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sábado, 13 de agosto de 2016

LA CORONA PARTIDA: para ser un buen rey no es necesario ser un buen padre.

Santander, 11 de agosto de 2.016

Los reyes y las reinas no son dueños de sus vidas, y mucho menos de lo que la historia diga de ellos...


Isabel ha muerto...
Fernando pena, como lo hacen también los productores de una serie de televisión que han exprimido durante tres temporadas. Los responsables de Diagonal TV tuvieron el acierto de abrir un melón que les ha proporcionado un rotundo éxito y no están dispuestos a quedarse de brazos cruzados mientras los restos de la reina reposan en Granada. Las desventuras del pequeño Carlos les permitirán seguir explotando la gallina de los huevos de oro, pero antes deben de conducirle hasta el trono...

"La Corona partida" es una película dirigida por Jordi Frades, estrenada en las salas de cine hace solo unos meses pero hecha para la televisión, que pone de manifiesto la lucha de poder establecida entre don Fernando y Felipe 'el Hermoso' tras la muerte de Isabel para hacerse con la corona de Castilla antes de la llegada al trono de su nieto Carlos.


Castilla se viste de negro y afronta una triste partida de ajedrez. No han sido pocos los reinos que han sucumbido tras la muerte de sus reyes pero Isabel (Michelle Jenner) lo ha dejado todo bien dispuesto. Las cancillerías envían sus condolencias y celebran que todo siga su curso en el reino, pero no hay noticias de Flandes. Cuanto más postergue el archiduque Felipe (Raúl Mérida) el regreso de doña Juana (Irene Escolar) a Castilla, más tiempo concederá a Fernando (Rodolfo Sancho) para afianzar su gobernanza...

Muchas son las discrepancias que separan al cardenal Cisneros (Eusebio Poncela) y al rey de Aragón, pero la memoria de Isabel y el deseo de que el poder permanezca en manos de la Corona les mantiene unidos. Los nobles de Castilla desean desalojar al aragonés, pero el testamento de la difunta reina dispone que se le entregue a él su corona en caso de que su su hija no pueda, o no quiera gobernar...

La pobre Juana se convierte en un juguete roto zarandeado por su padre y por su esposo, quienes, sin importarles lo que ella siente, no hacen otra cosa que disputarse una corona que no pertenece a ninguno de los dos.
Mientras don Fernando hace pasar por loca a su hija ante las Cortes de Castilla, en Flandes, de forma precipitada, siguiendo el ejemplo de su suegra, el archiduque Felipe se autoproclama rey consorte de Castilla...


Fernando  se sentía débil y aislado. Con el fin de apaciguar el ánimo de los nobles, el aragonés reclamó la presencia en Castilla de su reina legítima. Estaba dispuesto a cumplir la voluntad de Isabel y permitir que su nieto Carlos gobernase en Castilla, pero sentía la necesidad de salvaguardar su legado y poner las coronas de Aragón, Nápoles y Sicilia a salvo de extranjeros.
Tras largos años guerreando llegó a un acuerdo con el rey Luis XII de Francia que beneficiaba a ambas partes. Él se convertiría en árbitro de todo lo que acaeciese en Italia, pero a cambio habría de casarse con la sobrina del francés, Germana de Foix (Silvia Alonso), una mujer prudente que supo respetar el inmenso amor que había sentido por Isabel. Si ésta le daba un hijo, Carlos no heredaría la corona de Aragón y los reinos de España volverían a estar enfrentados: ¡el legado de Isabel se tambalea!


Los archiduques arribaron a La Coruña, y no a Laredo, como estaba previsto. Fernando salió a su encuentro sin dar nada por perdido. Tanto él como su yerno ansiaban la gobernanza de Castilla pero una corona partida abriría la puerta al desgobierno y no deseaba tamaño desastre para su reino. Renunció al trono de Castilla y regresó a Aragón a cambio de conservar los maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara, y asegurarse una renta de diez millones de maravedíes al año y la mitad de los ingresos procedentes de Las Indias, pero se negó a firmar un documento que incapacitase a su hija Juana para gobernar.
El 12 de julio de 1.506, en Valladolid, las Cortes de Castilla reconocieron y aceptaron a doña Juana como su legítima reina pero ella rehusó tal responsabilidad. Entonces, los nobles nombraron a su esposo rey propietario de sus reinos y reconocieron a su hijo Carlos como su legítimo heredero.


