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sábado, 20 de agosto de 2016

NOCHES SABINERAS: envidamos con un farol al futuro

Torrelavega, 14 de agosto de 2016

Sin duda ésta iba a ser una noche apta solo para valientes...
Después de seis horas caminando por el monte le envidamos con un farol al futuro y nos dejamos arrastrar a un callejón sin salida. Nos dieron las diez y las once, las doce, la una... Compramos pastillas para volver a soñar y, convertidos en gatos sin dueño, probamos los licores del placer...

Torrelavega celebra la festividad de su patrona y, cinco años después, los chicos de Sabina vuelven al bulevar de los sueños rotos jpara burlarse del miedo dejando atrás antiguas fotos.


El 29 de junio de 2.006 Joaquín Sabina actuaba en el Palau Sant Jordi. Unos días antes, alguien había escuchado que los músicos de los Rolling Stones solían hacer unas jams muy especiales en las ciudades que visitaba la mítica banda; a raiz de aquello propuso a Pancho Varona que diera un concierto en el Zac Club de Barcelona, aprovechando la visita del cantante de Úbeda a la capital condal. Aquella llamada informal acabó convirtiéndose en un concierto programado con toda la banda de Sabina el 28 de junio de 2.006. Aquella noche fue en realidad la primera Noche Sabinera. De manera espontánea, músicos de Barcelona primero, y gente del público después, empezaron a desfilar por el escenario cantando las canciones de Joaquín sin orden ni fin en lo que se acabó convirtiendo en una noche mágica de sincero homenaje al cantautor.

Pancho Varona es el maestro de ceremonias, Antonio García de Diego el genio y Jaime Asúa, José Antonio Romer y Paco Beneyto los músicos que les escoltan. Mara Barros es la artista...
La 'perlita de Huelva', con faldas y a lo loco, convertida en una chica Almodóvar más: como Pepi, como Luci, como Boom..., sin pasión ni pecado, y un poquitín boba, baila con ellos su último cuplé mietras canta las canciones de Sabina como él nunca fue capaz de hacerlo.
Hoy faltaron artistas de renombre que se subieran con ellos al escenarios pero no valientes dispuestos a sellar con una canción su pacto entre caballeros y compartir un selfie con la cuadrilla de la muerte.


Diez años después, la vida sigue igual, aunque las cosas ya no son lo que eran...

lunes, 29 de febrero de 2016

Andalucía, Madrid y España entera quiere y respeta al maestro JOAQUÍN SABINA

Sevilla, 28 de febrero de 2.016


A sus sesenta y siete años recién cumplidos, Joaquín Sabina, que ya recibió la Medalla de Andalucía en 1.989, ha sido nombrado, junto al médico especialista en trasplantes Ángel Salvatierra, Hijo Predilecto de Andalucía. Él lo ha agradecido con estos versos:


