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domingo, 26 de junio de 2016

ISABEL (XIX): Castilla mira hacia el oeste y Aragón lo hace hacia el Mediterráneo

Santander, 26 de junio de 2.016

Tras la caída de Granada, Cardenas viajó a Francia en nombre del rey de Aragón para exigirle al rey Carlos VIII la devolución de los condados catalanes. El francés aceptó, pero impusó una condición: Aragón debería abstenerse de intervenir en Italia. Su objetivo último era hacerse con la corona de Nápoles y dominar el Mediterráneo para la cristiandad, disputándoselo a los turcos, pero sabía que no debía menospreciar al aragonés... A Fernando sólo parecían importarle los condados del Rosellón y la Cerdeña, pues había dejado en manos francesas Saboya y el Milanesado, pero el norte de Italia quedaba lejos de Sicilia, cuya corona ostentaba. No sucedía lo mismo con Nápoles...


Los reyes de Castilla sabían que era su deber hacer que la paz que tanto les había costado conseguir perdurase. En 1.493 Isabel y Fernando partieron hacia Barcelona para firmar un tratado con Francia de enorme importancia para la corona de Aragón en virtud del cual se comprometían a no intervenir en los asuntos del rey Carlos con otros reinos siempre que éste respetase sus fronteras, reservándose, eso sí, el derecho a repeler cualquier invasión de los Estados Pontificios.


Aragón recuperaría los condados del Rosellón y la Cerdeña pero a cambio Francia debería aprobar las clausulas matrimoniales que ellos estableciesen con otros reinos, lo que convertiría a sus hijos en vasallos del rey Carlos y les impediría establecer alianzas que favoreciesen el aislamiento del francés.
El pacto se firmó porque Fernando estaba convencido de que se habría roto antes de que sus hijos tuviesen edad para casarse, pues la intención de los franceses era apoderarse de Nápoles con su beneplácito, pero no podrían hacerlo sin pasar antes por los Estados Pontificios.

En 1.495 el papa Alejandro VI escribía a don Fernando. Las fuerzas francesas habían entrado en Roma y el papa suplicaba auxilio a la corona de Aragón:
Mientras ésta escribo, Carlos de Francia avanza imparable y con formas de tirano por tierras italianas. Acaba de ser coronado en Florencia. Allí, fruto de su despotismo y desvarío, ha quemado libros, joyas y muchos cuadros. Proclama ser el único garante de la fe en Italia. Sin duda está en su ánimo deponerme al llegar a Roma. Os solicito la ayuda que prometisteis para defender los Estados Pontificios, pilar de la cristiandad.

La armada, comandada por Gonzalo de Córdoba, partió desde Alicante y Cartagena hacia la capital pontificia, y la guarnición siciliana se interpuso en el avance del rey francés. Como compensación por el auxilio prestado, el papa hubo de conceder a Castilla los derechos sobre las tierras de ultramar, aunque exigió que a cambio las tribus conquistadas fuesen abatidas y reducidas a la fe católica procurando la salvación eterna de los salvajes.

Portugal negó la validez de la bula papal y el rey Juan II prometió apresar o hundir cualquier navío castellano o aragonés que atravesase sus aguas, asegurando que la expedición de Colón que había partido de Cádiz no regresaría jamás a la península.
Con la armada en aguas del Mediterráneo un enfrentamiento armado con Portugal era inviable. Claudicar no era una opción, pero si Castilla y Aragón no podían permitirse otra guerra tendrían que negociar y llegar a un acuerdo al margen de la bula papal...

El 7 de junio de 1.494 los reyes de Castilla y Portugal se reunieron en Tordesillas para firmar un tratado en virtud del cual se repartirían el Atlántico: dejando de lado el tratado de Alcazobas, Castilla podría navegar por debajo del paralelo de Las Canarias y la nueva franja que habría de dividir los derechos de ambos países se situaría trescientas setenta leguas al oeste de Cabo Verde y las Azores, aunque Melilla y Kazaja, pequeños enclaves estratégicos para controlar el Mediterráneo, seguirían siendo castellanos. 



La expedición de Cristobal Colón podría regresar a Castilla y en el futuro Portugal no pondría obstáculos a otras aventuras semejantes.

miércoles, 9 de julio de 2014

ISABEL (XV): la paz de Castilla condenó a los judíos

Mogro, 8 de junio de 2.014

Los judíos vivían desde hacía siglos en los reinos de Castilla y Aragón pero su condición era distinta a la de otros súbditos: jurídicamente no formaban parte del reino, tan solo eran moradores de sus tierras, un pueblo aparte al que se le permitía vivir en sus territorios. Su lealtad a la corona estaba fuera de toda duda y sus préstamos habían financiado muchas de sus empresas pero de otros reinos de Europa habían sido expulsados ya y al amparo de una sóla fe Isabel y Fernando podrían alcanzar la unidad que tanto anhelaban.
Señalarlos y confinarlos en las aljamas no había servido de nada: el odio hacia los judíos estaba más vivo que nunca. Su expulsión sería beneficiosa para la paz de Castilla y les proporcionaría el favor de Roma, ahora que pretendían quedarse con parte de los fondos derivados de la bula papal destinada a la lucha con el infiel.