El reinado de Felipe fue breve. Apenas un par de meses después, en Burgos, el 25 de septiembre de ese mismo año, moría en estrachas circunstancias. ¿Envenenado? ¿Quién sabe? Pudiera ser...
Su corazón fue llevado a Flandes para que reposase al lado de su madre mientras doña Juana encabezaba la tenebrosa comitiva que trasladó el cuerpo del rey de Castilla hasta Granada, donde deseaba ser sepultado.


Fue un viaje largo durante el cual la reina se refugió en el culto al cadáver de su esposo muerto para evitar tener que tomar decisiones relativas al gobierno de su reino.


El príncipe Carlos era aún muy niño y Castilla no podía quedar en manos de una loca. La regencia sería la única solución y al cardenal Cisneros le sobraba prestigio y autoridad para gobernar: ¡él era el candidato perfecto! Su lealtad a Castilla siempre estuvo por encima de todo. Si aceptó tal responsabilidad solo fue para allanar el regreso de don Fernando, pues otro que no fuera él -después de Dios-, no sería capaz de poner remedio a tan grandísima desventura...

El aragonés era consciente de que su hija era un estorbo. Le obedecería, pero no confiaba en él pues temía que privase a su hijo de su herencia. Asentado en Castilla de nuevo, Fernando se vio en la necesidad de tomar una decisión definitiva y lo hizo: confinó a Juana en el palacio real de Tordesillas, confiando en que algún día sus hijos fuesen tan buenos reyes como lo fueron sus abuelos.


El aragonés murió en Madrigalejo (Cáceres) el 23 de enero de 1.516, pero antes de hacerlo aún tuvo tiempo de asentarse en Flandes, doblegar a los grandes de Castilla y arrebatar Navarra al francés. Más hubiera hecho de no haber sido por la enfermedad y su obsesión por procrear: quiso romper la promesa que un día le hizo a Isabel pero Dios no lo consintió...

domingo, 26 de junio de 2016

ISABEL (XXXI): el sol se pone en Castilla y su futuro está en juego

Santander, 26 de junio de 2.016

La infanta parecía haber recuperado la cordura, pero no era más que un espejismo: ¿cómo aprender a transitar por los tortuosos caminos del amor? Sus hijos no le preocuapaban; tan sólo quería estar con su Felipe y los celos la consumían.


El futuro de Castilla estaba en juego: el futuro que Isabel y Fernando soñaban se había torcido pero la providencia les indicaría cual era el camino correcto...
Los nobles castellanos daban por hecho que doña Juana sería incapaz de reinar y ansiaban tenerla a merced de sus intrigas para convertirla en un títere que pudiesen manejar a su antojo, como ya hicieron en el pasado con Enrique IV y como quisieron hacer con la 'Beltraneja'. 
La reina sabía que pronto tendría que rendir cuentas ante el Altísimo. Había dispuesto que cuando ella faltase, independientemente de cual fuese el estado de su hija, Juana ocupase el trono de Castilla, pero en su lecho de muerte ordenó que si la princesa no estuviera en sus reinos, o no pudiera o quisiera gobernar, fuese el rey Fernando quien rigiese y administrase dichos reinos en su nombre hasta que el infante Carlos alcanzase la edad legítima para gobernar. Bajo ninguna circunstancia se vulneraría la línea sucesoria, pues en su nieto estaban depositadas todas sus esperanzas...


El 26 de noviembre de 1.504 el sol se puso en Castilla...
El fuego crepitaba en las chimeneas del castillo de Medina del Campo. Fernando tomó la mano de su esposa y ella le pidió que velase porque su cuerpo fuese enterrado en Granada, allí dónde él decidiera reposar: "siempre juntos, en la vida y en la muerte". Cerró los ojos por última vez y descansó para siempre.


