conflicto se eternizaba convertido en una cruel carnicería. Ya habían muerto más de dos millones de soldados cuando, desde una fría trinchera, él le escribía a su mujer: “Suciedad. Desperdicios por todas partes. Tumbas desperdiga-das con cuerpos de restos humanos asomando por el suelo… Bajo el sonido incesante de los fusiles y las metralletas, y bajo el silbido de las balas que pasan por encima de nuestras cabezas, en medio de este decorado: húmedo, frío y con toda clase de incomo-didades, he sentido una satisfacción y una alegría que hacía meses que no experimentaba”.

 

Al otro lado de las trincheras, un joven cabo del regimiento bávaro también pintaba sin descanso. Adolf Hitler tenía veintisiete años y se había alistado como voluntario en el ejército alemán. Era oficial de enlace y se dedicaba a llevar mensajes de una posición a otra, en medio del fuego cruzado y de los obuses. Era su primera guerra y, después de errar durante años, por fin creía haber encontrado su sitio.

Hijo de un padre violento y de una madre muy protectora, Hitler había crecido en el seno de una familia perteneciente a la pequeña burguesía austriaca y tuvo una infancia bastante atormentada. Después de suspender en dos ocasiones el examen de acceso a la Academia de Bellas Artes de Viena, el 2 de agosto de 1.914 estalló la guerra. Él estaba en Munich: “Me invadió un entusiasmo irresistible. Me arrodillé y di gracias al cielo, con el corazón rebo-sante de alegría, por brindarme la ocasión de vivir en esta época”.

 

El cabo Hitler y el teniente-coronel Churchill se encontraron frente a frente en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, donde. tanto el olor de la pólvora, como el de la pintura, ejercía un efecto reparador para ambos. Los dos destacaron en el campo de batalla: Hitler fue condecorado con la Cruz de Hierro de primera clase -distinción que luciría toda la vida-, y, tras seis meses en el barro, la depresión de Churchill había desaparecido. El dipu-tado inglés pudo regresar a su país y, poco después, entrar a formar parte del gobierno. Ambos lo ignora-ban, pero bajo la tormenta de acero que se cernía sobre el norte de Europa, su duelo ya había comen-zado, pues, los proyectiles que el austriaco debía evitar, los fabricaba, en Londres, Winston Churchill, ministro de Armamento.

 

En noviembre de 1.918 se firmó el armisticio: Alemania había perdido y el resto del mundo celebró la victoria. Churchill, que había gestionado con acierto la producción de munición, y también la de los carros de combate cuya invención había respal-dado, recuperó su sitio y su rango en Gran Bretaña, y muchos ingleses le atribuyeron la victoria.

 

Entre tanto, herido en combate y temporalmente ciego, Hitler vivió la rendición como una terrible humillación. Sin saber qué hacer con su vida, se metió en política y resultó ser un excelente orador. Ascendió a la cabeza de un partido de extrema derecha que rebautizó como Partido Naci e intentó dar un golpe de estado que fracasó. Fue encarcelado, pero esto le sirvió de trampolín…

 

Churchill, por su parte, gracias a sus dotes de orador, enlazaba, uno tras otro, diversos cargos ministeriales: Guerra, Aviación, Colonias…, y a los cincuenta años fue nombrado Canciller de Hacienda (ministro de Econcomía).

 

Mediados los años veinte, los dos habían retomado las riendas de sus vidas, aunque uno estaba en las antípodas del otro, y, al finalizar la década, ambos formaban parte de las personalidades públicas más relevantes de sus países.

 

El crack del 29 cambió sus destinos. En octubre de ese año, el pánico se apoderó de Wall Street: la bolsa se desplomó y la economía mundial entró en recesión.

En Gran Bretaña, el gobierno conservador fue derrotado y Churchill perdió el ministerio de Economía: ya nadie confiaba en él…

Hitler, sin embargo, aprovechó la crisis para extender su ideología racista y antidemocrática y transformar su insignificante grupúsculo en una maquinaria cada vez más potente: “He tenido la energía y la fortaleza necesarias para que mil hombres de hace diez años sean hoy catorce millo-nes; y esos catorce millones de hombres mañana será veinte o treinta millones”. En enero de 1.933 -quince años después de su fallido golpe de estado-, el agitador fue nombrado canciller de Alemania.