Sesenta y siete tacos el día doce
de febrero cumplí con pocas ganas
de 'happy birthdays', de velas atroces,
pero esa tarde me llamó Susana.
"Presidenta", le dije, "no me tiente
con medallas impropias de un gualtrapa,
aunque si es de mi tierra y de mi gente
será un honor lucirla en la solapa."
Y eso que en estos tiempos de tribales
identidades antisolidorias
uno acepta encomiendas federales
si no son desiguales y gregarias.
Urge por eso, en tan inciertos días,
construir puentes, destruir barreras:
que sea verdiblanca la bandera
de la cultura, el pan y la alegría.
De Huelva y de Jaén eran mis padres;
mis 'troncos': andaluces sin fronteras.
Cuando la última copa me descuadre
regresaré a mi olivo y a mi higuera.
Jaén, Sevilla, Córdoba, Granada,
Málaga, Huelva, Cádiz, Almería:
duendes de la memoria enamorada,
mantras del corazón y la utopía.
"¡Que jeta! ¿Predilecto? ¡Que impostura!",
se burlan los espejos implacables.
"¿El cantautor o su caricatura?
¿El golfo?, ¿el trotamundos inestable?
¿el rojo con abono en la Maestranza?
¿el rockero que admira al Agujetas?
¿el ateo que espera a la Esperanza
de Triana soñando una saeta?"
"¿Qué cantan los poetas andaluces
de ahora?", preguntaba Rafael. "Caballero
Bonald, perito en luces,
de Argónida" le podéis responder.
Y mi compadre Luis García Montero
y Felipe Benítez, que en la Rota
de la OTAN fundó un invernadero
para plantar mis ripios y mis notas.
Y allí paso veranos exquisitos
al amor de la gente que más quiero,
rodeado de hermanos, primas, titos,
un doctor, un borracho, un alfarero.
En ningún otro sitio los gitanos
han echado raíces de Macondo
llenando el alcanfor de mis paisanos
de un milagro llamado cante jondo.
Y América Latina, tan mestiza
que sabe a ron y arcángeles paganos,
y esa Habana mulata tan castiza,
tan gaditana dijo Carlos Cano.
Regular, mire usted, tirando a mal
anda nuestra marchita economía,
pero en arte, delirios y osadía
no conozco un Parnaso tan frutal.
Por eso, a los tribunos que gobiernan,
hoy les pido, perdónenme que insista,
una patria decente, audaz, moderna,
humana, justa, libre y progresista.
Y como no me ponen los sectarios
ni me frenan atávicos prejuicios,
soñar un paraíso hospitalario
al sur del sur es ya mi único vicio.
Tuvo que ser el gesto de un paisano,
pongamos que hablo de Alejandro Sanz,
quien detuviera en fa mayor la mano
que maltrataba el labio de una fan.
Porque, aunque soy forofo del Atleti
y admirador de Messi y de Zizou,
entre el merengue y, 'manque empate', el Betis,
quiero siempre que gane el andaluz.
Marifé, Gala, Góngora, Cernuda,
Morente, Rancapino, Camarón,
Pasión, Emilio Prados, Juan Ramón:
el sabio sabe más cuanto más duda.
Y Bécquer y Don Juan, Chaves Nogales,
Javier Ruibal, Paquito de Lucía,
Téllez, Muñoz Molina, los cabales
profetas de la nueva Andalucía.
Y Romero de Torres y Murillo
y Juan Vida, Valdés Leal, Laffón,
y Picasso y Velázquez y Gordillo
yendo del carboncillo a la abstracción.
Y Rilke, Hemingway, Gibson, Brenan
y el orondo Orson Wells, guiris de pro
que entre la magia, el llanto y la verbena,
Blas Infante a su causa convirtió.
Y Pastora Soler y Miguel Ríos
y la ópera bastarda de Bizet
y Carmen: la morena del quejío,
que no es la gabacha de Mérimée.
Abrácense por fin las dos Españas,
muera el siniestro gerracivilismo.
Ni obispos, ni trileros sin entrañas:
menos tontos por ciento de lo mismo.
En Madrid aprendí como reluce
la copla de Chacón, tabaco y oro,
cuando salen roneando por el foro
de El Café de la Unión los andaluces.
Permítanme también que cite y loe
aquellos besos en Puente Genil,
el trilingüe legado de Averroes,
las lágrimas de sangre de Boabdil.
Y Aleixandre -el gran Nobel generoso,
el hombre más discreto de Sevilla-,
que en Wellingtonia tuvo buen reposo
y amores clandestinos de puntillas.
Maestros de fervor republicano,
actores de la mítica Barraca,
doctores que en su exilio americano
ilustraron al negro y al sudaca.
Aquí pintan de añil el universo
Morante, Caracol, José Mercé,
el nombre de la rosa, prosa y verso,
Altolaguirre, Lola, Rafaél,
la impúdica y traviesa chirigota,
John Lennon y la Piaf por bulerías,
el Kichi en carnaval dando la nota,
el verdial tan rural de la Ajarquía.
Con lo que va agrandándose y creciendo
por todo el ancho mundo el español,
¿qué coño hace ese soso malvendiendo
su inglés barato por Eurovisión?
"Querido, no te pongas estupendo",
me dijo anoche un cierto don Latino
de Hispalis, "sigue andando y escribiendo,
pero en román vulgar y palatino".
Cuidando mi mala salud de hierro,
hurgando en pecadillos veniales,
con seis gatos en torno y ningún perro
que ladre en mis futuros funerales,
la España de charanga y pandereta
no es el sur luminoso que prefiero,
mientras el jornalero y el fumeta
blasfemen contra el Dios de los banqueros.
Pero es verdad que el ciclo de la luz,
el pescaíto, el mar, el vino, el clima...,
convierten en fanático andaluz
al que a su gente singular se arrima.
Estos días azules y este sol
de la infancia en un patio de Sevilla
velaron al poeta en la pensión
de Colliure con flores amarillas.
Dos versos, un cuaderno, un sacramento
póstumo del mejor de los Machado
que nos dejó de noble testamento
su 'cómo ser un andaluz honrado'.
Bernarda Alba, Fernando de los Ríos:
desvaríos locos de la colina.
La bien paga' provoca escalofríos
cuando la llora Miguel de Molina.
Contra el pacto del sable y la casulla,
mi Diosa es la razón que no se vende.
Esta medalla al mérito es más suya
que de quien de su ejemplo tanto aprende.
Alérgico a sermones y laureles,
hoy, lejos de Calle Melancolía,
pongo mi tinta, cantos y pinceles,
al servicio de nuestra Andalucía.
"Bendito veintiocho de febrero":
lo dice un hijo pródigo que sabe
que aquí no sobra nadie, compañeros,
que todo el mundo en esta tierra cabe.
Andaluz y español, más europeo
que el virús que nos quiere separar,
por sí dice ese himno en el que creo,
y por el mundo y por la humanidad.