"Nada de cuanto hemos logrado juntos se perderá pues, velando por vuestros logros, guardaré memoria del inmenso amor que siempre he sentido por vos"

ISABEL (XXX): la infanta es el bien más preciado de la corona

Santander, 26 de junio de 2.016

La guerra en Nápoles seguía su curso...
El rey Fernando había enviado refuerzos y las tropas francesas estaban exhaustas. Luis XII invadió el condado del Rosellón trayendo la guerra hasta las fronteras de Aragón con el fin de obligarle a desplazar sus tropas y debilitar sus fuerzas en el sur de Italia. El propio rey se puso al frente de sus ejércitos, pero antes de partir hacia la guerra dispuso que, durante su ausencia, Isabel y Juana viviesen separadas con el fin de que la reina pudiese recuperase de las dolencias que el comportamiento de su hija le había ocasionado. Haciéndola creer que partía hacia Flandes, la infanta fue recluida en el Castillo de la Mota, en Medina del Campo.

Mientras Fernando arriesgaba la vida por su reino y derrotaba a los franceses en los dos frentes abiertos con ellos, el cardenal Cisneros trataba de reconducir el ánimo de la infanta, proporcionando sosiego a su alma encendida.  Tal vez un retiro forzoso le ayudase a calmar su ánimo y le permitiese emprender la labor que la providencia le tenía reservada...


Juana mostraba voluntad de reconducirse y recuperar la serenidad que algún día le ayudase a gobernar, mas Felipe no estaba dispuerto a perderla. Él la reclamaba a su lado y ella penaba por no poder partir. De nuevo amenazaba con quitarse la vida si no la permitían volver a Flandes.


Aún enferma, Isabel partió hacia Medina para reunirse con su hija. En su ánimo, mientras intentaba cumplir con su deber como reina, siempre estuvo buscar lo mejor para ella. Por hacerlo se había granjeado su odio, pero no estaba dispuesta a prolongar más su desdicha: ¡le permitiría regresar a Flandes! Su hijo Fernando permanecería en Castilla, pero ella se reuniría por fin con su esposo...

ISABEL (XXIX): las miserias de doña Juana son cuestión de Estado

Santander, 26 de junio de 2.016

En Nápoles, los franceses superaban en número a las tropas aragonesas. Poseían artillería y estaban mejor pertrechados. Sin refuerzos, ni siquiera la pericia de don Gonzalo de Córdova podría evitar que les echasen de allí.
Isabel y Fernando sabían que no podían confiar en su yerno Felipe, más su amistad con el rey de Francia era un hecho. Tal vez él pudiese convertirse en su mejor embajador... Tras la muerte en extrañas circunstancias de su principal consejero -el arzobispo Busleyden-, el archiduque sentía que ya no podía confiar en nadie y que su vida corría peligro en Castilla. Juana permanecería en la península mientras él partía para negociar la paz con Luis XII. Prometería al francés unas condiciones que los reyes de Aragón no pretendían cumplir. Mientras, ellos ganarían tiempo y se prepararían para la guerra...


Mientras tanto, recluida en sus habitaciones por voluntad propia, la infanta parecía haber perdido la razón. Ofendía a sus padres, había dejado de comer y amenazaba con quitarse la vida si no la dejaban partir junto a su esposo. Su rabia y su angustia nacían de su soledad. Cuanto mayor era la distancia que la separaba de Felipe, mayor era su desvelo: temía lo que pudiese hacer lejos de ella, pero no era eso lo que menoscababa su juicio sino su ausencia. Cuando él no estaba a su lado ella sentía que no valía nada. Si le perdiera, más la valdría morir que tener que soportar su muerte. Sus miserias eran cuestión de estado: Felipe parecía haber poseído su espíritu...


Antes de regresar a Flandes, el archiduque había rubricado en Francia un acuerdo que sólo favoreía al rey Luis y a sí mismo, probando su vileza y traicionando la confianza que sus Católicas Majestades habían depositado en él. Juana debería permanecer en Castilla, junto al niño al que acababa de dar a luz, hasta que se convenciese de que sólo ella estaba destinada asumir el gobierno de sus reinos.