El 31 de marzo de 1.492, unos meses después de conquistar Granada, se ordenó salir a todos los judíos que no abrazasen la fe cristiana de los reinos de Castilla y Aragón, sin que tornasen jamás ni regresasen a ellos amenazándoles con que, si lo hicieran, incurrirían en pena de muerte sin otro proceso, sentencia ni declaración.
Solo mediante el pago de importantes cantidades algunos de ellos pudieron permanecer en Castilla o, cuando menos, abandonarla en mejores condiciones. El resto tuvieron que abandonar sus hogares...

ISABEL (XIV): complace más la gloria cuando se ha sufrido mucho para alcanzarla

Mogro, 8 de junio de 2.014

Derrotados los partidarios de la Beltraneja y asegurada la estabilidad de la corona castellana Isabel y Fernando se trasladan al sur de la península dispuestos a completar la reconquista y expulsar al infiel.

Isabel de Solís (Nani Jiménez) era una joven noble sevillana. Fue capturada por las huestes de Muley Hacén (Roberto Enríquez), emir de Granada, para convertirla en esclava pero se convirtió en poco tiempo en su mayor apoyo y en la estrella que habría de guiar sus pasos: ella fue su Zoraida...




Él le convirtió en su esposa; ella abrazó su fe y juró que sus hijos respetarían los preceptos del Corán y serían educados según las enseñanzas del Profeta. El moro nombró sucesor suyo al hijo que ella esperaba e hizo venir desde Málaga a su hermano, el Zagal (Javier Mora) para que, si algo le sucediese, cuidase y educase a su sucesor y reinase en su lugar hasta que éste alcanzase la edad adecuada para hacerlo por si mismo.

Muley Hacén había provocado a los cristianos negándose a pagar sus tributos a Castilla y ahora pretendía entregar su trono al hijo de una infiel.



Su primera esposa, Aixa (Alicia Borrachero), madre de Boabdil (Álex Martínez) ya no gozaba de su favor y, humillada, le acusó de ofender a su pueblo, al profeta Mahoma y a su dios Alá.
El destino de Boabdil se hallaba escrito en las estrellas. En 1.482, coaccionado por su madre, recurrió al clan de los Abencerrajes para traicionar a su padre y liberar Granada de los escorpiones que la tiranizaban.

El nuevo emir ofreció la paz a Isabel y Fernando. Nuestros reyes sabían que una tregua les permitiría rearmarse pero ese era también el objetivo del moro: traer tropas de África y terminar con la división de los propios nazaríes reagrupando a todos sus contendientes bajo su mando. Concluyeron que sería más productivo alimentar la discordia y empujarles a una guerra fratricida que terminará con la destrucción de sus reinos.




En 1.485, tras la muerte Muley Hacén, su hermano acudió a Málaga para defender la ciudad del asedio castellano, momento que aprovechó Boabdil para tomar la Alhambra y aunar voluntades mientras las huestes de su tío y los ejércitos cristianos se desgastaban en Levante. Pretendía tener a su lado a todo el ejército del Islam, presto para defender su reino cuando Isabel y Fernando exigiesen la entrega de Granada.




Cientos de infieles procedentes de las plazas conquistadas se habían refugiado en Granada con ansías de revancha: no aceptarían vivir bajo las leyes de Castilla y no iban a entregar la ciudad sin luchar. 

En enero de 1.491 las tropas castellanas comenzaron un asedio que estaban dispuestas a prolongar hasta que los infieles no tuvieran nada que llevarse a la boca y Boabdil se arrastrase hasta Isabel suplicando clemencia. Sacrificarían todos sus animales y arrasarían todas sus cosechas sin descanso, hasta que el hambre se apoderase de sus calles y de sus estómagos; talarían sus vides, envenenarían sus pozos y salarían sus campos hasta que sus gargantas se secasen y no pudieran emitir lamentos ni llantos.
La flota aragonesa impidió que las naves turcas desembarcasen en la península y, mientras sus enemigos agonizaban, las tropas de Castilla permanecieron firmes y erigieron un nuevo campamento en la vega de Granada que habría de convertirse en una nueva ciudad a la que llamaron Santa Fe y que sería recordada durante siglos por su determinación en la lucha contra los infieles.