 

En marzo de 1.934, Churchill empezó a alertar a la opinión pública del peligro que representaba la Alemania naci: “A solo unas horas de avión, hay una nación que cuenta con unos setenta millones de individuos que son los más instruidos, trabajadores y disciplinados del mundo. A los niños les enseñan que la guerra es un ejercicio glorioso y la muerte en combate el destino más noble. Esta nación fuerte, y que posee tantas virtudes, está bajo el control de un grupo de hombres sin piedad que predica la intole-rancia y la superioridad racial con el apoyo de la ley, del parlamento y de la opinión pública, pero en sus nuevos mandamientos han omitido ‘no matarás’. Se rearman a gran velocidad, así que, vuelvo a plan-tear la pregunta: ante estos hechos, ¿qué debemos hacer?”.

 

Ignorando el tratado de Versalles, Hitler se aprove-chó de la debilidad de las democracias occidentales para multiplicar sus golpes: restableció el servicio militar, remilitarizó Renania y se apoderó de Austria sin hacer ni un solo disparo. En 1.938, reinvidicó el territorio de los Sudetes, en Checoslovaquia, y, aterrados por el poder de las fuerzas armadas unificadas de la Alemania naci (Wehrmacht), París y Londres firmaron los acuerdos de Munich en los que se los concedieron. Churchill vaticinó: “Os dieron a elegir entre la guerra y el honor. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra”. Bastaron seis meses para que Hitler violara los acuerdos firmados: en marzo de 1.939 su ejército invadió lo que quedaba de Checoslovaquia y entró triunfalmente en Praga.

 

Si la historia se hubiera detenido ahí, Hitler habría sido considerado como un gran hombre de estado pues, en seis años, había conseguido detener la inflación, devolver la dignidad a sus compatriotas y convertir a Alemania en la nación más poderosa de Europa; y Churchill como un político con grandes dotes para la oratoria, pero demasiado impulsivo, que arruinó su carrera igual que hizo su padre.

 

La historia, sin embargo, siempre se reserva algunas sorpresas. Hitler había demostrado no tener palabra y esto hizo que la opinión pública empezara a cambiar. Los ingleses comprendieron que Churchill estaba en lo cierto sobre las intenciones de Alemania y, cuando unos meses más tarde, en septiembre de 1.939, estalló la guerra, el político fracasado volvió al primer plano. Veinticinco años después de su humillante expulsión por el desastre de los Darda-nelos, lo volvieron a nombrar Primer Lord del Almi-rantazgo.

 

Chamberlain resultó ser un pésimo Primer Ministro en tiempos de guerra, y las consecuencias no se hicieron esperar: el 10 de mayo de 1.940, Winston Churchill ocupó su lugar. Ese mismo día, Hitler atacó Bélgica, Holanda y Francia. Veinte años des-pués del final de la Primera Guerra Mundial, volvían a encontrarse, pero esta vez ambos estaban al frente de sus respectivas naciones. Por fin iban a enfrentarse…

 

Hitler llevaba casi siete años adoctrinando a su pueblo. Churchill, por el contrario, disponía solo de unos días para encontrar las palabras que dieran el valor al suyo para resistir contra viento y ma-rea…“Diré a la Cámara lo mismo que al Gobierno: no puedo ofrecer más que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Nos espera una prueba de lo más cruel. Nos esperan muchos largos años de lucha y sufrimiento. ¿Cuál es nuestra política? Luchar por tierra, mar y aire, con todas las fuerzas que Dios nos dé, luchar contra una tironía monstruosa y sin igual en los oscuros anales del crimen. Esa es nuestra política. ¿Cuál es nuestro objetivo? Solo tengo una palabra: ¡victoria! Victoria a toda costa. Victoria a pesar del terror. Victoria al final del camino, por largo y difícil que sea”.

 

El pueblo británico, igual que el francés, estaba dividido entre el miedo, el derrotismo y el instinto de supervivencia, pero sus palabras despertaron el valor latente de su gente: “Pobres. Confían en mí y durante mucho tiempo solo podré ofrecerles desastres”.

