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sábado, 13 de agosto de 2016

LA CORONA PARTIDA: para ser un buen rey no es necesario ser un buen padre.

Santander, 11 de agosto de 2.016

Los reyes y las reinas no son dueños de sus vidas, y mucho menos de lo que la historia diga de ellos...


Isabel ha muerto...
Fernando pena, como lo hacen también los productores de una serie de televisión que han exprimido durante tres temporadas. Los responsables de Diagonal TV tuvieron el acierto de abrir un melón que les ha proporcionado un rotundo éxito y no están dispuestos a quedarse de brazos cruzados mientras los restos de la reina reposan en Granada. Las desventuras del pequeño Carlos les permitirán seguir explotando la gallina de los huevos de oro, pero antes deben de conducirle hasta el trono...

"La Corona partida" es una película dirigida por Jordi Frades, estrenada en las salas de cine hace solo unos meses pero hecha para la televisión, que pone de manifiesto la lucha de poder establecida entre don Fernando y Felipe 'el Hermoso' tras la muerte de Isabel para hacerse con la corona de Castilla antes de la llegada al trono de su nieto Carlos.


Castilla se viste de negro y afronta una triste partida de ajedrez. No han sido pocos los reinos que han sucumbido tras la muerte de sus reyes pero Isabel (Michelle Jenner) lo ha dejado todo bien dispuesto. Las cancillerías envían sus condolencias y celebran que todo siga su curso en el reino, pero no hay noticias de Flandes. Cuanto más postergue el archiduque Felipe (Raúl Mérida) el regreso de doña Juana (Irene Escolar) a Castilla, más tiempo concederá a Fernando (Rodolfo Sancho) para afianzar su gobernanza...

Muchas son las discrepancias que separan al cardenal Cisneros (Eusebio Poncela) y al rey de Aragón, pero la memoria de Isabel y el deseo de que el poder permanezca en manos de la Corona les mantiene unidos. Los nobles de Castilla desean desalojar al aragonés, pero el testamento de la difunta reina dispone que se le entregue a él su corona en caso de que su su hija no pueda, o no quiera gobernar...

La pobre Juana se convierte en un juguete roto zarandeado por su padre y por su esposo, quienes, sin importarles lo que ella siente, no hacen otra cosa que disputarse una corona que no pertenece a ninguno de los dos.
Mientras don Fernando hace pasar por loca a su hija ante las Cortes de Castilla, en Flandes, de forma precipitada, siguiendo el ejemplo de su suegra, el archiduque Felipe se autoproclama rey consorte de Castilla...


Fernando  se sentía débil y aislado. Con el fin de apaciguar el ánimo de los nobles, el aragonés reclamó la presencia en Castilla de su reina legítima. Estaba dispuesto a cumplir la voluntad de Isabel y permitir que su nieto Carlos gobernase en Castilla, pero sentía la necesidad de salvaguardar su legado y poner las coronas de Aragón, Nápoles y Sicilia a salvo de extranjeros.
Tras largos años guerreando llegó a un acuerdo con el rey Luis XII de Francia que beneficiaba a ambas partes. Él se convertiría en árbitro de todo lo que acaeciese en Italia, pero a cambio habría de casarse con la sobrina del francés, Germana de Foix (Silvia Alonso), una mujer prudente que supo respetar el inmenso amor que había sentido por Isabel. Si ésta le daba un hijo, Carlos no heredaría la corona de Aragón y los reinos de España volverían a estar enfrentados: ¡el legado de Isabel se tambalea!


Los archiduques arribaron a La Coruña, y no a Laredo, como estaba previsto. Fernando salió a su encuentro sin dar nada por perdido. Tanto él como su yerno ansiaban la gobernanza de Castilla pero una corona partida abriría la puerta al desgobierno y no deseaba tamaño desastre para su reino. Renunció al trono de Castilla y regresó a Aragón a cambio de conservar los maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara, y asegurarse una renta de diez millones de maravedíes al año y la mitad de los ingresos procedentes de Las Indias, pero se negó a firmar un documento que incapacitase a su hija Juana para gobernar.
El 12 de julio de 1.506, en Valladolid, las Cortes de Castilla reconocieron y aceptaron a doña Juana como su legítima reina pero ella rehusó tal responsabilidad. Entonces, los nobles nombraron a su esposo rey propietario de sus reinos y reconocieron a su hijo Carlos como su legítimo heredero.


El reinado de Felipe fue breve. Apenas un par de meses después, en Burgos, el 25 de septiembre de ese mismo año, moría en estrachas circunstancias. ¿Envenenado? ¿Quién sabe? Pudiera ser...
Su corazón fue llevado a Flandes para que reposase al lado de su madre mientras doña Juana encabezaba la tenebrosa comitiva que trasladó el cuerpo del rey de Castilla hasta Granada, donde deseaba ser sepultado.


Fue un viaje largo durante el cual la reina se refugió en el culto al cadáver de su esposo muerto para evitar tener que tomar decisiones relativas al gobierno de su reino.


El príncipe Carlos era aún muy niño y Castilla no podía quedar en manos de una loca. La regencia sería la única solución y al cardenal Cisneros le sobraba prestigio y autoridad para gobernar: ¡él era el candidato perfecto! Su lealtad a Castilla siempre estuvo por encima de todo. Si aceptó tal responsabilidad solo fue para allanar el regreso de don Fernando, pues otro que no fuera él -después de Dios-, no sería capaz de poner remedio a tan grandísima desventura...

El aragonés era consciente de que su hija era un estorbo. Le obedecería, pero no confiaba en él pues temía que privase a su hijo de su herencia. Asentado en Castilla de nuevo, Fernando se vio en la necesidad de tomar una decisión definitiva y lo hizo: confinó a Juana en el palacio real de Tordesillas, confiando en que algún día sus hijos fuesen tan buenos reyes como lo fueron sus abuelos.