En 1.492 Boabdil pactó la entrega de Granada a los cristianos: la guerra estaba perdida pero Aisha pretendía prolongar la lucha mientras uno sólo de los suyos siguiese con vida. Pretendía hacer arder la Alhambra y la ciudad entera con los cristianos dentro y su propio hijo hubo de encerrarla en su alcoba antes de enviar una misiva a los reyes de Castilla.


Yo, Boabdil, emir de Granada, en mi nombre, en el nombre de los nobles y en el de todo el común de la ciudad, hago entrega a sus Altezas, o a la persona que mandaren, con amor, paz y buena voluntad verdadera, de la fortaleza de la Alhambra y de la ciudad de Granada, su albaicín y sus arrabales, para que las ocupen en su nombre, con su gente y a su voluntad, y que siendo entregadas las fortalezas, bajo su amparo, dejaren a sus gentes en sus casas, haciendas y heredades para siempre jamás, respetaren sus mezquitas y no les perturbaren en sus costumbres, ni en sus leyes, ni en sus escuelas donde enseñan a sus niños, ni en su religión.

El 2 de enero de 1.492 Boabdil entregó las llaves de su ciudad a los reyes de Castilla. Granada era ya cristiana...


Largos años de guerra habían sido necesarios para que su reino pudiese celebrar su victoria sobre el infiel. No hubiera sido posible sin la determinación y la fe de todos los castellanos y sin el sacrificio de aquellos que entregaron sus vidas por Dios y por Castilla. Complace más la gloria cuando se ha sufrido mucho para alcanzarla.

lunes, 7 de julio de 2014

ISABEL (XIII): Aragón también existe...

Mogro, 8 de junio de 2.014

Los celos y las infidelidades habían separado a Isabel y Fernando, instalados cada uno en su respectivo reino. Entre ellos sólo había distancia y silencio, pero ambos sabían distinguir entre las cuestiones de estado y sus desavenencias personales. El príncipe Juan debía ser proclamado heredero de la corona de Aragón y su madre, la reina de Castilla, debía asistir a la ceremonia: Isabel se trasladó hasta allí con su séquito y su esposo la recibió en la frontera de sus dos reinos.





En 1.484, nobles, caballeros, hidalgos y prelados, representantes todos de las Cortes Aragonesas, fueron convocados por Fernando II de Aragón, con plena consciencia y entera responsabilidad, para proponer a su hijo como sucesor a su corona, convirtiéndose así en su legítimo heredero. Nadie se opuso y, en su nombre, juró, hasta que él mismo pudiese refrendarlo, guardar lealtad y fidelidad a los fueros de su reino.



Isabel se había trasladado hasta Aragón para asegurar el futuro de su hijo, pero también para conocer mejor a su esposo y todo lo que allí le rodea: a Aldonza y al resto de sus hijos.




La paz había vuelto a su matrimonio. Para entonces ya había nacido Juana y la reina volvía a estar embarazada.
Meses después nacieron dos gemelos: un niño y una niña. El parto fue complicado. El varón murió y la vida de Isabel corrió serio peligro, pero sobrevivió.


No debería de haberse vuelto a quedar embarazada pero lo hizo. Tres años después aún dio a luz otra niña. Fue la última. Cinco eran los infantes: Isabel, Juan, Juana, María y Catalina. Ni ellos, ni su esposo Fernando, ni Castilla podían arriesgarse a perderla.


En 1.455, Alfonso, rey de Aragón y Sicilia, había dictado un mandato por el que quedaban abolidos los malos usos señoriales.
Hasta entonces, en Cataluña, los nobles no habían respetado aquellas disposiciones y seguían abusando de los remensas; el rey Fernando pretendía obligarles a acatar las leyes de Aragón.
La guerra santa que Castilla se disponía a librar en el sur de la península le obligó, sin embargo, a derogar la abolición con el fin de recuperar el favor de los nobles, organizar levas en Cataluña y disponer de sus ejércitos para luchar por la cristiandad contra el invasor musulmán, demostrando en la batalla su lealtad a la corona y su fe en Cristo, nuestro Señor.


La guerra contra el infiel estaba minando las arcas castellanas y aragonesas. Se habían subido sisas y alcabalas, y se había pedido préstamos a los nobles a cambio de futuras recompensas, pero no era suficiente.
El imperio turco amenazaba Europa y Castilla era el muro que podía contenerlo. Ese fue el argumento que Isabel y Fernando esgrimieron para pedirle al Papa que les concediese una Bula de Cruzada que permitiese a sus súbditos ver sus pecados perdonados a cambio de un donativo para la guerra, y que quienes no pudieran pagar obtuviesen la misma gracia si se unían a sus huestes. Además, la décima parte de las rentas eclesiásticas de Castilla, Aragón y Sicilia habrían de financiar la contienda, aunque un tercio del impuesto sería destinado a la lucha de Roma con el otomano, y el tribunal de la Santa Inquisición aceleraría los procesos pendientes para poder disponer de los bienes incautados a los herejes.