 

Los desastres llegaron antes de lo previsto. Miles de tanques de la Wehrmacht, respaldados por la avia-ción, penetraron en Francia y sembraron el caos; en unos días las autoridades capitularon. Hitler estaba entusiasmado; sus generales no habían llegado a imaginarse nunca poder llegar tan lejos, ni tan deprisa. Los vencidos de 1.918 eran los vencedores de ahora. La venganza estaba servida.

 

Con Francia derrotada, Churchill estaba más solo que nunca. El enfrentamiento era inevitable. A partir del 12 de agosto de 1.940, cientos de bombarderos escoltados por cazas de la Luftwaffe bombardearon todos los objetivos militares del sur de Inglaterra. El cielo de Gran Bretaña se volvió del color del fuego. La Royal Air Force parecía aguantar, pero al cabo de unos días la situación se volvió crítica y, a finales de agosto, la aviación británica había perdido el control y los alemanes avanzaban.

 

Afortunadamente, un acontecimiento fortuito cam-bió el curso del destino. El 24 de agosto, un avión alemán lanzó una bomba sonbre Londres por error. Churchill se lo tomó como una provocación y al día siguiente ordenó el bombardeo de Berlín. La capital alemana parecía estar demasiado lejos, pero un puñado de pilotos consiguieron lanzar su carga sobre la periferia de la ciudad y aquello enfureció a Hitler, quien ordenó a su aviación abandonar los objetivos militares y destruir las grandes ciudades británicas.

 

A pesar de la tormenta de fuego que caía sobre ellos y de las decenas de miles de muertos, los ingleses resistían. El lema era: “Londres puede aguantar”, y vaya si aguantó… Hitler estaba convencido de que sus adversarios se desmoronarían, pero Churchill se desplazaba diariamente a los barrios bombardeados para mantener alta la moral de sus habitantes. Su firmeza, su impasible dignidad, su inquebrantable confianza en el futuro, su convicción de que Inglaterra triunfaría, su sonrisa, su sombrero, su puro y sus discursos apasionados lo convirtieron en el símbolo de la resistencia contra la tiranía.

 

Al abandonar los objetivos militares, Hitler permitió que la aviación británica se reorganizase, pudiera volver a atacar y ganar la batalla del cielo. Se vio obligado a aplazar la invasión de Inglaterra; espe-raba doblegar antes a otro de sus enemigos ancestra-les: la Unión Soviétiva.

En junio de 1.941, tres millones de soldados alema-nes, respaldados por su aviación, invadieron Rusia. La operación Barbarroja comenzó de manera fulminante, pero, poco después, en diciembre de ese mismo año, Japón atacó la base estadounidense de Pearl Harbor. Hitler estaba entusiasmado porque el país del sol naciente estaba de su lado: “No podemos perder la guerra. Nuestro nuevo socio no conoce la derrota desde hace tres mil años”. Churchill también estaba encantado: Estados Unidos entró en la guerra, y lo hizo de su lado.

 

Hitler asignó nuevos objetivos a sus tropas: Estalin-grado y el Cáucaso, pero no coordinó sus ofensivas con sus aliados italianos y japoneses. Churchill, por el contrario, no paraba de ir y venir al encuentro del capitalista Roosvelt y del comunista Stalin con el fin de conseguir una coalición invencible. Les convenció a ambos para atacar el norte de África y así, el 8 de noviembre de 1.942, las tropas angloesta-dounidenses desembarcaron en Orán, Argel y Casa-blanca. La operación ideada por el viejo león fue todo un éxito. Hitler estaba dejando de confiar en sus generales, muchos de los cuales fueron relevados de sus cargos o trasladados a otros frentes. En el este, la situación era desesperada, pero los alemanes se negaban a rendirse. Las fuerzas del eje perdieron cuatrocientos mil hombres en Estalingrado, entre muertos, heridos y prisioneros. Después de veintitrés años de ascensión, empezaba el declive de Hitler: “El Dios de la guerra se ha pasado al otro bando”.

 

Lo peor estaba por llegar: se aproximaba el desem-barco. En la noche del cinco al seis de junio de 1.944, la mayor flota jamás reunida puso rumbo a la costa francesa. A las seis de la mañana, fue detectada y comenzó el combate. Los generales alemanes se lo comunicaron enseguida al estado mayor porque creían que podía tratarse de la temida invasión y solicitaron refuerzos para impedir cual-quier tipo de desembarco, pero nadie quiso despertar a Hitler para pedirle la consiguiente autorización. Cuando quisieron reaccionar, ya era demasiado tarde. Churchill respiró aliviado. Visitó las playas de Normandía y, convencido como estaba de que los mayores triunfos aún estaban por venir, comprobó de primera mano que todo estaba saliendo bien en la primera fase del asalto a Europa.