El aragonés murió en Madrigalejo (Cáceres) el 23 de enero de 1.516, pero antes de hacerlo aún tuvo tiempo de asentarse en Flandes, doblegar a los grandes de Castilla y arrebatar Navarra al francés. Más hubiera hecho de no haber sido por la enfermedad y su obsesión por procrear: quiso romper la promesa que un día le hizo a Isabel pero Dios no lo consintió...

miércoles, 9 de julio de 2014

ISABEL (XV): la paz de Castilla condenó a los judíos

Mogro, 8 de junio de 2.014

Los judíos vivían desde hacía siglos en los reinos de Castilla y Aragón pero su condición era distinta a la de otros súbditos: jurídicamente no formaban parte del reino, tan solo eran moradores de sus tierras, un pueblo aparte al que se le permitía vivir en sus territorios. Su lealtad a la corona estaba fuera de toda duda y sus préstamos habían financiado muchas de sus empresas pero de otros reinos de Europa habían sido expulsados ya y al amparo de una sóla fe Isabel y Fernando podrían alcanzar la unidad que tanto anhelaban.
Señalarlos y confinarlos en las aljamas no había servido de nada: el odio hacia los judíos estaba más vivo que nunca. Su expulsión sería beneficiosa para la paz de Castilla y les proporcionaría el favor de Roma, ahora que pretendían quedarse con parte de los fondos derivados de la bula papal destinada a la lucha con el infiel.


El 31 de marzo de 1.492, unos meses después de conquistar Granada, se ordenó salir a todos los judíos que no abrazasen la fe cristiana de los reinos de Castilla y Aragón, sin que tornasen jamás ni regresasen a ellos amenazándoles con que, si lo hicieran, incurrirían en pena de muerte sin otro proceso, sentencia ni declaración.
Solo mediante el pago de importantes cantidades algunos de ellos pudieron permanecer en Castilla o, cuando menos, abandonarla en mejores condiciones. El resto tuvieron que abandonar sus hogares...

martes, 24 de junio de 2014

ISABEL (XII): el catecismo y la inquisición fortalecieron la fe y la corona

Mogro, 8 de junio de 2.014

Cuando Isabel se convirtió en reina rehusó poner su alma en manos de un clérigo que incumpliese sus votos y le pidió al cardenal Mendoza, fiel consejero y padre de tres hijos, que contactase con Fray Hernando de Talavera (Lluís Soler) para que se convirtiese en su confesor; prior del Monasterio de Santa María del Prado (Valladolid), se trataba de un hombre temeroso de Dios, austero y consagrado a la vida espiritual


Los judíos siempre fueron fieles a la corona: sus banqueros financiaron su causa y sus físicos sanaron el vientre de la reina permitiéndole engendrar un nuevo heredero.


Isabel, sin embargo, prestó oído a los castellanos viejos tratando de descubrir la causa de donde surgía su inquina contra quienes moraban las aljamas. Con el fin de pacificar las plazas conquistadas, dejándose guiar por la razón e ignorando a su conciencia, durante las Cortes de Madrigal de 1.476 la reina eliminó varios de los privilegios de que disponían los judíos, estipulando que, a partir de entonces, deberían someterse a tribunales de justicia ordinaria, se limitarían los intereses de los contratos de crédito a un treinta por ciento dejando de ser necesaria la presencia de un testigo judío para la firma y bastando con dos testigos cristianos, se les prohibiría vestir terciopelos, brocados y adornos de oro y plata e irían marcados con una rodera bermeja en la ropa que facilitaría su identificación allá donde estuviesen


Fray Hernando sabe que es cierto que se judaiza, como afirma el dominico Alonso de Ojeda, pero muchos lo hacen por costumbre: sin intención. Es preciso poner coto a los extravíos de la fe pero el castigo sería injusto: más vale educarles y purificar sus creencias. 
Su consejo agrada a Isabel, pero mientras él les catequiza la corona decide aislarles en sus propios barrios para garantizar su protección y apaciguar los ánimos.

En Roma consideran a Castilla una amenaza para la cristiandad: frontera con los infieles, refugio de judíos y cuna de falsos confersos...
Isabel confía en la misión evangelizadora encomendada a fray Hernando pero su Santidad no entiende sus reticencias a instaurar el Santo Tribunal de la Inquisición del que hacen uso otros reinos vecinos. 
Ella y su esposo Fernando son reyes por la gracia de Dios. La fe inspira sus decisiones, lo que hace que la herejía se convierta en un problema de estado ya que el hereje escapa a su autoridad. Los dos están de acuerdo en esto pero ambos se resisten a darle más poder a la Iglesia: ellos han de ser quienes nombren a los inquisidores y respondan de sus actos y la corona ha de ser la que lleve las riendas del Santo Tribunal, mermando el poder de abades, obispos y arzobispos. Evangelizarán con una mano y perseguirán al hereje con la otra; habrá judíos y conversos que les den la espalda, pero tendrán el apoyo de Roma y el catecismo fortalecerá la fe de su pueblo al mismo tiempo que la inquisición fortalecerá la corona.

Hace tiempo que los judíos viven apartados: son los falsos cristianos los que amenazan la fe verdadera. Sus chanzas y mofas ofenden a la corona por lo que Isabel y Fernando agilizan los trámites para constituir un tribunal que habrá de iniciar su labor en Sevilla, diócesis del Cardenal Mendoza.
Lo primero ha de ser nombrar a un Inquisidor General que actúe en nombre de ellos: un clérigo sin ambiciones mundanas, austero, devoto, de voluntad inquebrantable, dispuesto a luchar sin desmayo contra la herejía pero piadoso y capaz de perdonar.


El dominico fray Tomás de Torquemada (Manel Dueso) fue nombrado Inquisidor General del reino para combatir la herejía, permitiendo a los inocentes demostrar su inocencia y aplicando a los culpables su merecido castigo, pero no habrá condenas a muerte en Castilla: quienes por propia voluntad confiesen sus pecados ante el tribunal y demuestren arrepentimiento obtendrán el perdón. Aquellos que sean condenados serán desposeídos de sus propiedades y todo cristiano que conozca o sospeche de alguien que judaíce deberá denunciarlo sin temor a sufrir ningún tipo de perjuicio.