ISABEL (XXVIII): la providencia quiso que Juana fuese Princesa de Asturias

Santander, 26 de junio de 2.016

El Señor quiso llevarse para sí al amado hijo de sus Católicas Majestades -don Juan, Príncipe de Asturias-, y tras de él a la serenísima reina y princesa doña Isabel y también a su hijo legítmo, el ilustrísimo príncipe don Miguel, que debiera de haber sido el heredero de sus reinos y señoríos.
Los archiduques de Flandes debían presentarse ante las cortes peninsulares para jurar las leyes de Castilla y Aragón y convertirse en Príncipes de Asturias. Viajaron  por tierra y visitaron la corte del rey francés. Sus Católicas Majestades se sintieron ofendidas y no acudieron a recibirles a Fuenterrabía, devolviendo así el agravio al archiduque Felipe, pero también a su esposa. Su encuentro en palacio fue tenso y frío...


Durante su estancia en la península, Isabel y Fernando tratarían de liberar a la desdichada Juana de la nefasta influencia de su esposo pero el enfrentamiento con su hija parecía inevitable.

El 22 de mayo de 1.502 la providencia condujo a los archiduques de Flandes ante las cortes castellanas, convocadas en la catedral de Toledo y presididas por don Diego Pacheco, para que la princesa Juana fuese reconocida como princesa de Asturias junto a su esposo, y príncipe consorte, don Felipe.


Los jóvenes príncipes ansiaban regresar a Flandes pero aún habían de jurar las leyes de Aragón. Isabel y Fernando tenían un deber: hacer de su hija la mejor reina posible, y para ello habrían de retenerla en Castilla. Tal vez no estuviese llamada a continuar su obra pues su esposo parecía nublar su mente y dominar su voluntad... Si Juana pretendía gobernar debería encontrar el modo de hacer valer su buen juicio.


Poco después, las cortes de Aragón se reunieron en la Seo de Zaragazo para jurar a Juana y Felipe como príncipes del reino, pero Fernando hubo de regresar precipitadamente a Castilla pues su amada esposa estaba gravemente enferma: si Isabel moría los reinos de Castilla y Aragón volverían a darse la espalda, pues su corona pasaría a manos de un traidor afín a los franceses...

La corte entera rezó por ella y Dios escuchó sus plegarias: fue benévolo y aún le dio tiempo de encauzar el porvenir de su reino. Ella confiaba en su marido y nada habría de desviar el rumbo que juntos habían encauzado para Castilla.

ISABEL (XXVI): ¡Dios maldiga al francés!

Santander, 26 de junio de 2.016

Tras la muerte de Miguel de la Paz, el título de Príncipe de Asturias correspondía a la infanta Juana, y con ello al pérfido Felipe. Negarle la sucesión en favor de su hermana María hubiese sido caprichoso. Ella era la legítima heredera y no merecía tal desprecio pero sus padres eran conscientes de que, aunque el derecho dictase lo contrario, sería el maldito borgoñón quien reinase mientras ella ejercía de consorte.


Felipe pretendía casar a su hijo con Claudia, la hija del rey de Francia, pero sus Católicas Majestades no habrían de consentirlo. Se adelantaron a sus pretensiones y propusieron a Luis XII un tratado favorable para sus intereses que fue rubricado en Granada el 11 de noviembre de 1.500 y en virtud del cual unos y otros se repartían el reino de Nápoles: don Fernando se quedaría con las provincias del sur, Apulia y Calabria, mientras que don Luis controlaría las provincias de Abrupsio y Tierra de Labor, y con ellas la ciudad de Nápoles. Los impuestos se repartirían equitatívamente y el título de Rey de Nápoles sería propiedad del francés, pero a cambio éste debería renunciar al compromiso de su hija con el pequeño Carlos.


Mientras tanto, el rey Fadrique, dispusto a abrir las puertas de Nápoles al infiel, había acudido al turco en busca de ayuda. No le sirvió de nada: fue depuesto por el papa Alejandro VI y el francés, una vez coronado, trató de hacerse con el resto de Nápoles. Aquél habría de ser el campo de batalla en el que Aragón se midiese con los franceses...

ISABEL (XXV): pobre Miguel...