 

Hitler se negaba a admitir la derrota, pero en su cuartel general reinaba la preocupación. Sus conse-jeros le sugirieron que firmara un armisticio pero él se mantenía en sus trece: “¡No capitularemos nunca!”. Confiaba en el fracaso de la coalición aliada: “Llegará un momento en el que la tensión entre los aliados será tan grande que abrirá una brecha entre ellos. Todas las coaliciones de la historia se han desmoronado tarde o temprano. Hay que esperar el momento adecuado”. Churchill con-fíaba en evitar ese desastre y, por eso, en febrero de 1.945, con el fin de que la gran alianza de la que él había sido artífice no se devilitara, renunció a proteger a Polonia de la influencia soviética.

 

Los aliados multiplicaron los bombardeos masivos sobre las grandes ciudades alemanas. Nada justifi-caba aquella destrucción, pero Churchill no había olvidado las decenes de miles de ingleses que habían muerto bajo las bombas alemanas. Desde que el dios de la guerra se había cambiado de bando, Hitler se dirigía cada vez menos al pueblo que lo había llevado al poder y ya casi no se dejaba ver. En marzo de 1.945, apareció por última vez en las noticias, animando a los miembros de sus juventudes a resistir hasta el final. Él se hundía, pero su régimen proseguía: los pelotones de ejecución abatían a decenas de desertores y los deportados eran masacrados en los campos de exterminio. Después de exterminar a judíos, eslavos y zíngaros, pretendía dejar morir inclsuo a su pueblo, como si quisiera hacer desaparecer a todos los testigos del apocalipsis al que había conducido a Alemania: “Si perdemos la guerra, no me importa que el pueblo perezca. No contéis conmigo para derramar ni una sola lágrima. No se lo merece”.

En abril, los rusos se lanzaron sobre Berlín. Aquello era el fin. Hitler acababa de cumplir cincuenta y seis años, pero parecía un anciano. El águila derrotada se refugió en su búnker y allí, después de casarse con Eva Brown y formular sus últimas voluntades, se suicidó: “Quiero que en mi tumba figure el siguiente epitafio: ‘fue víctima de sus generales’”.

 

El 8 de mayo de 1.945, Alemania capituló. Aclamado en las calles, ovacionado en el parlamento y felicitado por el rey, Winston Churchill saboreó durante un breve instante el resultado de seis años de lucha: “Esta es vuestra victoria. La victoria de nuestra causa. La victoria de la libertad en todas partes. A lo largo de nuestra extensa historia, este es el día más importante de todos”. Pero, muy pronto, la victoria se volvió amarga porque, a pesar de haber ganado la guerra, perdió las elecciones legislativas y cayó en una profunda depresión. Viajó, volvió a escribir, pintó…

 

Nunca un duelo ha marcado tanto la historia del mundo. El águila era el veneno y el viejo león el antídoto. ¿Qué queda de su enfrentamiento? Hitler será recordado siempre como uno de los hombres más crueles que ha habido nunca en la Tierra y Churchill como uno de los lideres más aclamados de todos los tiempos, que legó al mundo su valentía y su incomparable sentido del deber.


jueves, 9 de agosto de 2018

EL INSTANTE MÁS OSCURO: el valor para continuar es lo que cuenta...

Santander, 4 de agosto de 2.018


El año pasado Gary Oldman se puso a las órdenes de Joe Wright para convertirse en Winston Churchill y rodar “El instante más oscuro”, un drama histórico con el que obtuvo el Oscar al mejor actor en el que comparte protagonismo con Kristin Scott Thomas, Lily James.


La película recrea un momento crucial de la Segunda Guerra Mundial, cuando, con los nazis a punto de invadir Gran Bretaña, Churchill ha de decidir si intenta firmar un tratado de paz con Alemania o permanece fiel a sus ideales y lucha por la liberación de Europa…

Joe Wright, director de títulos como “Orgullo y prejuicio” (2.005) o “Expiación” (2.007), afirma: “Churchill ha sido puesto en un pedestal. Quería bajarle de ahí, examinarle cara a cara y conocer al hombre, con sus virtudes y con sus defectos, que eran muchos. Hizo varias cosas mal, pero una muy bien: resisterse con Hitler y los nazis…”.

