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lunes, 24 de febrero de 2020

ETA, EL FINAL DEL SILENCIO (VI) - EPÍLOGO: la digestión del pasado ha comenzado

Santander, 26 de diciembre de 2.019


La digestión del pasado ha comenzado, pero Jon Sistiaga se encarga de recordarnos que ETA no decidió cuando dejar las armas y disolverse, sino que fue derrotada policialmente. La profusión de infiltrados y confidentes habían horadado la organización desde dentro y la sucesiva caída de sus líderes aceleró su final, convirtiéndola en una banda delincuentes.



Las fuerzas de seguridad del Estado tardaron mucho tiempo en comprender cómo funcionaba la estructura de ETA: cómo operaba y cómo se regeneraba su tejido militante. Entretanto, la organización presentaba sus acciones terroristas como la respuesta a una demanda social: “¡ETA, mátalos!”.

A mediados de los años ochenta, ETA sacó a sus juventudes a la calle e incendió Euskadi. La ‘kale borroka’ se convirtió en un fenómeno terrorista de baja intensidad, más o menos espontáneo, merced al cual el sector más joven de la sociedad vasca entraba en contacto con la violencia y se manifestaba en contra del Estado: quemaban cajeros, agredían a miembros de la Ertzaintza…



Aquel fue un grave error estratégico de ETA, pues brindó a las fuerzas de seguridad la posibilidad de identificar y fichar a muchos de los jóvenes que posteriormente pasarían a formar parte de la banda. No solo eso, sino que, como reconocen Valentín Díaz -coronel jefe de los Servicios de Información de la Guardia Civil-, y Enrique Pamiés -exjefe superior de la Policía Nacional del País Vasco-, algunos de ellos se convirtieron, por dinero, ideología o desafección, en ‘topos’ que colaboraron con las fuerzas de seguridad para combatir a ETA desde dentro.

A lo largo de los años noventa, el tiro en la nuca comenzó a suponer demasiado riesgo para el militante, y la bomba-lapa se convirtió en su arma estrella, aunque eso supusiera asumir cuantiosos daños colaterales. Sus dirigentes se justificaban argumentado que la vida de sus ‘soldados’ valía cien veces más que la del hijo de un policía o guardia civil.

Mediada la década, ETA decidió extender el terror a otras capas de la sociedad y viralizar el miedo. Sociabilizó el sufrimiento y responsabilizó a los partidos políticos, ensañándose con sus concejales. El asesinato de Gregorio Ordóñez, llevado a cabo en 1.995, mostró cuál iba a ser su nueva línea política. Veintiún ediles fueron asesinados por los terroristas antes de la disolución de la banda: doce del PP, siete del PSOE y dos de UPN.

“A ver, Gregorio, estamos hasta los cojones de ti. Una declaración más tuya, y tu familia corre riesgo de morir: cualquiera de ellos. Estamos hasta los cojones de ti. ¡Fuera de Euskadi, cabrón!”

María San Gil, compañera de partido y amiga personal de Gregorio Ordóñez, reconoce con orgullo que aquellos que planteaban un proyecto político diferente y combatían de manera activa lo que eran ETA y sus consecuencias, suponían una amenaza para la banda terrorista: “Gregorio Ordóñez no tenía pelos en la lengua. No tenía miedo y decía lo que mucha gente no se atrevía a decir. La suya era una voz necesaria, discordante, amenazante y muy peligrosa, y el suyo, un partido que defendía España en el País Vasco sin ningún tipo de complejo”.


El colapso de ETA comenzó en el año 2.000. Hasta entonces, las fuerzas de seguridad y el servicio de inteligencia del gobierno español habían perseguido a los asesinos sin contar con el apoyo de otras instituciones, pero el terrorismo se había convertido en un problema de Estado.

Enrique Pamiés cuenta que fue entonces cuando cayeron los últimos lideres militares más o menos bien preparados y la organización se convirtió en una banda de delincuentes. La mayor parte de los atentados que preparaban fracasaban y comenzaron los enfrentamientos entre sus miembros.