Santander, 26 de junio de 2.016

Isabel y Fernando alentaron las voces de aquellos que veían peligrar sus privilegios si la unión de Portugal con Castilla y Aragón se asentaba definitivamente para que su yerno viese que no pisaba terreno firme y sintiese que necesitaba su apoyo.
Ante los suyos, el rey Manuel presentó la decisión de dejar a su heredero en Castilla como propia y regresó a Portugal con el compromiso de los Reyes Católicos de proporcionarle una nueva esposa que le permitiese asegurar su dinastía: la infanta María sería la elegida.


La infanta Juana mantuvo a su esposo lejos del dolor que atormentaba su corazón por la muerte de su hermana y el 24 de febrero de 1.500 dio a luz a su segundo hijo, un varón al que se bautizó con el nombre de Carlos, heredero del imperio romano-germánico y algún día dueño y señor de Castilla y Aragón.


Sólo unos días más tarde, el 19 de julio de ese mismo año, unas fiebres mortíferas arrebataron la vida al pequeño Miguel. Sus abuelos hubieron de recluir el pesar en sus corazones y comportarse como reyes pues la muerte del príncipe les dejaba sin heredero.

El rey Manuel acudió a los funerales oficiados por su hijo formalizando entonces su compromiso con la infanta María. Su primer encuentro y la causa de su unión fueron terriblemente sombríos pero su enlace sería la mejor solución frente a las amenazas que se cernían sobre la corona de Portugal y ambos podrían llegar a amarse.


Para que su matrimonio pudiese oficializarse era necesaria una dispensa papal que Alejandro VI no parecía estar dispuesto a conceder. La espera se hacía imposible y Portugal necesitaba un heredero. El rey Manuel barajó la posibilidad de romper su compromiso con los Reyes Católicos para desposarse con la Beltraneja pero éstos jamás permitirían que doña Juana engendrase un vástago que pudiera reclamar un día el trono de Castilla. Prefirió no ofender a la reina Isabel. Esperó, la bula llegó y su matrimonió tuvo lugar el 30 de octubre de 1.500.


ISABEL (XXIV): ¿qué se puede hacer cuando el ser amado es también el puñal que te desgarra el corazón?

Santander, 26 de junio de 2.016

Tras la muerte del príncipe Juan, el archiduque Felipe, esposo de Juana, reclamó para sí mismo el título de Príncipe de Asturias, un reconocimiento que sólo el heredero al trono de Castilla podía poseer...


Por suerte, el 30 de septiembre de 1.497 la infanta Isabel se había casado con el rey de Portugal. Los Reyes Católicos les convocaron con urgencia para proclamarles herederos de sus reinos pero las cortes de Aragón, amparándose en la tradición que negaba a las mujeres el derecho a heredar el trono, se negaron a reconocer a la infanta Isabel como legítima heredera, aunque reservaron tal derecho al primer hijo varón que tuviese la reina de Portugal. 


Felipe, que había firmado un acuerdo con el nuevo rey de Francia, pretendía que su esposa Juana acatase sus decisiones y se plegase ante sus designios, aunque eso supusiese traicionar a sus padres. Le amenazó con alejarla de su lado y enviarla sola de vuelta a Castilla si no lo hacía y ambos solicitaron que los Reyes Católicos firmasen un documento en el que se les reconociese como legítimos herederos a los tronos de Castilla y Aragón si la infanta Isabel no tuviese un hijo varón.

Amados padres,
temo que mi esposo no es el hombre que vos y yo esperábamos pero, ¿qué hace una mujer cuando el ser amado es a la vez el puñal que le desgarra las entrañas...? Amo al esposo con la misma furia que detesto al príncipe, y ambos son la misma persona. ¿Es tal cosa posible? Sabed mis señores que esta hija vuestra os lleva a vos y a vuestros reinos siempre en el corazón.
Juana, Infanta de Castilla y Aragón

La infanta había sido madre de una niña pero el archiduque necesitaba un heredero. Con el fin de ganarse el favor de su esposo trató de asimilar los gustos de la corte borgoñesa y, sometida a los dictados de su esposo, solicitó a los reyes de Castilla un obispado para uno de los consejeros de Felipe, pero los tiempos de las prevendas habían terminado y éstos no consintieron que su eminencia se hiciese con las rentas de una diócesis que no tenía ninguna intención de pisar.