“El éxito no es definitivo. El fracaso no es letal.
Es el valor para continuar lo que cuenta.”
(Winston Churchill)

Nueve de mayo de 1940: las tropas de Hitler han invadido Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca y Noruega, y tres millones de soldados alemanes están apostados en la frontera belga, listos para conquistar el resto de Europa. En Gran Bretaña, el parlamento ha perdido la fe en su líder, Neville Chambarlain, impulsor de una política apaciguadora con la que pretendía contemporizar el afán expansionista de Hitler y Mussolini, cediendo a la mayor parte de sus exigencias con el fin de evitar un conflicto generalizado, y a quien consideran incapaz de dirigir el país en tiempos de guerra. La búsqueda de un sustituto ya ha comenzado…

Winston Churchill es el único miembro del partido conservador al que los liberales aceptarán como Primer Ministro. Es un hombre tosco, sarcástico, autoritario y rudo; un gran orador cuyo historial constituye una interminable lista de fracasos -los veinticinco mil muertos de la batalla de Gallipolli, la decisión de devolver la libra esterlina al patrón oro, su resistencia a la abdicación del rey Eduardo VIII, su oposición a la concesión de una mayor autonomía a las indias orientales…-, pero que fue capaz de prever la amenaza nazi y alertar sobre el peligro de Hitler.
Lo primero que hizo cuando el rey Jorge VI (Ben Mendelshon) le nombró Primer Ministro del Reino Unido, fue constituir un gabinete de guerra formado por cinco miembros que representaban la unidad de la nación. Después de que los líderes de los tres partidos de la oposición accedieran a formar parter de dicho comité y a ocupar altos cargos ejecutivos en la nueva Administración, Churchill invitó a la cámara a declarar su confianza en el nuevo gobierno.



…no debemos olvidar que nos encontramos en un estadio preliminar de una de las más grandes batallas de la historia, y que habrá que hacer muchos preparativos, aquí, en casa. Yo asumo mi tarea con optimismo y esperanza, y le digo a esta cámara lo que le dije a los que se han incorporado a este gobierno: no tengo nada que ofrecer salvo sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor.
Tenemos ante nosotros una dura prueba de la peor naturaleza. Tenemos ante nosotros muchos y largos meses de lucha y sufrimiento.
Ustedes se preguntan cuál es nuestra política. Yo les digo que es hacer la guerra por mar, tierra y aire, utilizando todo nuestro poder y, por supuesto, con toda la fuerza que Dios pueda darnos. Hacer la guerra contra una tiranía monstruosa jamás superada en el oscuro y lamentable catálogo del crimen humano. ¡Esa es nuestra política!
Ustedes se preguntan cuál es nuestro obejtivo. Les voy a responder con una palabra: ¡victoria! Victoria a toda costa. Victoria a pesar de todo el terror. Victoria sin importar lo largo y duro que sea el camino. Porque, si no hay victoria, no es posible la supervivencia.

El nuevo Primer Ministro parece incapaz de pronunciar la palabra paz y de entablar negociaciones con el enemigo. Neville Chamberlain (Ronald Pickup) y Edward Halifax (Stephen Dillane), sus principales adversarios dentro del partido, pretenden apartarle del cargo. Si se niega a negociar la paz con Alemania, ambos están dispuestos a dimitir, lo cual provocaría una moción de censura que el partido no podría consentir.

Bélgica y Holanda están a punto de caer. El noveno ejército francés -unos doscientos mil hombres-, ha capitulado. Los trescientos mil soldados ingleses desplegados en el continente se baten en retirada mientras los tanques alemanes avanzan hacia el oeste por el centro. La ‘luftwaffe’ controla los cielos: la velocidad de los aviones nazis es demoledora. Tan pronto como las naves de la armada inglesa se ponen en movimiento reciben un ataque aéreo debastador. Europa occidental se enfrentará en breve a su hundimiento, pero el Reino Unido alentará a sus viejos amigos para que plateen una resistencia heroica: ¡Francia debe ser salvada!