Valentín Díaz afirma: “ETA se quedó en analógico y el resto pasamos a digital; cuando ETA cambió el buzón en el monte, donde metía el papel y allí iba el comando a recibirlo, por darle a cada comando un ordenador, comenzó su perdición…”. Y añade: “Ha habido muchos guardias civiles, los mejores, que se han sacrificado durante muchos para acabar derrotando a la banda terrorista, pero esto no ha sido una guerra; esto ha sido gente que hacia terrorismo y otros que cumplíamos la ley y el estado de derecho. En la lucha contra ETA no ha habido atajos”.

Esto no es el del todo cierto. Alguna anomalía sí que hubo… Las torturas llevadas a cabo en el cuartel de Intzaurrondo, o los crímenes del GAL, fueron errores que permitieron a los terroristas justificar su violencia.

La desaparición de Lasa y Zabala -dos presuntos etarras secuestrados, torturados y asesina-dos por miembros de la Guardia Civil en 1.983-, y los asesinatos cometidos posteriormente por el GAL, alimentaron el conflicto. La guerra sucia llevada a cabo por los Grupos Antiterroristas de Liberación dejó veintiséis víctimas. En el año 2.000, el general Galindo dejó de ser el héroe de la lucha antiterrorista para ser condenado por los mismos delitos que había combatido: “de ser garante de la ley, pasó a ser su transgresor”.

Cada vez que ETA rompía una tregua defraudaba las expectativas generadas entre sus simpatizantes y sus propios presos, ratificaba la idea de que sus miembros no eran unos interlocutores de los que uno se pudiera fiar y renovaba un nuevo ciclo de violencia que habría de extenderse hasta el siguiente alto el fuego. Rompieron la tregua de 1.989 con Felipe González, la de 1.999 con José María Aznar y también a la del 2.006, cocinada entre Otegui e Eguiguren, la cual saltó por los aires el 30 de diciembre, al explotar la furgoneta que la banda terrorista había dejado estacionada en el aparcamiento de la terminal número cuatro del aeropuerto de Barajas.

Las bases de ETA no comprendieron la ruptura de aquella tregua y surgieron dos facciones bien diferenciadas: la de Otegui, que era partidario de aparcar la lucha armada y recuperar fuerzas, y la de Ekin, que pretendía seguir atentando para obligar al gobierno a volver a sentarse a negociar.
El final de la banda terrorista parecía inminente. En 2.009, después de que la policía detuviera a Arnaldo Otegui, Ekin pretendía seguir matando, pero Rufi Etxeberría -su hombre de confianza-, consiguió sacar adelante un proyecto político que tiene presencia en las calles, pero excluye la violencia terrorista, y que constituye los principios de la izquierda abertzale actual.




Hubo una votación: mil militantes se manifestaron a favor de la disolución y cuarenta y siete en contra. ETA había sido derrotada gracias a eficacia policial y judicial, el consenso político, la cooperación internacional y la respuesta de la sociedad vasca y española. En el momento en el que sus miembros dejaron de matar, la crispación social desapareció. La digestión del pasado ha comenzado. En Euskadi parece haber una especie de amnesia colectiva que trata de pasar página rápidamente: unos porque se pusieron de perfil durante mucho tiempo y no quieren tener mala conciencia de su actitud, y otros porque no quieren tener que responder a la pregunta de si matar estuvo mal o bien.

El 3 de mayo de 2.018, la banda terrorista ETA hizo público su último comunidcado, un epitafio con el que ponía fin a cincuenta años de asesinatos, el noventa por ciento de los cuales tuvo lugar después de la dictadura y el setenta por ciento de los cuales se llevaron a cabo en el País Vasco:

ETA, organización socialista revolucionaria vasca de liberación nacional, quiere informar al Pueblo Vasco del final de su trayectoria, después de que su militancia haya ratificado la propuesta de dar por concluidos el ciclo histórico y la función de la Organización. Como consecuencia de esta decisión:
-ETA ha desmantelado totalmente el conjunto de sus estructuras.
-ETA da por concluida toda su actividad política. No será más un agente que manifieste posiciones políticas, promueva iniciativas o interpele a otros actores.
-Los y las exmilitantes de ETA continuarán con la lucha por una Euskal Herria reunificada, independiente, socialista, euskaldun y no patrialcal en otros ámbitos, cada cual donde lo considere más oportuno, con la responsabilidad y honestidad de siempre.
ETA nació cuando Euskal Herria agonizaba, ahogada por las garras del franquismo y asimilada por el Estado jacobino, y ahora, 60 años después, existe un pueblo vivo que quiere ser dueño de su futuro, gracias al trabajo realizado en distintos ámbitos y la lucha de diferentes generaciones.
ETA desea cerrar un ciclo en el conflicto que enfrenta a Euskal Herria con los estados, el caracterizado por la utilización de la violencia política. Pese a ello, los estados se obstinan en perpetuar dicho ciclo, conscientes de su debilidad en la confrontación estrictamente política y temerosos de la situación que provocaría una resolución integral del conflicto. Por contra, ETA no tiene miedo alguno a ese escenario democrático, y por eso ha tomado esta decisión histórica, para que el proceso en favor de la libertad y la paz continúe por otro camino. Es la secuencia lógica tras la decisión adoptada en 2011 de abandonar definitivamente la lucha armada.
En adelante, el principal reto será construir un proceso como pueblo que tenga como ejes la acumulación de fuerzas, la activación popular y los acuerdos entre diferentes, tanto para abordar las consecuencias del conflicto como para abordar su raíz política e histórica. Materializar el derecho a decidir para lograr el reconocimiento nacional será clave. El independentismo de izquierdas trabajará para que ello conduzca a la constitución del Estado Vasco.
Esta última decisión la adoptamos para favorecer una nueva fase histórica. ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve en él.
Gora Euskal Herria askatuta! Gora Euskal Herria socialista! Jo Ta Ke indpendentzia eta sozialismoa lortu arte!”.



miércoles, 12 de febrero de 2020

ETA, EL FINAL DEL SILENCIO (III) - MIGUEL ÁNGEL: quien olvida su pasado está condenado a volver a cometer los mismos errores

Santander, 24 de noviembre de 2.019

¿Qué español de más de cuarenta años no recuerda dónde estaba, o qué estaba haciendo, cuando Miguel Ángel Blanco fue secuestrado y ejecutado?


Yo estaba de vacaciones en Italia. El día 11 de julio estaba celebrando mi cumpleaños en Roma, ajeno a todo lo que ocurría en nuestro país, pues ni tenía teléfono móvil, ni vivía pegado a internet, y, aunque la noticia viajó más allá de nuestras fronteras, yo tenía mejores cosas que hacer que estar pendiente de los informativos italianos. Me enteré de la noticia en Montpelier, durante el viaje de vuelta a casa; Miguel Ángel Blanco ya había muerto. Seguro que no lo viví con la intensidad de quienes tuvieron ocasión de salir a la calle para exigir su liberación, pero recuerdo que aquello me impactó y no olvido el dolor, la pena, la impotencia y la rabia que todos sentimos aquellos días.

El tiempo pasa. Sorprendentemente, hay estudios que demuestran que la mitad de los universitarios vascos no saben quién fue Miguel Ángel Blanco. En el resto de España, la situación es similar. Los alumnos de cuarto curso de Derecho y Criminología de la Universidad Francisco de Vitoria, en Madrid, tienen veintiún años y tampoco conocen su historia. En sus colegios e institutos no les han hablado de nuestro pasado reciente, ni de lo que el fenómeno terrorista ha supuesto en España durante los últimos cincuenta años en España, ni de ETA, ni del GAL…

Jon Sistiaga organiza para ellos un encuentro sorpresa con Iñaki García Arrizabalaga, profesor del departamento de marketing de la Universidad de Deusto, quien considera que acercar la voz de las víctimas a los jóvenes, demostrarles que son gente de carne y hueso, contarles su experiencia y trasladar un mensaje ético de paz y convivencia es un avance y una apuesta a largo plazo.

Su padre, Juan Manuel García Cordero, delegado de Telefónica en Guipuzcua, fue secuestrado y asesinado por los Comandos Autónomos Anticapitalistas -una excisión dura de ETA-, el 23 de octubre de 1.980. Él tenía entonces diecinueve años. Estaba en clase de Derecho Laboral cuando, de repente, a las ocho de la mañana, vinieron a buscarle para comunicarle que habían encontrado el cadáver de su padre en el monte Ulía, cerca de su casa. Su cuerpo había aparecido sentado en el suelo, con las manos atadas a la espala, y con un tiro en la cabeza.