Dios no podía permitir que los enemigos de Castilla se saliesen con la suya:  ¡la reina de Portugal estaba embarazadaEl 23 de agosto de 1.498 la infanta Isabel dio a luz un hijo varón. Había cumplido con su deber y tras el parto fue al encuentro del único esposo que debería haber aceptado...


Con su madre muerta, nada ni nadie podría apartar al niño de su abuela Isabel: éste habría de crecer en Castilla pues era su heredero y una pieza fundamental para mantener en pie el mecanismo que ella y su esposo habían puesto en pie.


El niño era débil y sólo su frágil existencia separaba a la infanta Juana y a su esposo Felipe de los tronos de Castilla y Aragón.

ISABEL (XXII): la defensa de Castlla y Aragón exige alianzas y sacrificios

Satander, 26 de junio de 2.016

La muerte de Juan II de Portugal el 25 de octubre de 1.495 precipitó la subida al trono de su sobrino, Manuel (Iván Hermes), quien se convirtió en el primer rey de una nueva dinastía. Estaba dispuesto a cumplir con la alianza propuesta por los reyes de Castilla y Aragón contrayendo matrimonio con una de sus hijas pero no deseaba hacerlo con la joven María, como estaba dispuesto, sino con su hermana mayor, la infanta Isabel (María Cantuel), pues su edad -más propicia para la maternidad-, y el amor que sus vasallos aún sentían por ella, le permitirían afianzar su reinado uniendo a todos en torno a la corona.


Isabel había estado casada con el infante Alfonso de Portugal, primo del actual rey. Conoció el amor pero enviudó pronto. A punto estuvo de convertirse en monja pero, cumpliendo los deseos de sus padres, renunció a tomar los votos y ahora, si Manuel se compromete a expulsar a los judíos de su reino, aceptará su propuesta.

Mientras tanto, Juana (Irene Escolar) había de partir hacia Flandes para reunirse con Felipe (Raúl Mérida).


Lo hizo en agosto de 1.496 a bordo de una carraca genovesa que zarpó desde el puerto de Laredo junto a otros diecinueve buques de guerra y varios navíos mercantes, una flota con la que los reyes de Castilla y Aragón pretendían mostrar al archiduque el espledor de sus coronas. La joven Juana temía verse sóla y lejos de todo aquello que le importaba. Se preguntaba si su esposo la querría, pero el amor no era lo más importante en un matrimonio como el suyo. Cuando conoció al que habría de convertirse en su marido se dejó engatusar por sus lisonjas y agasajos: rozó la felicidad con la punta de los dedos y enloqueció de amor.



"El amor no es un río que se encauza sino un mar embravecido que nadie puede domar"

Poco tiempo después la archiduquesa Margarita de Hasburgo (Úrsula Corberó) deshizo el camino emprendido por la infanta Juana. Viajó a Castilla para conocer al príncipe Juan (Adrián Lamana) y convertirse en esposa del heredero de dos reinos. La ceremonia fue oficiada por el arzobispo Cisneros en la Capilla de Santa Ana de la Catedral de Burgos en abril de 1.497.



El heredero de Castilla y Aragón se entregó a su esposa con el fervor de un enamorado pero no tardó en enfermar: murió el 4 de octubre de 1.497. Lo hizo pensando que dejaba un heredero pero poco tiempo después su esposa Margarita perdió el hijo que llevaba en su vientre, desvaneciéndose así la garantía de continuidad que la Corona necesitaba...

ISABEL (XX): ¡la Liga Santa es un hecho!

Santander, 26 de junio de 2.016

La lucha en Italia era desigual: no sería fácil defender al papa del acecho francés. Sin aliados sería difícil detener el avance del rey Carlos y contener su voracidad...

Isabel y Fernando sabían que Francia era la corona más poderosa de Europa y su enemigo natural. Tratar de frenar sus aspiraciones en el Mediterráneo podría consumir sus reinados... Castilla y Aragón no podrían contener por sí sólos a tan poderoso adversario: ¡necesitaban aliados! Sería sangre de su sangre la que les permitiría garantizar el dominio de sus reinos en Europa.