Pero no sólo en Andalucía quieren al maestro: ¡España entera le respeta!
El 15 de mayo de 2.009, coincidiendo con la festividad de San Isidro Labrador, el Ayuntamiento de Madrid entregó a Joaquín Sabina -junto a Paloma O'Shea, el futbolista Raúl González Blanco y el torero José Tomás-, la Medalla de Oro de la ciudad.


El alcalde Alberto Ruiz Gallardón le dedicó al de Úbeda estas palabras:
No se dejen engañar. Lleva años intentando convencernos de que su auténtica vocación es la del pirata cojo… Y sin embargo su amigo Aute ya le desenmascaró cuando escribió que en realidad el perdedor es su universo, aunque pretende ser feliz, y aún hay quien dice que está cuerdo. ¿Quién es, entonces, este hombre de las mil máscaras?. Un clásico.
Sabina pertenece a esa tradición memorable de la bohemia madrileña de los Sawa, Valle y compañía. Pose donjuanesca, alma romántica y tronada, esconden uno de los grandes cráneos privilegiados que junto a los anteriores han hecho de la noche y las letras madrileñas un mito, no tanto de disolución, lo siento Joaquín, como de agudeza.
Músico, poeta, showman de sí mismo y de todos nosotros, de un tiempo y de una ciudad, el dandismo de Sabina deja entrever una única certeza asomando tras ese sarcástico ilusionismo del tipo sensible metido a duro: su amor por Madrid. Un amor plasmado en una canción que es ya casi un himno para la ciudad, “Pongamos que hablo de Madrid” y cuyos versos constituyen tal vez la más hermosa confesión de amor que se le ha hecho, que se nos ha hecho.
Alberto Ruiz Gallardón
(Alcalde de Madrid)