“Aquello fue muy duro y yo me convertí en una máquina de odiar todo lo que viniera de ese mundo -reconoce Iñaki-, pero después me dije: no, no puedo darles esa otra victoria, yo no puedo crecer y seguir manteniendo este odio, porque el primer perjudicado seré yo mismo”. En 1.986 empezó a trabajar por la paz y la convivencia en la sociedad vasca, y en esas estaba cuando, en 1.997, Miguel Ángel Blanco fue asesinado…

Los noticieros radiofónicos de las siete de la tarde del jueves, 10 de julio de 1.997, anunciaban el secuestro de un concejal del Partido Popular de la localidad vizcaína de Ermua llevado a cabo por la banda terrorista ETA. Era Miguel Ángel Blanco Garri-do, un joven que, en el mo-mento de su desaparición, acababa de salir de su casa, en Ermua, para coger un travía y acudir a su lugar de trabajo, en la vecina localidad de Eibar. Una llamada anónima al diario Eguin había asegurado que, en un plazo de cuarenta y ocho horas, si no se producía un inminente agrupamiento de presos en las cárceles de Euskadi, Miguel Ángel sería asesinado. El plazo terminaba el sábado, 12 de julio, a las cuatro de la tarde…

Después de que el 23 de enero de 1.995 ETA asesinara a Gregorio Ordóñez -lider del Partido Popular en Guipuzcoa-, la cúpula de su partido en el País Vasco intentó convencer al mayor número de jóvenes posible de que formaran parte de sus listas. Muchos fueron los que dieron un paso adelante simplemente para luchar contra la banda terrorista; Miguel Ángel Blanco -un joven estudiante de Econónmicas-, fue uno de ellos.

“Vivimos aquellos años sabiendo que ETA había fijado al Partido Popular en su punto de mira, pero nunca piensas que te va a ocurrir a ti, ni que le va a ocurrir a alguien próximo; éramos demasiado poco importantes para que nos pasara a nosotros”, recuerda Iñaki Oyarzabal, uno de sus compañeros de partido. Su secuestro y posterior asesinato fueron el resultado de una especie de juego de la ruleta: “le tocó a Miguel Ángel, pero nos podía haber tocado a cualquier otro”, reconoce Borja Sémper.

Su familia -una familia humilde, procedente de Galicia, pero afincada en el País Vasco desde hacía más de treinta años- se veía obligada a afrontar unas horas muy amargas. El secuestro de Miguel Ángel era una venganza. Jaime Mayor Oreja, Ministro de Interior de la época, lo tiene claro: “ETA pensó que era la forma más dolorosa de vengarse de lo que había significado una exitosa acción de la Guardia Civil llevada a cabo el primer día del mes de julio”.



Se refiere a la liberación de Ortega Lara, funcionario de prisiones que había permanecido secuestrado por la banda terrorista durante quinientos treinta y dos días. ETA quería venganza y le lanzó un pulso a la sociedad española que exigía responsabilidad, entereza y serenidad. Es una realidad objetiva que en cuarenta y ocho horas resulta imposible trasladar a cárceles vascas a quinientos, o seiscientos presos dispersos por todo el territorio nacional, pero el gobierno del Partido Popular no tenía ninguna intención de dialogar ni negociar: no iba a ceder a un chantaje así; con Herri Batasuna, no había nada de lo que hablar.

Lo único que podían hacer el gobierno y las fuerzas de seguridad del Estado era tratar de encontrar a Miguel Ángel Blanco, un muchacho de veintinueve años de edad, 1,71 metros de altura, complexión media, labios gruesos y pelo castaño claro peinado con raya al medio que, en el momento de su desaparición, vestía camisa lisa de color salmón con chaqueta granate, pantalón vaquero claro y zapatos negros…

El viernes, día 11 de julio, el pueblo de Ermua se moviliza y grita: “¡Basta ya!”. En el entorno de ETA se escuchan algunas voces -pocas-, pidiendo a la banda criminal que deponga su actitud. La gente se echa a la calle: centenares de miles de personas se manifiestan por toda España pidiendo la liberación de Miguel Ángel y se organizan vigilias que trascienden más allá de cualquier militancia política.