El terror está a la puerta de los hogares ingleses. Ya habrá tiempo para la verdad…



Me dirijo a ustedes, por primera vez, como Primer Ministro, en un momento solemne para la vida de nuestro país, de nuestro imperio, de nuestros aliados y, sobre todo, para la causa de la libertad. Una batalla tremenda se está librando en Francia y en Flandes. Los alemanes, mediante una notable combinación de bombardeos aéreos y tanques con un pesado blindaje han atravesado las defensas francesas al norte de la línea ‘maginot’ y férreas columnas de sus vehículos blindados están asolando el país entero, que durante uno o dos días no tuvo defensores. Sin embargo, tengo una confianza inquebrantable en el ejército francés y en sus lideres. Solo una parte muy pequeña de ese espléndido ejército se ha visto seriamente comprometida, y solo una parte muy pequeña de Francia ha sido invadida.
Hombro con hombro los pueblos británicos y francés han avanzado para rescatar, no solo a Europa, sino a la humanidad, de la tiranía más miserable y más embrutecedora que jamás haya oscurecido y manchado las páginas de la historia. Pero ahora un vínculo nos une a todos: librar la guerra hasta conseguir la victoria, y no rendirnos jamás a la servidumbre y a la vergüenza. Sea cual sea el coste y el sufrimiento debemos vencer, y vencer es lo que haremos…

Las tropas inglesas se retiran hacia Dunkerque. Las fuerzas alemanas, superiores en todos los aspectos, están a solo ochenta kilómetros de la costa y les empujan hacia el mar. El ejercito profesional inglés al completo está atrapado y no hay forma de evacuarlo: ¡están a su merced!
Italia está dispuesta a mediar entre Alemania y el Reino Unido garantizando en todo momento la independencia y libertad del imperio británico, pero Churchill prefiere sacrificar una pequeña guarnición de cuatro mil hombres situada en Calais, cuarenta kilómetros al oeste de Dunkerque, para desviar la atención de los alemanes, ganar algo de tiempo y llevar a cabo una evacuación marítima de sus tropas.                              


Al brigadier Nicolson, de la 20ª Brigada de Infan-tería, en Calais:
cada hora que ustedes continúan existiendo, es una ayuda inestimable para nuestras fuerzas confinadas en Dunkerque. Reciba usted la mayor de mis admiraciones por su espléndida resistencia. Su evacuación, sin embargo, no se llevará a cabo. Repito: no se llevará a cabo…
 Winston Churchill

Con solo un crucero y seis destructores, y con la ‘luftwaffe’ controlando los cielos, tendrán suerte si rescantan al diez por ciento de sus hombres. Es preciso reunir tantos barcos cíviles como sea posible -cualquier embarcación de más de nueve metros que pueda llegar a Francia puede servir-, y confiar en que una gruesa capa de nubes frustre el ataque de la aviación alemana.

Mientras tanto, los nazis preparan el gran desembarco. La invasión parece inminente, pero Churchill se resiste a intentar alcanzar un acuerdo de paz con Hitler. Sus dudas e imperfecciones son las que le hacen fuerte. Todo el peso del mundo recae sobre sus hombros. Tiene miedo y se siente solo, pero cuenta con el apoyo del rey, pues este es consciente de que su nombramiento atemorizó al dictador fascista. El pueblo no claudica. No quiere ni oir hablar de rendirse.


El 26 de mayo, ochocientas sesenta embarcaciones civiles cruzan el canal de la Mancha para poner en marcha la ‘Operación Dinamo’ y evacuar a las tropas inglesas confinadas en Dunkerque, mientras Churchill se dirige al gabinete ministerial y al parlamento de la nación:

En estos últimos días he llegado a preguntarme si de verdad era parte de mi deber considerar el entablar negociaciones con Hitler, pero luego he hablado con un puñado de ciudadanos buenos, sinceros y valientes que sostenían firmemente que sin duda era ocioso pensar que si intentásemos alcanzar la paz ahora conseguiríamos mejores condiciones que si luchásemos. Los alemanes nos exigirían, en nombre del desarme, nuestras bases navales y mucho más. Nos convertiríamos en un estado esclavo, con un gobierno británico manejado por Hitler como una marioneta, un gobierno creado al capricho de un fascista. Yo me uno a ellos y me hago una pregunta que ahora que les traslado a ustedes: ¿dónde acabaríamos al finalizar todo esto?
Algunos se beneficiarían. Tal vez los poderosos podrían negociar buenas condiciones, protegidos y a salvo en sus baluartes de la campiña, sin tener que ver la esvástica ondeando en la torre del palacio de Buckingham, o en la de Windsor. Así que acudo a ustedes para conocer su opinión en estos momentos y confirmar que, como me han sugerido mis nuevos amigos, se sublevarán y me enviarán al infierno si por un instante contemplara la negociación o la rendición…
Es mi voluntad que, si la larga historia de nuestra isla tiene que tener un punto final, dejemos que lo tenga solo cuando todos y cada uno de nosotros, en el suelo, nos estemos ahogando en nuestra propia sangre hasta morir.
Si mostramos debilidad a la hora de dirigir esta nación, deberían expulsarnos de nuestros cargos inmediatamente. El pueblo está dispuesto a dar la vida y a que sus familias y posesiones queden destruidas antes que claudicar. Me corresponde a mí, en estos próximos días y meses, darle voz y expresar sus sentimientos. Quiero que quede claro: ¡no habrá paz negociada!

Volviendo una vez más a la cuestión de la invasión, he podido observar que nunca ha existido un periodo, en todos estos largos siglos de los que presumimos, en el que, de alguna manera, se haya garantizado a nuestro pueblo la imposibilidad absoluta de una invasión, pero, sin embargo, confío plenamente en que, si todos cumplen con su deber, si no se descuida nada, y si se llevan a cabo los preparativos tan bien como se está haciendo, nos demostraremos a nosotros mismos, una vez más, que podemos defender nuestra isla y hogar, que podemos capear la tormenta de la guerra, que podemos sobrevivir a la amenaza de la tiranía. Si fuera necesario, durante años. Si fuera necesario, solos....
En cualquier caso, eso es lo que vamos a intentar hacer. Esa es la determinación del gobierno de su majestad; de todos sus miembros. Esa es la voluntad del Parlamento y de la nación.
El Imperio Británico y la República Francesa, unidos estrechamente en su causa y en su necesidad, defenderán hasta la muerte su patria, ayudándose mutuamente, como buenos camaradas, hasta el agotamiento de las fuerzas y, a pesar de que grandes extensiones de Europa y muchos viejos e ilustres estados han caído -o pueden caer-, en las afiladas garras de la Gestapo y de todo el odioso aparato del régimen nazi, no vamos a flaquear ni a fallar. Juntos continuaremso hasta el final.
Lucharemos en Francia. Lucharemos en los mares y en los oceános. Lucharemos con creciente confianza y con mayor fuerza en el aire. Defenderemos nuestra isla, no importa cuan alto sea el precio. Lucharemos en las playas. Lucharemos en todos los aeródromos. Lucharemos en los campos y en las calles. Lucharemos en las colinas. ¡No nos rendiremos jamás!
Y si -cosa que no creo ni por un momento-, esta isla, o una buena parte de ella, se viera subyugada y hambrienta, entonces nuestro imperio de ultramar, armado y custodiado por la flota británica, proseguiría con la lucha, hasta que, cuando Dios decida, el Nuevo Mundo, con todo su poderío y su fuerza, de un paso al frente, al rescate y liberación del Viejo.


Casi la totalidad de los trescientos mil soldados de Dunkerque fueron devueltos a casa por la flota civil de Churchill. Chamberlain -víctima del cáncer- murío poco después y Hallifax fue apartado del gabinete de guerra y enviado a Washington.
El 8 de mayo de 1.945, el Reino Unido y sus aliados declararon la victoria. Poco después, Winston Churchill perdió su cargo…

jueves, 19 de julio de 2018

CHURCHILL: las playas siempre lo devuelven todo...

Santander, 14 de julio de 2.018


“Churchill” es una película dirigida por Jonathan Teplitzky en 2.017. Brian Cox interpreta al hombre que, después de haber conducido a los ingleses a través de la tormenta, se enfrenta a los fantasmas de su pasado y a la irrelevancia de su futuro, y regresa, débil y arrepentido, a los brazos de su esposa (Miranda Richardson), una mujer recia capaz de cantarle las cuarenta cada vez que se desboca.