Isabel tenía derecho a sentir como una madre, aunque debía decidir como una reina. Muy distinta hubiese sido la vida de sus hijos de no haber nacido del vientre de una reina, pero el bien de la corona estaba por encima de todos ellos: estaban destinados a sellar y fortalecer las relaciones de Castilla y Aragón con sus aliados y para ello Isabel y Fernando formalizarían compromisos matrimoniales con los herederos de sus casas reales de manera que su familia se extendiese por las principales cortes europeas.

Inglaterra ya había sido invadida en el pasado y miraba con recelo al francés: la boda de la pequeña Catalina con el Príncipe de Gales garantizaría a los ingleses el respaldo de Castilla y Aragón y a Isabel y Fernando les permitiría asegurar el noroeste.
Conseguir un acuerdo similar con el emperador Maximiliano les permitiría cercar a los franceses por los cuatro costados: el príncipe Juan se casaría con Margarita de Austria -hija del emperador-, y la infanta Juana lo haría con el archiduque Felipe -duque de Borgoña y heredero del sacro imperio-, forjando así un doble compromiso que convertiría a los Hasburgo en sus más fieles aliados.
Afianzando la paz con Portugal evitarían tener un enemigo a la espalda: el heredero a su trono se casaría con la infanta María.

Entre todos garantizarían el auxilio del Papa, amenazado por el turco y por el rey Carlos, y empujarían al francés hacia sus fronteras. Sus hijos serían la argamasa que mantendría unida su alianza. ¡La Liga Santa era un hecho!

lunes, 23 de junio de 2014

ISABEL (XI): ¡siempre juntos!

Mogro, 8 de junio de 2.014

Alfonso V, rey de Portugal, cruza la frontera y se atrinchera con su joven esposa tras las murallas de Toro. El rey Fernando parte desde Segovia, al mando de sus tropas, para hacer frente a los rebeldes. Sabe que la lealtad de Asturias y Vizcaya es incuestionable pero Castilla, Andalucía y Galicia estarán divididas y no se puede contar con el apoyo del reino de Aragón mientras persista su conflicto con los catalanes. Por contra, el ejército francés atravesará los Pirineos para ponerse al servicio de los portugueses y arrinconar a las tropas castellanas.
Haciendo gala de prudencia y un alto sentido de la responsabilidad, el rey opta por retirarse sin entrar en combate.

Isabel, dolida e indignada, ordena alancear a los primeros caballos que lleguen a las murallas de Segovia. Si sus hombres hubiesen luchado, puede que hubiesen regresado derrotados, pero lo habrían hecho con honra y ella misma les habría recibido. ¡Que todos sepan como recibe Castilla a los cobardes!

Los celos se ocultan detrás de su enojo. El heredero que ella llevaba en su vientre era un varón: nació muerto mientras su esposo volvía humillado y con una hija en Aragón.
Tal vez no pueda perdonar al hombre que le ama pero sí al rey; sólo juntos podrán salvar su reino. Fernando moriría con tal de poner Castilla a sus pies: ese fue el único objetivo que guió sus decisiones.


Amparándose en la Divina Providencia, Roma les ha vuelto la espalda y sólo el dinero de los judíos y de la castellana orden de San Jerónimo permitirá financiar su causa.
Los adeptos a ella continuarán atacando las villas enemigas situadas en la frontera portuguesa mientras las plazas que sufren el desgobierno de los rebeldes (Trujillo, Madrid, Toledo...) se convertirán en realengos si alzan los pendones legítimos de Castilla, y en Cádiz, Sevilla y Palos se concederán patentes de corso para atacar a los barcos portugueses en ultramar.

Pese a todo Burgos ha tomado partido por Juana. Si los franceses se reúnen allí con las tropas de Alfonso, Isabel y Fernando estarán atrapados entre éstos y los nobles andaluces, liderados por Pacheco.
Burgos es la cabeza de Castilla y recuperarla es la única opción: las tropas castellanas sitian la ciudad y, con la ayuda del Señor, consiguen hacerla suya antes de que llegue el ejército portugués.