Proliferan las denuncias falsas, fruto del rencor y la avaricia, y en los calabozos de la Inquisición no cabe ni una aguja. Los conversos se ven obligados a abandonar Castilla y con ellos se llevan su prosperidad.

jueves, 6 de marzo de 2014

ISABEL (IX): ella es la reina de Castilla y sólo Dios podrá apartarla de su trono

Mogro, 30 de mayo de 2.013

El príncipe Fernando se desplaza de nuevo a Aragón, reclamado por su padre que confía en que su presencia calme a los nobles catalanes. Han sido vencidos pero es preciso negociar con ellos y ayudarles a reconstruir lo arrasado por la guerra para que vean que se preocupan por ellos, les reconozcan como reyes y se conviertan en sus aliados cuando los franceses vuelvan a atacar.

Mientras, en Castilla el horizonte clarea: cada vez son más las ciudades leales al rey que están descontentas con él y, tras la visita del cardenal Rodrigo Borja, los Mendoza parecen estar abiertos al diálogo.
Ignorando los consejos de Pacheco, el rey Enrique IV planea reunirse con su hermana. Isabel parte hacia Segovia sin esperar el regreso de su esposo: ¡ella sóla se basta y se sobra!
Se aloja en el Alcázar, donde la reciben su amiga Beatriz de Bobadilla y su esposo, Andrés Cabrera, tesorero real.

El rey parece feliz por haber recuperado a su hermana. Conoce a Fernando, que ha regresado de Aragón para reunirse con su esposa, y junto a ellos pasea por las calles de Segovia: el pueblo les quiere.
Sin embargo pospone una y otra vez las conversaciones referentes a la sucesión de la corona. Le preocupa el futuro de su hija Juana, cuyo matrimonio con el duque de Guyena fue anulado después de que el rey de Francia tuviese un hijo varón, pero Diego de Mendoza le convence de que Isabel y Fernando son la mejor opción para el futuro de Castilla y de que no dudarán en comprometerse a celebrar la boda de su sobrina con alguien de alcurnia que preserve su futuro y su rango.

Bajo esta premisa, el rey pretendía ratificar los Pactos de Guisando pero la repentina muerte de Juan Pacheco le empuja a abandonar Segovia y retirarse a Madrid. Necesita estar sólo y llorar...


Diego de Mendoza tiene plenos poderes para seguir negociando y redactar un documento que a su vuelta firmará pero los franceses han vuelto a entrar en Cataluña y Fernando se ve obligado a viajar a Aragón de nuevo.

Enrique recuerda a su amigo Juan...
Ser rey es complicado, y a veces no se puede tener contento a todo el mundo, pero le hubiese gustado arreglar sus disputas. 
Está enfermo y cada día parece más débil.
Año 1.474: Enrique IV muere sólo, harto de intrigas, consejos y palabras, convencido de que no merece la pena ser rey.
Que buen rey hubiese sido si alguna vez hubiese querido serlo...


Diego Pacheco (Javier Rey), hijo de Juan Pacheco, sostiene que el rey le dijo que su heredera natural sería su hija Juana pero no hay ningún documento escrito que de fe de ello. Diego de Mendoza decreta una semana de luto tras la cual se convocará una junta en Segovia que decida quien hereda la corona, pero mientras tanto nadie debe dar un paso en falso. Es preciso proceder pensando en el futuro de Castilla y en acabar con las rencillas que la mancillaron durante los últimos años. 

Dos jinetes parten presto hacia Segovia para comunicar la noticia a Isabel.
La infanta no esperará más: se acabó el tener paciencia, ya ha tenido bastante. Como hermana legítima y heredera universal que es por lo Pactos de Guisando, se proclama su sucesora y, sin esperar a Fernando, el comendador, jueces y regidores son convocados para asistir a su proclamación como reina. Su esposo lo entenderá pero si no lo hace aprenderá algo muy importante: el mandará en Aragón, pero quien manda en Castilla es ella.

Con Gonzalo Chacón a su lado, el 13 de diciembre de 1.474 Isabel sale del Alcázar para ser proclamada reina de Castilla en la iglesia de San Miguel.



Por el camino ha perdido muchas cosas: su infancia junto a su madre, a su hermano y a Carrillo que, pese a su ambición, tantas cosas buenas hizo por ella, pero no se arrepiente de nada. Al contrario, todo ello le hace más fuerte porque es consciente de que si titubea todas esas pérdidas no habrán servido para nada. Ha vivido para conseguir un objetivo: quiere ser reina y debe serlo, aunque eso suponga hacer y pensar cosas que su corazón critica.


Jura guardar y proteger a sus súbditos, obedecer los mandamientos de la Santa Madre Iglesia y mirar por el bien común de sus reinos unificándolos, pacificándolos, y tratando de acrecentarlos con todas sus fuerzas, y los nobles, caballeros y clérigos allí presentes juran servirla como reina...



¡¡¡VIVA ISABEL!!!







ISABEL (VIII): los Mendoza son la llave para gobernar Castilla

Mogro, 30 de mayo de 2.013

El papa ha muerto: se atragantó con un trozo de fruta...
El nuevo pontífice es franciscano, genovés, muy pío y generoso con los suyos. Emprenderá una nueva cruzada y no fue elegido por unanimidad: Sixto IV necesitará apoyos...
Juan II envía a Peralta a Roma con el objetivo de conseguir la bula para Isabel y Fernando y el apoyo del papa para que ambos gobiernen en Castilla. El sumo pontífice responde enviando a la península al cardenal Rodrigo Borja para que elija a un cardenal castellano que ocupe su lugar en el colegio cardenalicio. Hablará con ambas partes y eligirá al candidato que más les interese en función de cual sea la princesa que más les interese...