Sus familiares, amigos y compañeros conservan la esperanza y, el sábado por la mañana, las calles de Bilbao se llenan de miles de personas mostrando sus manos limpias al cielo y exigiendo la libertad de Miguel Ángel.



Sin embargo, poco después de las cuatro de la tarde, aparece en Lasarte el cuerpo de una persona con los rasgos físicos del concejal con un tiro en la cabeza. Las noticias son confusas. Es Miguel Ángel; todavía vive, pero está muy grave. Es trasladado a la residencia Nuestra Señora de Aranzazu y muere.

Carlos Totorika, alcalde de Ermua, confirma el asesinato de Miguel Ángel y sus vecinos, indignados, gritan: “¡ETA al paredón, ETA al paredón! ¡Fuera de Esukadi, HB! ¡No dais la cara, cobardes! ¡No dais la cara! ¡ETA, el pueblo no se toca!”. Los miembros de Herri Batasuna sienten, por primera vez, la presión popular y escuchan el pálpito de miles de personas normales que han superado la parálisis que produce el miedo y a las que se les ha agotado la paciencia. Agentes de la Ertxaintza acuden a protegerles. “¡Defendéis a los que os matan!”, les gritan, pero es su trabajo y defienden la legalidad. Entonces, se quitan las capuchas, descubren sus rostros y la gente se lanza a abrazarlos y besarlos, desencadenando la sensación de haber perdido el miedo y de que la unión hace la fuerza. Hasta aquí hemos llegado. La gente le grita a ETA: “¡El puebo, unido, jamás será vencido! ¡No son vascos, son asesinos! ¡Miguel Ángel, somos todos! ¡Basta ya, queremos libertad! ¡ETA, aquí tienes mi nuca!”.



Aquella fue la manifestación de una sociedad democrática que intentaba contener su rabia y llamaba asesinos a los batasunos a la cara, en sus propias sedes. Es probable que la ejecución de Miguel Ángel Blanco fuera el principio del fin de ETA. Las calles de todas las capitales españolas recogieron el clamor popular y la sociedad vasca se movilizó en su contra gritando: “¡Hasta aquí hemos llegado! ¡Ya no queremos más!”.

Recordar puede resultar doloroso, pero es necesario hacerlo; no con el fin de alimentar el rencor, o el odio, sino para reflexionar sobre hacia donde nos pueden llevar el totalitarismo o las ideas extremas. Olvidar supone arriesgarnos a volver a cometer errores gravísimos. Conocer lo que pasó es necesario para defender la libertad y la convivencia.

En el año 2.011 me llamó una buena amiga -confiesa Iñaki García Arrizabalaga-, para decirme que había un grupo de presos de ETA que estaban en la cárcel, que habían hecho un recorrido de autocrítica y que querían entrevistarse con víctimas de su lucha armada. Después de una serie de reuniones preparatorias con una mediadora, el 25 de mayo de 2.011 mantuve con un preso de ETA con delitos de sangre el primer encuentro restaurativo en España para un delito de terrorismo. “¿Por qué lo hiciste?”, fue lo primero que le pregunté. “¿Qué le pasa en la cabeza a un ser humano para ser capaz de despojar de cualquier vestigio de humanidad a otra persona y meterle un tiro en la nuca?”. Las personas, para ellos, no son personas; son objetivos militares. Estuvimos hablando mucho tiempo. Nos hemos visto muchas veces desde entonces, y, al final, me pidió perdón. ¿Merecen las personas una segunda oportunidad, sea cual sea el delito que hayan cometido? Yo creo que sí. En aquellos encuentros, detrás del terrorista, descubrí a una persona, con sus grandezas y sus miserias, que me estaba pidiendo una segunda oportunidad. ¿Quién era yo para negársela? Sin embargo, creo que no debemos olvidar lo que pasó. En otros lugares del mundo los conflictos se han eternizado porque las víctimas han reaccionado contra sus agresores. La sociedad española tiene una deuda con las víctimas del terrorismo porque, si nuestra reacción hubiera sido otra, el conflicto no habría terminado todavía. No podemos cambiar el pasado, pero si podemos actuar sobre la lectura que hacemos de él, y proponer una lectura que resulte reparadora para las víctimas, porque el pueblo que olvida está condenado a volver a cometer los mismos errores.