Entre tanto, en Francia, el rey Luis ha muerto. En su lecho de muerte ordenó devolver los condados del Rosellón y la Cerdaña a la corona de Aragón pero la regente no tiene intención de cumplir su última voluntad.
Fernando está legitimado para reclamar los condados pero, enfrascado en la guerra con el infiel, no dispone de hombres suficientes para luchar en otros frentes. Antes o después los recuperará y cumplirá el empeño de su padre para que por fin pueda descansar en paz, pero ésa será una guerra que de momento tendrá que esperar...
La bula papal hace que la aportación de los nobles catalanes ya no sea imprescindible. Libre de obrar sin su respaldo y amparado por el Papa, Fernando instaura en Aragón una Inquisición similar a la de Castilla, con fray Tomás de Torquemada como Inquisidor General, y escucha las peticiones de los remesas concediéndoles licencia para reunirse libremente y permitiendo, e incluso favoreciendo, su levantamiento contra los nobles para que éstos acudan a él suplicándole ayuda.
Con la victoria al alcance de su mano, no pudo convencer a los campesinos de que dejasen de luchar y aceptasen negociar. Él rey no podía consentir el triunfo de una revuelta popular: capturó y condenó a Pere Joan Sala, líder de los remensas, y reunió a éstos con los nobles para comunicarles la sentencia que habría de poner fin a su disputa, prohibiendo los malos usos señoriales en su reino y fijando el precio de redención que a partir de entonces habría de pagar un campesino para romper las ataduras que le ligaban a su señor.

martes, 24 de junio de 2014

ISABEL (XII): el catecismo y la inquisición fortalecieron la fe y la corona

Mogro, 8 de junio de 2.014

Cuando Isabel se convirtió en reina rehusó poner su alma en manos de un clérigo que incumpliese sus votos y le pidió al cardenal Mendoza, fiel consejero y padre de tres hijos, que contactase con Fray Hernando de Talavera (Lluís Soler) para que se convirtiese en su confesor; prior del Monasterio de Santa María del Prado (Valladolid), se trataba de un hombre temeroso de Dios, austero y consagrado a la vida espiritual


Los judíos siempre fueron fieles a la corona: sus banqueros financiaron su causa y sus físicos sanaron el vientre de la reina permitiéndole engendrar un nuevo heredero.


Isabel, sin embargo, prestó oído a los castellanos viejos tratando de descubrir la causa de donde surgía su inquina contra quienes moraban las aljamas. Con el fin de pacificar las plazas conquistadas, dejándose guiar por la razón e ignorando a su conciencia, durante las Cortes de Madrigal de 1.476 la reina eliminó varios de los privilegios de que disponían los judíos, estipulando que, a partir de entonces, deberían someterse a tribunales de justicia ordinaria, se limitarían los intereses de los contratos de crédito a un treinta por ciento dejando de ser necesaria la presencia de un testigo judío para la firma y bastando con dos testigos cristianos, se les prohibiría vestir terciopelos, brocados y adornos de oro y plata e irían marcados con una rodera bermeja en la ropa que facilitaría su identificación allá donde estuviesen


Fray Hernando sabe que es cierto que se judaiza, como afirma el dominico Alonso de Ojeda, pero muchos lo hacen por costumbre: sin intención. Es preciso poner coto a los extravíos de la fe pero el castigo sería injusto: más vale educarles y purificar sus creencias. 
Su consejo agrada a Isabel, pero mientras él les catequiza la corona decide aislarles en sus propios barrios para garantizar su protección y apaciguar los ánimos.

En Roma consideran a Castilla una amenaza para la cristiandad: frontera con los infieles, refugio de judíos y cuna de falsos confersos...
Isabel confía en la misión evangelizadora encomendada a fray Hernando pero su Santidad no entiende sus reticencias a instaurar el Santo Tribunal de la Inquisición del que hacen uso otros reinos vecinos. 
Ella y su esposo Fernando son reyes por la gracia de Dios. La fe inspira sus decisiones, lo que hace que la herejía se convierta en un problema de estado ya que el hereje escapa a su autoridad. Los dos están de acuerdo en esto pero ambos se resisten a darle más poder a la Iglesia: ellos han de ser quienes nombren a los inquisidores y respondan de sus actos y la corona ha de ser la que lleve las riendas del Santo Tribunal, mermando el poder de abades, obispos y arzobispos. Evangelizarán con una mano y perseguirán al hereje con la otra; habrá judíos y conversos que les den la espalda, pero tendrán el apoyo de Roma y el catecismo fortalecerá la fe de su pueblo al mismo tiempo que la inquisición fortalecerá la corona.