Fernando a Valencia para recibir al enviado de su Santidad y antes pasa por Aragón. Isabel se enerva: sabe que, durante su anterior visita, su esposo conoció a Alfonso, hijo ilegítimo que engendró con Aldonza de Iborra (Blanca Espino), una noble catalana de Cervera con la que el príncipe retozaba antes de casarse. Los celos la consumen... Su matrimonio hace aguas pero ella sabrá distinguir entre la esposa y la princesa.



Monseñor Mendoza (Andrés Herrera), arzobispo de Sigüenza, es el candidato elegido por el rey de Castilla. Él, o el arzobispo de Toledo, será nombrado cardenal.
Fernando 'traiciona' a Carrillo y se muestra discreto durante su encuentro con el representante del papa. Destaca las virtudes de los Mendoza, pese a luchar en su contra, y valora su lealtad a la corona en un reino donde todos cambian de bando por interés. Hay dos Castillas: una antigua, anquilosada en las viejas formas, y una nueva que quiere deshacerse de ellas. Rodrigo Borja habrá de decidir quien pertenece a cada una de ellas...


El enviado del papa se traslada a Segovia primero y a Alcalá de Henares después. Se reúne con unos y otros y conoce de primera mano la firme intención de Isabel de reconquistar Granada cuando sea reina. Ella eligió a su esposo porque quería unir Castilla y Aragón y construir los cimientos de un estado unido, fuerte y crisitano: ¡ésos son sus planes!


Rodrigo Borja regresa a Roma pero antes entrega a Carrillo la ansiada bula y visita Buitrago: don Pedro de Mendoza será cardenal. El príncipe Fernando fue su principal valedor y el papa confía en que en el futuro de Castilla no quepan los rencores y en que las alianzas de los Mendoza sean las correctas.
Pacheco y Carrillo han caído: éste ha de ser el principio de una nueva era.

lunes, 3 de marzo de 2014

ISABEL (VII): las tornas están cambiando

Mogro, 30 de mayo de 2.013

Isabel está embarazada. Las campanas de Valladolid repican para que todo el mundo lo sepa.
¿Qué pasará si Isabel tiene un hijo varón? Juan II, rey de Aragón, y el arzobispo Carrillo pretenden pactar su matrimonio con doña Juana, aunque Isabel y Fernando no estén de acuerdo.
El ejército francés se está imponiendo al de Aragón sin necesidad de recurrir a la ayuda de Castilla. La confirmación de la fecha del matrimonio del conde de Guyena con la hija de Enrique no llega pero cuando en Francia vislumbran la posibilidad de una alianza entre los dos reinos peninsulares mandan una comitiva a Segovia.


La pequeña Juana dejó de ser una niña a los ocho años...
El cardenal Jofroi, en representación del rey de Francia, respaldó la legitimidad de la primogénita del rey de Castilla como heredera del trono y acusó a Isabel y Fernando de celebrar un matrimonio ilegal por ser primos y falsificar la bula papal que consentía diña unión.
Él fue quien casó a la pequeña y, concluída la ceremonia, Pacheco dio lectura a una declaración escrita del rey Enrique IV:
"Yo, Enrique de Trastámara, rey de Castilla por la gracia de Dios, visto el poco acatamiento y menos obediencia mostrados por mi hermana Isabel casándose sin mi consentimiento en contra de lo que la ley, los usos y los acuerdos firmados contemplan procedo mediante este Real Decreto a anular de manera irrevocable todos los acuerdos de Guisando. Por tanto, y por la presente, Isabel queda desheredada y oficialmente excluída de la sucesión a la Corona de Castilla"¡Doña Juana será reina!

Mientras, en Valladolid, nace una niña a la que bautizan con el nombre de Isabel, como su madre.




Las tropas de Pacheco se dirigen hacia allí.
No hay que combatir las batallas que es seguro que se van a perder: Isabel, Fernando y su hija se retiran a Medina de Rioseco, feudo de Enríquez, donde estarán protegidos.


El rey Enrique castiga a los nobles que juraron su apoyo a Isabel y a su hermano Alfonso durante la guerra civil con aumento de tributos y penas: ha anulado sus fueros a los nobles vascos e impuesto al duque de Haro como gobernador y los nobles asturianos, que siempre apoyaron sus intereses, puede que no estén en disposición de seguir haciéndolo pues temen que a ellos les pase lo mismo.
Su situación es comprometida pero Isabel y Fernando les ofrecen razones para que les sigan siendo leales prometiéndoles que ellos no permitirán que tierras que desde hace siglos se rigen por sus propias costumbres sean feudos de un rey que mira hacia el pasado: cuando ellos gobiernen, Castilla será la suma de sus regiones y no la anulación de las mismas.

Isabel y Fernando se parecen demasiado: a
mbos tienen mucho carácter y a los dos les gusta tener la última palabra, pero él nunca hará nada que no sea en beneficio de ella y de Castilla.
Aragón les envía el dinero y los soldados que prometió pero a cambio reclama la presencia de Fernando. Su padre, Juan II, pretende marchar a Cataluña para pactar la paz con Francia pero no quiere dejar a Aragón sin mando. Necesita a su hijo a su lado y, si Aragón le necesita, Fernando no puede quedarse de brazos cruzados.
Isabel teme perderle: siente celos y duda de su fidelidad, pero él le demostrará el amor que le tiene...