La reina entra en la ciudad para que todos le juren lealtad y obediencia mientras, aprovechando que las tropas del prudente Alfonso se han retirado a Arévalo, Fernando marcha hacia Zamora. Los franceses siguen sin llegar: los portugueses están solos y sus tropas regresan a Portugal.

Tras tres años de disputas las batallas van quedando atrás pero es preciso afianzar la victoria, reclamar las fortalezas que aún no han sido entregadas a la corona y recuperar el control de cada villa.
La victoria está próxima pero, del mismo modo que la corona de Aragón no dudó en pactar con los nobles catalanes para ponerles de su lado, Isabel deba mostrarse clemente con aquellos que intentaron acabar con ella. Un rey debe ser querido, no temido por sus súbditos. 

Hace meses que el rey de Portugal viajó a Francia para tratar de asegurarse su apoyo y reanudar con fuerza la conquista de Castilla pero Fernando piensa que quizás una oferta generosa pueda garantizar que el rey Luis no intervenga a su favor...
Se traslada a Aragón para convencer a su padre de que a cambio de la neutralidad francesa ofrezca el cese de sus incursiones en el Rosellón y la Cerdaña, renunciando a los intereses de su reino con tal de pacificar el de su esposa.
Después viaja a Sevilla, donde, tras haber apaciguado Extremadura, se ha instalado Isabel. En el sur, los nobles dicen serle fieles pero no están dispuestos a perder lo que creen suyo y se baten en luchas fratricidas sin atender a su pueblo. Sevilla es Castilla y Castilla es justicia: Isabel atenderá a sus ciudadanos.
Juntos de nuevo, encuentran tiempo para cumplir con sus obligaciones como reyes y engendrar un heredero.

Como rey, Fernando firmó con Francia una paz que habría de reforzar la posición de Castilla en su lucha con Portugal. Como hijo, le prometió a su padre, en su lecho de muerte, recuperar para Aragón los territorios del Rosellón y la Cerdaña.


En 1.479, en Zaragoza, Fernando, rey de Aragón, de Valencia, de Mallorca, de Sicilia, de Cerdeña y conde de Barcelona, juró defender los fueros y privilegios de sus reinos y, con la ayuda de Dios, velar por la seguridad de todos los que en ellos habitaban.

La prolongada ausencia de Alfonso V amenazaba con dejar el reino de Portugal a merced de sus enemigos, por lo que su hijo Juan pretendía proclamarse rey de Portugal.
El monarca hubo de regresar a la península sin conseguir el compromiso de Francia y se encontró con la revocación de la bula que legitimaba su boda y por tanto su guerra con Castilla. Todos le habían vuelto la espalda pero él estaba dispuesto a demostrarle a los castellanos que podía invadir su reino cuando gustase.
El 24 de febrero de 1.479 las tropas de Portugal fueron derrotadas; mientras el rey libraba su guerra, su hijo y sus partidarios preparaban la paz...


Beatriz de Braganza, tía de Isabel, se reúne con ella para negociar las condiciones: se recuperarán las fronteras previas a la disputa pero no habrá indemnizaciones, Castilla respetará el monopolio de las rutas de Guinea y Portugal no discutirá sus derechos sobre las Islas Canarias, y los matrimonios del hijo del príncipe Juan con la pequeña Isabel y de Juana con el heredero de las coronas de Castilla y Aragón ratificarán el acuerdo. 
A Isabel le tocó llorar como madre lo que tuvo que decidir como reina: su hija deberá vivir en Portugal hasta que se lleve a cabo su boda y a cambio, para celebrar sus esponsales, doña Juana habrá de esperar hasta que el príncipe cumpla los catorce años; hasta entonces habrá de vivir apartada, a cuidado de tercera persona, y llegado el momento el príncipe podrá decidir libremente liberarle de su compromiso. Ella tendrá más de treinta años entonces y ningún príncipe estará dispuesto a desposarla, así que no tendrá hijos que puedan reclamar un día su derecho al trono de Castilla.


Derrotada y abandonada por todos, Juana optó por pronunciar los votos e ingresar en un convento de monjas clarisas.
La guerra había terminado.