El discurso de Joaquín Sabina después de recibir el premio bajo la bóveda de cristal del patio del Palacio de Cibeles fue éste:
Cuando yo empezaba a corretear por Madrid, lo suyo, lo que de verdad se llevaba, era despreciar las medallas. Quedaba muy bien, pero era mentira. En realidad, eran las medallas las que nos despreciaban a nosotros.
Por una medalla de Madrid uno hasta madruga. Por darse un paseo por este Madrid isidril, tan primaveral, y tan hermoso, y tan faldicorto, al que le llamó Galdós una vez 'poblachón manchego'. Pero también Galdós dijo -y yo lo dije un día en la plaza de toros de Las Ventas, no toreando, sino cantando-: “Yo nací en Madrid a los 30 años”. Luego, el Nobel Cela dijo que Madrid estaba entre Navalcarnero y Kansas City. Para el niño de provincias que yo fui, Madrid era el sitio donde iban todos los trenes, y sobre todo era el mapa del deseo, el territorio de los sueños; Madrid estaba entre Babilonia y el paraíso terrenal. Lo malo de los sueños es que algunas veces acaban cumpliéndose...
Yo siempre digo que los que habéis nacido en Madrid, como mis dos hijas, guapísimas, que son madrileñas: gatas de pro, se han perdido el modo de paladearla de alguien que viene de fuera y se baja en la estación de Atocha con su maleta de cartón y con su boina en el alma. Como era el niño de provincias que yo fui, que soñaba con conquistar una ciudad que es tan fácil de conquistar porque te deja empezar a ser madrileño en el mismo segundo en que te bajas en Atocha y te quedas en Madrid...
Madrid es la ciudad más hospitalaria, más callejera, más amable y más abierta del mundo, una ciudad donde es inconcebible imaginar a los madrileños desfilando detrás de un himno o con una bandera de Madrid. Y eso es estupendo. Una ciudad que además de ser Villa y Corte, ahora es una ciudad modernísima y maravillosa. Este patio parece que lo estrenamos hoy y, aunque a mí me gustaba más la plaza de la Villa, me parece una delicia de lugar para acoger a toda la gente que admiro y a toda la gente que quiero.
Quiero mandarle un beso a la madre de mis hijas y a mi novia Jimena, que es peruana. Es decir, madrileña, porque vive en la calle de Relatores. Es muy emocionante. Estoy muy agradecido y abrumado. Y con alzhéimer. Muchas gracias.

viernes, 12 de febrero de 2016

NOCHES SABINERAS: aptas solo para valientes

Santander, 5 de febrero de 2.015


Antonio García de Diego y Pancho Varona llevan media vida vistiendo las letras de Joaquín Sabina. Los escenarios tiñen sus canas. Son sus más fieles escuderos y los tres comparten canciones. Desde el 29 de junio de 2.006, cuando el jefe está de vacaciones, ellos las sacan a pasear y buscan valientes que las quieran cantar.


Diez años después, se han inventado un nuevo formato que les ha permitido volver a Santander y esta noche se han subido al escenario del Café de Noa para hacer las delicias de un público fácil que ha llenado la sala para degustar otra Noche Sabinera.


El descaro de Pancho Varona (guitarra) y el arte de Antonio Garcia de Diego (guitarra y teclado) son ingredientes con los que uno cuenta de antemano. La sorpresa ha sido Mara Barros. La perlita de Huelva es mucho más que una cara bonita rezumando sensualidad. No debía de quererla y si embargo la quiero: es un torrente de voz que enriquece unos temas que nunca nadie cantó tan bien.


Más de hora y media de concierto y algo menos de treinta minutos de privilegiado karaoke para valientes inconscinetes. Siempre es un gusto saborear estas canciones...

lunes, 11 de febrero de 2013

LEIVA - 'DICIEMBRE':¿conocías el caso de La Rubia Platino?

Bilbao, 10 de febrero de 2.013


"El caso de la Rubia Platino"

Me adelantó un talón de setecientas
más gastos, sin contar otras quinientas
en fichas del casino.
Mi último tren llegaba con retraso,
así que decidí aceptar el caso de la rubia platino.
Yo era un huele-braguetas sin licencia,
quemado en la secreta por tenencia, extorsión
y líos de faldas;
estaba, como buen ex-policía,
a sueldo de un pez gordo que sabía cubrirse las espaldas.

"Ninguna zorra vale ese dinero",
pensé, mientras dejaba mi sombrero nuevo en el guardarropa.
Cantaba regular, pero movía
el culo con un swing que derretía el hielo de las copas.
Cuando salió, por fin, del reservado,
sentí que las campanas del pasado repicaban a duelo:
la última vez que oí esa melodía
me recetaron tres años y un día, más IVA en la Modelo.

Para jugar al black jack y ser un duro,
andar escaso de efectivo es igual que pretender envidar con un farol al futuro.
No por casualidad me temen en los casinos.
Me daban diez de los grandes por el caso de la rubia platino.

Los besos que te dan las chicas malas
salen más caros cuando los regalan y huelen a fracaso.
Pero el croupier me echaba cartas buenas
y la rubia platino era morena y el caso era un gran caso.
En un bistró del puerto de Marsella
nos fuimos demorando entre botella y botella de Oporto:
"Los que pusieron precio a tu cabeza
-le dije exagerando su belleza- se habían quedado cortos."
Puede que me estuviera enamorando,
porque antes del café cambié de bando, de hotel y de sombrero.
Mi viejo puso un cuarto con dos camas
fingiendo que la dama era una dama y su hijo un caballero.
Ni siquiera, señores del jurado,
padezco, como alega mi abogado, locura transitoria.
Disparé al corazón que yo quería
con premeditación, alevosía y más pena que gloria.