En Cataluña, Juan II firma la paz con los franceses y a Fernando le falta tiempo para marchar hacia Vasconia al frente de los soldados aragoneses que acaban de perder una guerra y enfrentarse al duque de Haro. Isabel no perderá el apoyo de los nobles vascos mientras él pueda evitarlo: ha cumplido con su padre y ahora cumplirá con su esposa...
Vence y regresa junto a Isabel. Han tomado la iniciativa y ha cambiado su suerte: las tornas están cambiando.



domingo, 2 de marzo de 2014

ISABEL (VI): la fortaleza de un hombre no se mide por las veces que cae sino por las que se levanta

Mogro, 30 de mayo de 2.013

Isabel y Fernando son primos. Su matrimonio no podrá llevarse a cabo sin el permiso de la iglesia. Necesitan que el Santo Padre les conceda una bula para poder casarse.
El arzobispo Carrillo y el resto de consejeros de Isabel le hicieron creer que el difunto Papa Pío II había concedido a Fernando, cuando éste aún era un niño, una bula que le permitía casarse con cualquier miembro de su familia; el Papa Paulo la daría por buena y monseñor Véneris la traería de Roma.
Lo cierto, sin embargo, es que, aunque dicho documento existe, el Papa murió antes de firmarlo. Isabel ha aceptado casarse con Fernando y Carrillo está dispuesto a negociar con Roma y sobornar a quien sea necesario con tal de que nadie pueda impedir que la boda se celebre.
Él y la corona de Aragón le ofrecen al pontífice apoyo financiero para sus cruzadas y el compromiso de expulsar definitivamente al infiel de la península a cambio de que firme la bula. Al papa le complace el matrimonio de dos príncipes como Isabel y Fernando pero no puede perder el favor de Castilla, aliado imprescindible para Roma, ni enemistarse con Francia y Portugal. Enrique espera sin hacer nada: confía en que la bula sea denegada y la boda de su hermana no pueda llevarse a cabo.
El papa Paulo se lava las manos...
Concede una dispensa papal, en secreto y de palabra, que para Isabel no es suficiente, pero Aragón y Castilla merecen un futuro mejor y ella y Fernando pueden dárselo. En ocasiones la grandeza del fin justifica la vileza de los medios: no importa que se desvíen un poco del camino porque al final llegarán a su destino. Su prometido logra convencerla. Se casarán amparados en una bula falsa pero tendrán hijos, reinarán y no recibirán órdenes de nadie.

Su boda se celebró el 19 de octubre de 1.969 en Valladolid, en la Sala Rica del Palacio de los Vivero, a la caída de la tarde. Don Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, fue quien les casó y por la noche se celebró un gran banquete con centenares de invitados entre los que hubo caballeros, dignidades y gente de todos los estados y profesiones.



Fue la boda de una princesa y un rey: se celebro sin escándalos y sin invitar a gentes extranjeras pero los festejos estuvieron a la altura de tal ocasión.


Pacheco siente que el rey le ha dado la espalda pero se avecina tormenta. Enrique no pensaba que su hermana fuese capaz de casarse sin la bula papal y su matrimonio le ha cogido con el paso cambiado: debía haber actuado antes pero no lo hizo...
El duque de Villena mueve sus hilos: propone casar a la pequeña Juana con el duque de Guyena, hermano del rey de Francia, y desheredar a Isabel por no haber respetado los Pactos de Guisando al casarse por su cuenta y sin bula. De este modo, la hija de Enrique se convertiría en la heredera de la Corona de Castilla...

El cardenal Yofroi viaja hasta Segovia con la intención de pactar las capitulaciones de su boda. El enlace se celebrará por poderes dentro de unos meses y la novia permanecerá en Castilla hasta completar la mayoría de edad, momento en el que se ratificará y consumará el matrimonio.

Mientras, Isabel, Fernando se ven obligados a pasar un crudo invierno confinados en Valladolid, sin víveres y sin dinero, esperando el apoyo de un ejército que no llegará ni desde Aragón ni desde Toledo, donde la Corona de Castilla ha confiscado los bienes del arzobispo Carrillo.


Los campos están yermos y el pueblo pasa hambre y padece. Quienes les vitoreaban cuando se casaron hace unos meses ahora no tienen un trozo de pan que llevarse a la boca. Quienes antes les seguían por amor ahora lo hacen por miedo.
Isabel está tranquila: el mundo se ha derrumbado a su alrededor muchas veces pero Dios siempre le ha echado una mano y esta vez, además de Dios, tiene a Fernando.

jueves, 27 de febrero de 2014

ISABEL (V): aguanta, que todo saldrá bien...

Mogro, 30 de mayo de 2.013

Mientras Enrique viaja al sur con el objetivo de reunirse con los nobles andaluces y exigirles el pago de sus impuestos, Isabel se traslada a Arévalo para visitar a su madre. Sin embargo, cuando el rey entregó la villa a los duques de Plasencia, éstos obligaron a doña Isabel a abandonar su castillo y ahora ella se encuentra en Madrigal de las Altas Torres.


La infanta sigue sus pasos y allí es donde le encuentra el Cardenal Jofroi, obispo de Albi, que encabeza la delegación francesa que pretende negociar las condiciones de su matrimonio con el duque de Guyena.
Ella se muestra esquiva y, tras su regreso de Andalucía. el rey emite una orden de detención contra su hermana. Es demasiado tarde: Don Gonzalo huye con ella...

Cuando murió el infante Don Alfonso, Don Gonzalo puso su espada al servicio de su hermana. Él era mucho más que un doncel que se hubiese quedado sin señor: sentía por Isabel el mismo aprecio que por su hermano, pero hay aprecios que se pueden confundir y afectos y distracciones que una Corona no se puede permitir.
Prefirió abandonar el séquito de la infanta y regresar al campo de batalla pero resultó gravemente herido y volvió junto a Isabel. Se recuperó y ella le nombró jefe de su guardia personal.


El respeto y el cariño les mantendrá unidos para siempre y, cuando llegué el día en que los sueños de Isabel se cumplan, él estará a su lado. El amor es una cuestión de estado: ella se casará con Fernando pero podrá seguir contando con él a su lado.