Habituada a vivir en sus márgenes, ella será quien le recuerde que siempre será el hombre que les guio a todos y le ayude a comprender cuál es su deber: dejar de luchar para dar esperanza a los ingleses, estar a su lado y hacerles creer que, si Dios existe, ganaran la guerra.


Junio de 1.944, Francia permanece bajo la ocupación nazi. Durante cinco largos años, los ingleses han soportado los sufrimientos de la guerra mientras sus soldados han sobrellevado el peso de esta con valor y orgullo. Para poner fin al conflicto, los aliados deben derrotar a los alemanes en el frente occidental. La operación Overlord, diseñada por el general estadounidense Dwight Eisenhower (John Slattery) e impulsada por el general británico Bernard Montgomery (Julian Wadham), es un ataque frontal contra las fuerzas de ocupación nazi en el norte de Francia que requerirá una flota de siete mil barcos, enjambres de aviones y un cuarto de millón de hombres.

Hace casi treinta años, en 1.915, en un desembarco similar llevado a cabo durante la batalla de Galípoli -un ataque frontal diseñado por Winston Churchill mediante el cual las tropas inglesas, francesas, australianas y neozelandesas intentaron sin éxito arrebatar a los turcos el control del estrecho de los Dardanelos-, cientos de miles de hombres murieron. Churchill es ahora el primer ministro británico: la sangre de aquellos jóvenes cubre sus manos y no quiere que la historia se repita. Propone atraer a las fuerzas de Hitler hacia el Mar Egeo, apartar su atención de la costa de Francia y dividir el ataque para disminuir el riesgo, pero los líderes aliados no le prestan atención. Lo único que esperan de él es que mantenga alta la moral de la nación, una al pueblo, le de esperanza y poco más. Es como si su experiencia y su conocimiento sobre la guerra no contara para nada…


Decenas de miles de jóvenes morirán en las playas de Normandía. El desembarco será una carnicería, pero el pueblo no quiere oírselo decir al que muchos consideran el hombre más valiente de Inglaterra.


Les habla el Primer Ministro:
primero, las noticias de la gran operación que se desarrolla en Francia. Este magnífico esfuerzo coordinado por aire, tierra y mar ha logrado que las fuerzas aliadas hagan retroceder a los nazis y empiece la liberación de Francia. 
El paso del mar se ha conseguido con muchas menos pérdidas de las que temíamos. El bombardeo superior de nuestros barcos y aviones ha reducido con rapidez el fuego alemán. El valor del general Eisenhower es simplemente inigualable. Todo está organizado como nunca lo había estado anteriormente, y estamos en alerta hasta las yemas de los dedos.
Anoche los peligros se presentaban inmensos; esta mañana los hemos superado. Esta gran guerra contra la dominación nazi la libran personas normales y corrientes: los soldados, los marinos y los aviadores en combate, y también aquellos que están en casa. Nosotros desafiamos a Hitler, con nuestra resistencia y con nuestra fortaleza de espíritu, y con nuestro rechazo a ceder ante la tiranía, ante la opresión y ante el mal más temible de la historia.
Esta no es una guerra por la gloria; es una guerra por la libertad. Los alemanes contraatacarán. No sabemos dónde, ni cuándo lo harán. Sus nuevas bombas voladoras no tienen piloto: la destrucción enviada en una máquina desalmada. Esta es un arma de cobardes, y los cobardes no pueden ganar. Debemos afrontarlo con valor, como hacen nuestros soldados. Como los hombres valientes que luchan en las playas, nosotros también debemos luchar en la retaguardia, para que cuando ellos puedan regresar, cubiertos de gloria, podamos compartir su honor.
Hitler intenta amenazarnos con fuego. Hace cuatro años creyó que podía destruirnos con el Blitz. Se equivocó y vuelve a equivocarse ahora, porque no nos derretimos con el fuego. Nos templamos con el fuego, como el acero, y emergemos fuertes y listos para luchar. Hitler ha iniciado un fuego que le quemará y le echará de Europa.
Nuestras tropas seguirán luchando, y los aliados seguirán luchando, y yo seguiré luchando, hasta que seamos libres. Nosotros jamás nos rendiremos, y yo tampoco me rendiré jamás…