Hace tiempo que los judíos viven apartados: son los falsos cristianos los que amenazan la fe verdadera. Sus chanzas y mofas ofenden a la corona por lo que Isabel y Fernando agilizan los trámites para constituir un tribunal que habrá de iniciar su labor en Sevilla, diócesis del Cardenal Mendoza.
Lo primero ha de ser nombrar a un Inquisidor General que actúe en nombre de ellos: un clérigo sin ambiciones mundanas, austero, devoto, de voluntad inquebrantable, dispuesto a luchar sin desmayo contra la herejía pero piadoso y capaz de perdonar.


El dominico fray Tomás de Torquemada (Manel Dueso) fue nombrado Inquisidor General del reino para combatir la herejía, permitiendo a los inocentes demostrar su inocencia y aplicando a los culpables su merecido castigo, pero no habrá condenas a muerte en Castilla: quienes por propia voluntad confiesen sus pecados ante el tribunal y demuestren arrepentimiento obtendrán el perdón. Aquellos que sean condenados serán desposeídos de sus propiedades y todo cristiano que conozca o sospeche de alguien que judaíce deberá denunciarlo sin temor a sufrir ningún tipo de perjuicio.


Proliferan las denuncias falsas, fruto del rencor y la avaricia, y en los calabozos de la Inquisición no cabe ni una aguja. Los conversos se ven obligados a abandonar Castilla y con ellos se llevan su prosperidad.

lunes, 23 de junio de 2014

ISABEL (XI): ¡siempre juntos!

Mogro, 8 de junio de 2.014

Alfonso V, rey de Portugal, cruza la frontera y se atrinchera con su joven esposa tras las murallas de Toro. El rey Fernando parte desde Segovia, al mando de sus tropas, para hacer frente a los rebeldes. Sabe que la lealtad de Asturias y Vizcaya es incuestionable pero Castilla, Andalucía y Galicia estarán divididas y no se puede contar con el apoyo del reino de Aragón mientras persista su conflicto con los catalanes. Por contra, el ejército francés atravesará los Pirineos para ponerse al servicio de los portugueses y arrinconar a las tropas castellanas.
Haciendo gala de prudencia y un alto sentido de la responsabilidad, el rey opta por retirarse sin entrar en combate.

Isabel, dolida e indignada, ordena alancear a los primeros caballos que lleguen a las murallas de Segovia. Si sus hombres hubiesen luchado, puede que hubiesen regresado derrotados, pero lo habrían hecho con honra y ella misma les habría recibido. ¡Que todos sepan como recibe Castilla a los cobardes!

Los celos se ocultan detrás de su enojo. El heredero que ella llevaba en su vientre era un varón: nació muerto mientras su esposo volvía humillado y con una hija en Aragón.
Tal vez no pueda perdonar al hombre que le ama pero sí al rey; sólo juntos podrán salvar su reino. Fernando moriría con tal de poner Castilla a sus pies: ese fue el único objetivo que guió sus decisiones.


Amparándose en la Divina Providencia, Roma les ha vuelto la espalda y sólo el dinero de los judíos y de la castellana orden de San Jerónimo permitirá financiar su causa.
Los adeptos a ella continuarán atacando las villas enemigas situadas en la frontera portuguesa mientras las plazas que sufren el desgobierno de los rebeldes (Trujillo, Madrid, Toledo...) se convertirán en realengos si alzan los pendones legítimos de Castilla, y en Cádiz, Sevilla y Palos se concederán patentes de corso para atacar a los barcos portugueses en ultramar.

Pese a todo Burgos ha tomado partido por Juana. Si los franceses se reúnen allí con las tropas de Alfonso, Isabel y Fernando estarán atrapados entre éstos y los nobles andaluces, liderados por Pacheco.
Burgos es la cabeza de Castilla y recuperarla es la única opción: las tropas castellanas sitian la ciudad y, con la ayuda del Señor, consiguen hacerla suya antes de que llegue el ejército portugués.


La reina entra en la ciudad para que todos le juren lealtad y obediencia mientras, aprovechando que las tropas del prudente Alfonso se han retirado a Arévalo, Fernando marcha hacia Zamora. Los franceses siguen sin llegar: los portugueses están solos y sus tropas regresan a Portugal.

Tras tres años de disputas las batallas van quedando atrás pero es preciso afianzar la victoria, reclamar las fortalezas que aún no han sido entregadas a la corona y recuperar el control de cada villa.
La victoria está próxima pero, del mismo modo que la corona de Aragón no dudó en pactar con los nobles catalanes para ponerles de su lado, Isabel deba mostrarse clemente con aquellos que intentaron acabar con ella. Un rey debe ser querido, no temido por sus súbditos. 