Juntos llegan a Valladolid, donde habrá de celebrarse su boda con Fernando. Isabel escribe a su hermano:
Muy alto príncipe y poderoso rey y señor,
sabéis que tras la muerte del rey Don Alfonso, hermano vuestro y mío, pude retener la corona que el obtuvo en vida pero por vos, el bien, la paz y el sosiego opté por respetaros como rey y ser la legítima sucesora y heredera. Sin embargo vuestra majestad quebrantó los pactos firmados en Guisando: dilató lo prometido y sin consultar conmigo quiso casarme con el rey de Portugal. Luego me prometió con el duque de Guyena, excelente y noble príncipe, pero que me alejaría de mi patria.
Consulté a grandes, prelados y caballeros, súbditos vuestros y servidores de Dios, con quién debía casar por el bien de Castilla, y todos loaron y aprobaron mi matrimonio con Fernando, príncipe de Aragón y rey de Sicilia, con quien tanto vos como yo compartimos estirpe y lazos.
Vuestra majestad dio orden de apresarme: mandó a los vecinos de Madrigal que me prendieran y por ello tuve que llegar a Valladolid con la ayuda del muy reverendo en Cristo don Alfonso Carrilo, arzobispo de Toledo.
Os suplico, rey y señor nuestro, cesen ya estos agravios. Por mi parte os aseguro que tanto yo como el rey de Sicilia os prometemos obediencia como nuestro señor.
Isabel

Las condiciones impuestas por Isabel para la celebración de su enlace con el príncipe de Aragón son treméndamente exigentes: Fernando habrá de vivir en Castilla, de donde no saldrá sin el consentimiento de su esposa y donde se llevará a cabo la educación de sus hijos, reconocerá a Enrique como Rey y la heredera al trono será ella y no él, a ella se le asignarán señoríos y rentas en Aragón pero él no podrá adueñarse de propiedades de la corona de Castilla ni hacer designaciones sin su consentimiento y, por último, todos los decretos serán firmados conjuntamente salvo los de carácter eclesiástico, que serán firmados solo por ella.
Isabel es una mujer de carácter. Aceptar sus condiciones no es fácil pero Aragón es un reino pobre y necesita a Castilla. Fernando se somete a sus estipulaciones pero advierte que todo contrato cambia con las circunstancias del día a día. Es rey e hijo de reyes y ninguna mujer va a decirle que es lo que tiene que hacer: ¡él no es un manso...!

Enrique ha reforzado las patrullas en todos los pasos entre Castilla y Aragón con el fin de impedir el encuentro de los dos prometidos pero el príncipe Fernando parte hacia Valladolid convertido en mozo de mulas de dos hombres de su confianza que se hacen pasar por comerciantes.


Burla a los hombres de Pacheco y cruza la frontera por el puerto de La Bigornia. Tras enfrentarse a las inclemencias del tiempo y a las pedradas de los salteadores de caminos llega a Burgo de Osma, villa afín a Carrillo, y escoltado por los hombres del arzobispo se dirige a Dueñas. Se desprende de su disfraz y viste ropajes acordes con su condición para trasladarse a Valladolid y asistir a la recepción en la que por fin conocerá a su futura esposa.

Isabel es poco más que una niña. Está preparada para ser reina pero le asusta convertirse en mujer. Le cuesta conciliar el sueño; le aterra pensar en sus deberes como esposa. Huye de la lujuria y se refugia en la oración.


Isabel y Fernando aprovechan los días previos a su boda para conocerse mejor. Se respetan y se admiran. Se parecen mucho: por sus venas corre la misma sangre y ambos debieron enfrentarse a sus hermanos mayores para defender los derechos que éstos pretendían usurparles. Compartirán intereses, desvelos y voluntades. Son conscientes de que tienen un deber que cumplir y un largo camino que recorrer pero lo harán juntos. Se gustan, se atraen y se desean. Llegarán a amarse y, si los celos no lo impiden, puede que hasta sean felices...


miércoles, 12 de febrero de 2014

ISABEL (IV): su causa es justa

Mogro, 30 de mayo de 2.013

Año 1.968: el reino de Aragón tiene muchos frentes abiertos.
Para soportar la presión de los franceses y sofocar las constantes revueltas acaecidas en Cataluña necesita tiempo y dinero. El rey Juan II (Jordi Banacolocha) comparte intereses, lazos familiares y fronteras con Castilla. La necesita como aliada...


Envía a Pedro Peralta (Ernesto Arias) a Segovia para negociar en secreto la boda de su hijo Fernando (Rodolfo Sancho), rey de Sicilia y príncipe de Aragón, con la hija de Juan Pacheco confiando en que éste sea capaz de conseguir de su rey la confirmación de que Castilla nunca se aliará con Francia y garantizar su apoyo militar en caso de necesidad.


Mientras, tras las negociaciones llevadas a cabo en Guisando, Isabel se instala en Ocaña y Enrique regresa a Segovia.
Él y Pacheco no tienen intención de respetar lo pactado y pretenden recuperar la confianza de los Mendoza garantizando el futuro de la princesa Juana y alejando a Isabel de Castilla.
Planean concertar el matrimonio de Alfonso V, rey de Portugal, con Isabel. Ella ya le despreció y humilló en una ocasión así que, para convencerle, le propondrán al mismo tiempo el matrimonio de su hijo Don Joao con la princesa doña Juana. De ese modo la pequeña se aseguraría la corona de Portugal y, si Isabel no tuviese hijos, ella o sus hijos se convertirían en los primeros reyes de Castilla y Portugal.
Enrique convoca las Cortes de Castilla pero no para votar la confirmación de Isabel como Princesa de Asturias sino su boda con el rey de Portugal. El matrimonio se aprueba y esta vez no será a Enrique al que estará desobeciendo si Isabel se niega a casarse sino al pueblo de Castilla al que tanto ama pero ella apela a los pactos de Guisando y rechaza a Don Alfonso.

Frustrado el matrimonio de Isabel con el rey de Portugal, los Mendoza exigen a Enrique seguir defiendo los intereses de la princesa Juana si no quiere que le vuelvan la espalda.
Don Diego le propone pactar con el rey de Francia el matrimonio de su hermano, el joven y desagraciado duque de Guyena, con Isabel, estableciendo así una alianza que asfixiaría al reino de Aragón y asegurándose de que, en el caso de que Isabel rechazase el matrimonio, la alianza se mantendría y las tropas de Castilla apoyarían a las francesas en su guerra con Aragón al mismo tiempo que el rey Luis XI enviaría soldados a Castilla para derrotar a las huestes de la infanta.

Pacheco pretende frustrar los planes de los Mendoza pero el rey de Aragón sabe que la unión de Francia con Castilla aplastaría a su pueblo.
Mueve ficha, y lo hace rápido y en silencio. Se adelanta a todos y propone que quien se case con la infanta Isabel sea el príncipe Fernando.



Isabel es una mujer rubia y de ojos azules -como son los Trastámara-, elegante pero modesta, austera, poco amiga de lujos y joyas, y muy cristiana y devota. Nunca habla por hablar, es muy consciente de  los deberes que por cuna le corresponden y es fuerte de carácter. Es una mujer excepcional.
Solo ella decidirá con quien compartirá su vida, las decisiones de palacio y las noches de alcoba. El hombre al que escoja ha de ser digno de ella y no sólo un buen rey, sino también un buen esposo y un buen padre. Ella nunca querrá a nadie que no sea él. Como esposa le obedecerá y como madre cuidará de sus hijos, pero como reina no rendirá obediencia a nadie.

Fernando es un hombre joven, sano, de buena presencia, ingenioso, templado y discreto, aunque poco virtuoso. Él será quien se convierta en su esposo y ella ansía conocerle.


Isabel es consciente de que rechazar al candidato propuesto por su hermano para casarse con Fernando acarreará muerte y dolor pero sabe también que siempre ha habido y habrá guerras, que lo importante es que la causa sea justa y que la suya lo es.

lunes, 10 de febrero de 2014

ISABEL (III): ella es el futuro de Castilla

Mogro, 30 de mayo de 2.013


Mientras Alfonso, Isabel y sus nobles se trasladan a Ávila, Pacheco, desde la sombra, le brinda a Enrique la posibilidad de recuperar Toledo sin necesidad de recurrir a las armas.

El joven rey es envenenado: arde, delira y muere...
Isabel es su heredera. El destino pone pruebas que hay que superar y responsabilidades que hay que asumir: portar la corona será la suya.
Gonzalo Chacón teme por la seguridad de la joven y hace viajar hasta Ávila a Gutiérrez de Cárdenas (Pere Ponce), sobrino de su esposa, buen negociador y experto en leyes, para convertirse en su sombra, sus ojos y sus manos, y ayudarle a proteger los intereses de la reina.




Isabel viste de negro y viaja a Arévalo para comunicarle a Doña Isabel la muerte de su hijo. Su madre desvaría y ella se resiste a abandonarla pero sabe que debe regresar a Ávila y asumir sus responsabilidades: hay obligaciones que están por encima del amor. El futuro de Castilla y de los castellanos está en sus manos: ése es su destino y está por encima de todo.

Los consejeros del rey Enrique pretenden que, aprovechando el desconcierto que la muerte de Alfonso ha originado en las tropas rebeldes, ataque a sus enemigos  pero él se niega a hacerlo y escribe a su hermana en los siguientes términos:
Estimada Isabel,
os hago saber que estando en la villa de Madrid me llegó la nueva de la muerte de nuestro hermano. Ruego a nuestro Señor que le guarde y proteja. Mi dolor es grande tanto por ser mi hermano como por morir en tan tierna e inocente edad. Suplico que por encima de nuestros desencuentros entendáis que mi dolor es tan grande como el vuestro y para que el pueblo de Castilla lo sepa esta carta ha sido enviada a todas sus villas y ciudades. He enviado este mensaje a todos los rincones para que todo castellano sepa que su anhelo de paz es el mío como me gustaría que fuera el vuestro.
Yo, el Rey.

Carrillo y Pacheco pretenden ignorar el ofrecimiento de paz de Enrique pero Isabel se muestra firme: será ella quien disponga el rumbo que tomará su causa y sus disposiciones habrán de respetarse hasta las últimas consecuencias.
Renunciará a la corona y negociará con su hermano. Castilla necesita paz y tranquilidad. Dejará que reine Enrique y cuando él muera ella heredará su corona.
Escribe a su hermano. Su caligrafía es clara y sabe muy bien lo que quiere decir:
Agradezco vuestra carta y creo que es momento de parar esta guerra que a nadie beneficia. Os respeto como Rey y juro no hacer nada contra vos. Si os pido una condición: que lleguemos a acuerdos para que los nobles no utilicen la corona como si fuera suya y no ellos sus fieles servidores...

Los nobles de uno y otro lado se resisten a aceptar la paz pero Enrique convoca a Isabel para negociar las condiciones de su carta y organiza un encuentro en Guisando con la mediación del Papa como testigo imparcial respetado por todos.

Mientras, en Alaejos, Pedro de Castilla (Alberto Berzal), sobrino de Monseñor Fonseca, hijo de María de Castilla, nieto de Catalina de Castilla y bisnieto de Pedro I de Castilla cuida de la reina Doña Juana. Es un bastardo con sangre de reyes en sus venas pero también la primera persona que la ha protegido desde que ella llegó a Castilla.
Añora a su hija y ansía volver junto a ella aunque eso suponga reencontrarse con su pasado y dejar atrás al único hombre que ha amado en su vida pero está embarazada y el rey la repudia.



Huye y busca la protección de los Mendoza que, junto a Beltrán de la Cueva, han abandonado la corte y renegado de las negociaciones de Guisando, y que aunque no aprueban la conducta indecente de la reina juran por su honor defender los derechos de la princesa Juana.

En septiembre de 1.468, junto a cuatro verracos de piedra, se encontraron Enrique e Isabel flanqueados por sus consejeros y escoltados por sus huestes y bajo la atenta mirada de Monseñor de Véneris que acudió en calidad de legado papal con poderes para perdonar todos los pecados y faltas cometidos por aquellos que participaron en la contienda garantizando su seguridad y su hacienda y que declaró anulados todos los juramentos de ambos bandos referidos a la sucesión de la corona.