Hace meses que el rey de Portugal viajó a Francia para tratar de asegurarse su apoyo y reanudar con fuerza la conquista de Castilla pero Fernando piensa que quizás una oferta generosa pueda garantizar que el rey Luis no intervenga a su favor...
Se traslada a Aragón para convencer a su padre de que a cambio de la neutralidad francesa ofrezca el cese de sus incursiones en el Rosellón y la Cerdaña, renunciando a los intereses de su reino con tal de pacificar el de su esposa.
Después viaja a Sevilla, donde, tras haber apaciguado Extremadura, se ha instalado Isabel. En el sur, los nobles dicen serle fieles pero no están dispuestos a perder lo que creen suyo y se baten en luchas fratricidas sin atender a su pueblo. Sevilla es Castilla y Castilla es justicia: Isabel atenderá a sus ciudadanos.
Juntos de nuevo, encuentran tiempo para cumplir con sus obligaciones como reyes y engendrar un heredero.

Como rey, Fernando firmó con Francia una paz que habría de reforzar la posición de Castilla en su lucha con Portugal. Como hijo, le prometió a su padre, en su lecho de muerte, recuperar para Aragón los territorios del Rosellón y la Cerdaña.


En 1.479, en Zaragoza, Fernando, rey de Aragón, de Valencia, de Mallorca, de Sicilia, de Cerdeña y conde de Barcelona, juró defender los fueros y privilegios de sus reinos y, con la ayuda de Dios, velar por la seguridad de todos los que en ellos habitaban.

La prolongada ausencia de Alfonso V amenazaba con dejar el reino de Portugal a merced de sus enemigos, por lo que su hijo Juan pretendía proclamarse rey de Portugal.
El monarca hubo de regresar a la península sin conseguir el compromiso de Francia y se encontró con la revocación de la bula que legitimaba su boda y por tanto su guerra con Castilla. Todos le habían vuelto la espalda pero él estaba dispuesto a demostrarle a los castellanos que podía invadir su reino cuando gustase.
El 24 de febrero de 1.479 las tropas de Portugal fueron derrotadas; mientras el rey libraba su guerra, su hijo y sus partidarios preparaban la paz...


Beatriz de Braganza, tía de Isabel, se reúne con ella para negociar las condiciones: se recuperarán las fronteras previas a la disputa pero no habrá indemnizaciones, Castilla respetará el monopolio de las rutas de Guinea y Portugal no discutirá sus derechos sobre las Islas Canarias, y los matrimonios del hijo del príncipe Juan con la pequeña Isabel y de Juana con el heredero de las coronas de Castilla y Aragón ratificarán el acuerdo. 
A Isabel le tocó llorar como madre lo que tuvo que decidir como reina: su hija deberá vivir en Portugal hasta que se lleve a cabo su boda y a cambio, para celebrar sus esponsales, doña Juana habrá de esperar hasta que el príncipe cumpla los catorce años; hasta entonces habrá de vivir apartada, a cuidado de tercera persona, y llegado el momento el príncipe podrá decidir libremente liberarle de su compromiso. Ella tendrá más de treinta años entonces y ningún príncipe estará dispuesto a desposarla, así que no tendrá hijos que puedan reclamar un día su derecho al trono de Castilla.


Derrotada y abandonada por todos, Juana optó por pronunciar los votos e ingresar en un convento de monjas clarisas.
La guerra había terminado. 

sábado, 14 de junio de 2014

ISABEL (X): ¡en Castilla solo hay una reina!

Mogro, 8 de junio de 2.014

Castellanos, sabed que vuestro rey Enrique, queridísimo hermano mío, murió pocos días ha en la ciudad de Madrid.
Yo, Isabel, he sido reconocida por las autoridades y ciudadanos de Segovia como su Reina y Señora, natural, legítima y universal heredera. Por la presente os ordeno: alzad pendones por mí y reconocedme así como vuestra Reina y Señora natural. Regidores y señores, venid desde todos los rincones de mi reino a Segovia y juradme obediencia como vuestra única soberana.
Yo, la reina.

Tras la muerta del rey Enrique IV una junta debía haber decidido quien era su sucesora pero Isabel sabía que, si hubiese esperado, Castilla habría entrado en crisis ante la ausencia de poder.
Los Mendoza reprocharon a Isabel que no guardase las formas y le recordaron que habría quien le acusesase de haberse hecho con la corona de una forma injusta; ella no dudaba de su palabra pero les hizo ver que si era cierto que iba a ser elegida reina en esa junta, coronándose no había hecho nada más que evitarles a todos ellos perder el tiempo.

Aragón y Castilla se necesitan mutuamente: unos para defenderse de los franceses y otros para hacer frente a los partidarios de Juana. Sin embargo, Isabel no esperó a Fernando para proclamarse reina: actúa como si ella sola se bastase para gobernar...