La boda de Isabel es cuestión de estado y responsabilidad del rey pero no será él quien se acueste y tenga hijos con quien se convierta en su marido. No se casará con nadie que no sea de su agrado: el elegido habrá de ser de edad parecida a la suya para procrear hijos sanos, habrá de ser de sangre regia y en ningún caso el matrimonio supondrá que ella tenga que abandonar Castilla.
El embarazo de la reina Juana se convirtió en una importante baza con la que Isabel pudo negociar: Enrique tardó siete años en dejar embarazada a su esposa pero a ella le costó bien poco engendrar un hijo con otro hombre. Así le resultará muy difícil defender la paternidad de la princesa Juana y su legitimidad como heredera del trono, pero no será necesario mancillar su honor...


En Guisando se firmará un documento en el que se reconocerá que su matrimonio con su prima doña Juana de Avis era nulo debido a la falta de la preceptiva bula papal que lo autorizara y cuya ausencia hasta ahora Roma había ignorado merced a las cuantiosas donaciones que la Corona de Castilla había hecho para la lucha con los infieles. Si legalmente su matrimonio no existe legalmente su hija no puede ser su heredera: su honor y su hombría quedan a salvo de rumores...

Las negociaciones fueron arduas y tediosas y se prolongaron más de lo esperado pero el 18 de septiembre de 1.468 Isabel y Enrique firmaron unos acuerdos en los que constaba que ella sería Princesa de Asturias y como tal heredera directa del trono, que si entrase en guerra contra él quedaría desposeída de ese derecho y que sería él quien habría de proponerle un esposo pero que ella se casaría sólo con quien le placiese de entre quienes le propusiese porque nunca dejaría Castilla, así como que la reina Juana debería abandonar Castilla para volver a Portugal.
Todo ello debía ser refrendado en la Cortes de Castilla, que serían convocadas a la mayor brevedad posible...


domingo, 9 de febrero de 2014

ISABEL (II): hay responsabilidades que hay que asumir

Mogro, 30 de mayo de 2.013


La guerra está servida...
Durará lo que quieran los señores: el pueblo sólo puede esconderse y aguantar.
Las tropas de Enrique han perdido Ávila, Plasencia, Cáceres, Osma, Sevilla y toda la Andalucía cristiana. Aún cuentan con el apoyo de Buitrago, Cuellar, Ledesma... pero no es suficiente. Las arcas menguan cada día y la guerra está acabando con las cosechas, la lana y los hombres. Un rey deja de serlo cuando no tiene nada que ofrecer.
Enrique pretende que el Papa Paulo II obligue a los traidores a deponer las armas, despoje a Carrillo del arzobispado de Toledo y les excomulgue a todos. Monseñor Fonseca (Arturo Querejeta), arzobispo de Sevilla, viaja a Roma para trasladarle al Santo Padre la petición de su rey pero éste prefiere no ensuciarse las manos y opta por mantenerse neutral.

El bien de Castilla está por encima de todos y Enrique pactaría con el mismo diablo con tal de conseguir la paz. Sabe que Pacheco es el gozne que hace girar a sus rivales y Pedro Girón (César Vea), su hermano, el martillo con el que golpea sus tropas. Siempre se mueve por su por su propio beneficio y con él siempre hay un precio.
Le promete expulsar a Beltrán de la corte y reconocer a Alfonso como su legítimo heredero y le ofrece la oportunidad de emparentar con la familia real casando a su hermano con la infanta Isabel.
El marqués de Villena no duda en aceptar el trato. La pedida oficial se debería haber realizado en Ocaña y esa boda hubiese puesto fin a la guerra pero don Pedro Girón -señor de Belmonte, señor de Ureña y maestre de la Orden de Calatrava-, murió antes de llevarla a cabo.
Juan Pacheco y sus tropas vuelven a estar del lado de la Liga de Nobles. La guerra sigue su curso...


Año 1.467, ambos bandos se enfrentan en Olmedo: la batalla resulta crucial para el devenir de la guerra. Las tropas del rey Enrique son superiores pero éste, harto de tanta muerte, abandona el campo de batalla y se retira a Medina del Campo mientras el joven Alfonso proclama la victoria y marcha con su ejército hacia Segovia.
La ciudad es asediada. La reina Juana y su hija, protegidas por los hombres de Cabrera, se atrincheran en el Alcázar mientras Isabel permanece en su casa, a donde Alfonso acude a buscarla. Tienen muchas cosas de las que hablar: Pacheco no les gusta a ninguno de los dos pero gracias a él vuelven a estar juntos.


Los consejeros de Enrique pretenden que sus tropas reconquisten Segovia pero él no está dispuesto a poner en peligro las vidas de su mujer y su hija y prefiere negociar. Antonio de Véneris (Fernando Sansegundo), nuncio papal y embajador de Castilla en Roma, ejerce de mediador y acepta la petición de que doña Juana de Avis y su hija sean separadas la una de la otra y mantenidas en custodia para garantizar el cumplimiento de la tregua solicitada por Enrique: la reina se aloja en el palacio de Alaejos de monseñor Fonseca mientras la infanta doña Juana es trasladada junto a los Mendoza.

En Toledo los nobles han asesinado a conversos judíos mientras rezaban en las iglesias y se han apoderado de sus bienes sin permios del rey. Ellos fueron quienes tomaron la ciudad para Alfonos y ahora éste les castiga y encarcela; si no rectifica perderá la ciudad y tras ella quien sabe si la guerra...


Puede que en esta ocasión ser justo no sea la decisión correcta pero Alfonso ha dejado de ser un pelele: se niega a firmar el decreto que devolvería el poder a los nobles de Toledo. Pacheco pretende desobedecerle, contravenir sus órdenes y actuar a sus espaldas.
El joven Alfonso se ha convertido en un hombre y también en un obstáculo...