El 15 de enero de 1.475, con el fin de demostrarle a su esposo su buena voluntad y su máximo respeto, la reina Isabel firmó la Concordia de Segovia y le concedió ciertos beneficios de los que ella nunca podría disponer en Aragón: podrá imponer justicia en tierra de Castilla, aunque siempre que la reina no esté conforme con su sentencia podrá corregirla, recibirá el trato de rey, aunque la propiedad del reino le corresponda a ella, las monedas y los sellos lucirán los nombres de ambos dos siendo el del rey el primero y quedando las armas de la reina delante, ella tendrá potestad para elegir en Castilla los gobernadores y los cargos que gestionarán su reino y para recabar los impuestos que ella sola administrará pero todo acto de poder será en nombre de ambos y el sello que lo rubrique será uno sólo.


El amor pudo más que el orgullo: ambos aprenderán a convivir cada uno con la grandeza del otro.
Isabel sabe que les esperan tiempos difíciles y que no será fácil eludir una guerra: si quiere un trono tendrá que pelear por él. Negociará con quien haga falta para evitar que más hombres mueran en el campo de batalla, pero no será débil y, si sus adversarios quieren guerra, la tendrán, porque todos en el reino tienen que tener algo muy claro: ella es la reina de Castilla y sólo Dios podrá apartarla de su trono.

El arzobispo Carrillo y Don Diego Pacheco, Marques de Villena, apoyan la causa de doña Juana de Avis y juntos le piden al rey Alfonso V de Portugal apoyó militar para defender los derechos de la infanta Juana (Carmen Sánchez).
Portugal es un reino que mira al océano pero al que, de repente, se le abren las puertas de Castilla: ésta nunca dejará que sea un extranjero quien corone a su reina pero lo hará si el rey Alfonso toma por esposa a su sobrina ya que, en ese caso, su incursión no será la de un extranjero sino la de un rey que reclama el trono para su esposa, la legítima heredera...


El 25 de mayo de 1.475, en Plasencia, sin esperar la concesión de la bula papal, el rey Alfonso V de Portugal contrajo matrimonio con Juana de Castilla.
Fueron sus consejeros quienes guiaron la mano de la muchacha cuando ésta se autoproclamó reina de Castilla y acusó a su tía Isabel de ser una usurpadora pero fue ella quien, al separarse de su madre por última vez, le prometió cumplir con sus obligaciones como legítima heredera del rey de Castilla.
¡La guerra está servida!

jueves, 6 de marzo de 2014

ISABEL (IX): ella es la reina de Castilla y sólo Dios podrá apartarla de su trono

Mogro, 30 de mayo de 2.013

El príncipe Fernando se desplaza de nuevo a Aragón, reclamado por su padre que confía en que su presencia calme a los nobles catalanes. Han sido vencidos pero es preciso negociar con ellos y ayudarles a reconstruir lo arrasado por la guerra para que vean que se preocupan por ellos, les reconozcan como reyes y se conviertan en sus aliados cuando los franceses vuelvan a atacar.

Mientras, en Castilla el horizonte clarea: cada vez son más las ciudades leales al rey que están descontentas con él y, tras la visita del cardenal Rodrigo Borja, los Mendoza parecen estar abiertos al diálogo.
Ignorando los consejos de Pacheco, el rey Enrique IV planea reunirse con su hermana. Isabel parte hacia Segovia sin esperar el regreso de su esposo: ¡ella sóla se basta y se sobra!
Se aloja en el Alcázar, donde la reciben su amiga Beatriz de Bobadilla y su esposo, Andrés Cabrera, tesorero real.

El rey parece feliz por haber recuperado a su hermana. Conoce a Fernando, que ha regresado de Aragón para reunirse con su esposa, y junto a ellos pasea por las calles de Segovia: el pueblo les quiere.
Sin embargo pospone una y otra vez las conversaciones referentes a la sucesión de la corona. Le preocupa el futuro de su hija Juana, cuyo matrimonio con el duque de Guyena fue anulado después de que el rey de Francia tuviese un hijo varón, pero Diego de Mendoza le convence de que Isabel y Fernando son la mejor opción para el futuro de Castilla y de que no dudarán en comprometerse a celebrar la boda de su sobrina con alguien de alcurnia que preserve su futuro y su rango.

Bajo esta premisa, el rey pretendía ratificar los Pactos de Guisando pero la repentina muerte de Juan Pacheco le empuja a abandonar Segovia y retirarse a Madrid. Necesita estar sólo y llorar...


Diego de Mendoza tiene plenos poderes para seguir negociando y redactar un documento que a su vuelta firmará pero los franceses han vuelto a entrar en Cataluña y Fernando se ve obligado a viajar a Aragón de nuevo.

Enrique recuerda a su amigo Juan...
Ser rey es complicado, y a veces no se puede tener contento a todo el mundo, pero le hubiese gustado arreglar sus disputas. 
Está enfermo y cada día parece más débil.
Año 1.474: Enrique IV muere sólo, harto de intrigas, consejos y palabras, convencido de que no merece la pena ser rey.
Que buen rey hubiese sido si alguna vez hubiese querido serlo...


Diego Pacheco (Javier Rey), hijo de Juan Pacheco, sostiene que el rey le dijo que su heredera natural sería su hija Juana pero no hay ningún documento escrito que de fe de ello. Diego de Mendoza decreta una semana de luto tras la cual se convocará una junta en Segovia que decida quien hereda la corona, pero mientras tanto nadie debe dar un paso en falso. Es preciso proceder pensando en el futuro de Castilla y en acabar con las rencillas que la mancillaron durante los últimos años. 

Dos jinetes parten presto hacia Segovia para comunicar la noticia a Isabel.
La infanta no esperará más: se acabó el tener paciencia, ya ha tenido bastante. Como hermana legítima y heredera universal que es por lo Pactos de Guisando, se proclama su sucesora y, sin esperar a Fernando, el comendador, jueces y regidores son convocados para asistir a su proclamación como reina. Su esposo lo entenderá pero si no lo hace aprenderá algo muy importante: el mandará en Aragón, pero quien manda en Castilla es ella.

Con Gonzalo Chacón a su lado, el 13 de diciembre de 1.474 Isabel sale del Alcázar para ser proclamada reina de Castilla en la iglesia de San Miguel.



Por el camino ha perdido muchas cosas: su infancia junto a su madre, a su hermano y a Carrillo que, pese a su ambición, tantas cosas buenas hizo por ella, pero no se arrepiente de nada. Al contrario, todo ello le hace más fuerte porque es consciente de que si titubea todas esas pérdidas no habrán servido para nada. Ha vivido para conseguir un objetivo: quiere ser reina y debe serlo, aunque eso suponga hacer y pensar cosas que su corazón critica.


Jura guardar y proteger a sus súbditos, obedecer los mandamientos de la Santa Madre Iglesia y mirar por el bien común de sus reinos unificándolos, pacificándolos, y tratando de acrecentarlos con todas sus fuerzas, y los nobles, caballeros y clérigos allí presentes juran servirla como reina...



¡¡¡VIVA ISABEL!!!







ISABEL (VIII): los Mendoza son la llave para gobernar Castilla

Mogro, 30 de mayo de 2.013

El papa ha muerto: se atragantó con un trozo de fruta...
El nuevo pontífice es franciscano, genovés, muy pío y generoso con los suyos. Emprenderá una nueva cruzada y no fue elegido por unanimidad: Sixto IV necesitará apoyos...
Juan II envía a Peralta a Roma con el objetivo de conseguir la bula para Isabel y Fernando y el apoyo del papa para que ambos gobiernen en Castilla. El sumo pontífice responde enviando a la península al cardenal Rodrigo Borja para que elija a un cardenal castellano que ocupe su lugar en el colegio cardenalicio. Hablará con ambas partes y eligirá al candidato que más les interese en función de cual sea la princesa que más les interese...

Fernando a Valencia para recibir al enviado de su Santidad y antes pasa por Aragón. Isabel se enerva: sabe que, durante su anterior visita, su esposo conoció a Alfonso, hijo ilegítimo que engendró con Aldonza de Iborra (Blanca Espino), una noble catalana de Cervera con la que el príncipe retozaba antes de casarse. Los celos la consumen... Su matrimonio hace aguas pero ella sabrá distinguir entre la esposa y la princesa.



Monseñor Mendoza (Andrés Herrera), arzobispo de Sigüenza, es el candidato elegido por el rey de Castilla. Él, o el arzobispo de Toledo, será nombrado cardenal.
Fernando 'traiciona' a Carrillo y se muestra discreto durante su encuentro con el representante del papa. Destaca las virtudes de los Mendoza, pese a luchar en su contra, y valora su lealtad a la corona en un reino donde todos cambian de bando por interés. Hay dos Castillas: una antigua, anquilosada en las viejas formas, y una nueva que quiere deshacerse de ellas. Rodrigo Borja habrá de decidir quien pertenece a cada una de ellas...


El enviado del papa se traslada a Segovia primero y a Alcalá de Henares después. Se reúne con unos y otros y conoce de primera mano la firme intención de Isabel de reconquistar Granada cuando sea reina. Ella eligió a su esposo porque quería unir Castilla y Aragón y construir los cimientos de un estado unido, fuerte y crisitano: ¡ésos son sus planes!


Rodrigo Borja regresa a Roma pero antes entrega a Carrillo la ansiada bula y visita Buitrago: don Pedro de Mendoza será cardenal. El príncipe Fernando fue su principal valedor y el papa confía en que en el futuro de Castilla no quepan los rencores y en que las alianzas de los Mendoza sean las correctas.
Pacheco y Carrillo han caído: éste ha de ser el principio de una nueva era.