Para jugar al black jack y ser un duro,
andar escaso de efectivo es igual que pretender envidar con un farol al futuro.
No por casualidad me temen en los casinos.
Diez de los grandes por seguirle los pasos a la rubia platino.

Para volver a ser alguien en el ambiente
necesitaba un par de buenos clientes, algo para mis vicios y un despacho decente.
No dan para comer las putas del barrio chino.
Todos los lunes no me encargan el caso de la rubia platino.
Para no ser un cadáver en el tranvía,
aparte de tener gramática parda
hay que saber que las faldas son una lotería.
Con luz de gas brilló mi lámpara de Aladino...
Me daban diez de los grandes por el caso de la rubia platino.



¿Conocías el caso de 'La Rubia Platino'?
Joaquín Sabina lo abandonó al fondo de un cajón hasta que un día le propuso a Leiva sacarlo a pasear.
El madrileño aceptó el reto y desde entonces una y otra vez proyecta sobre sus escenarios un fantástico corto de cine negro de cuatro minutos de duración con música en directo.

"Diciembre" es el primer trabajo en solitario de Leiva que lleva ya un año sacándole jugo a un puñado de temas entre los que siempre encuentra sitio para "El caso de la Rubia Platino".

Hoy, a la hora de la merienda, ocho tipos melenudos y flacos la han líado parda en el Teatro Arriaga mientras el Athletic jugaba en San Mamés.
Dicen que el rock es la banda sonora del infierno pero hoy se ha colado en el paraíso y desde la cúpula del teatro hemos vibrado con su directo.


El respetuoso silencio del público asusta:

"Tengo miedo,
miedo, miedo, miedo..."

Yo también quisiera tener las cosas tan claras como las tienes tú. No es así pero me bebo las promesas y las dudas en el mismo trago y desatando los nudos que ahogan mi garganta me lanzo a quemar las vías y arañar el cielo.

El público en pie ha despedido a Leiva y sus chicos pero la última canción no era para ellos; Lady Madrid estaba con nosotros...



martes, 22 de enero de 2013

Las NOCHES SABINERAS me reconcilian con las canciones del maestro

Madrid, 19 de enero de 2.013


Una ciclogénesis explosiva nos acecha mientras densos nubarrones negros se ciernen sobre mi incierto futuro. Llueve mucho pero se que detrás de las nubes sigue brillando un sol  espléndido.

Esta noche, en el escenario de la sala Galileo Galilei, Antonio García de Diego y Pancho Varona me han recordado que aún tengo más de cien motivos para no cortarme de un tajo las venas. Lo cierto es que no necesito tantos.
Tengo memoria, familia y amigos, tengo presente, pasado y futuro, tengo amores que matan y el lujo de no tener hambre, tengo el mar, tengo la luna, tengo Ecos, Tersipcores y Talías, y tengo dos ases escondidos en la manga.
Tengo la fortuna de tener cerca gente a la que quiero y con la que poder compartir inquietudes y preocupaciones, sueños y pasiones, viajes a Madrid, visitas al Santiago Bernabéu, Mundiales de Balonmano y noches de música como la de hoy.
No necesito mucho más.
Soy afortunado: ¡estoy vivo!

Joaquín Sabina es un maestro pero hace tiempo que no me pellizca.
Acumula canciones maravillosas con las que ya no me hace vibrar. Pequeños tesoros que sigue exponiendo, pero encerrados dentro de una urna de cristal.
Por suerte sus compañeros Pancho Varona y Antonio García de Diego, ésos con los que firmó la mayor parte de sus canciones, y sus músicos más fieles -Pedro Barceló (sustituido hoy por Paco Beneyto), Jaime Asúa y José Romero- siguen disfrutando lanzándose al ruedo y toreando unos temas bravos que siguen siendo capaces de embestir al corazón.

Cuando los compromisos de sus jefes se lo permiten se suben a pequeños escenarios para regalarnos sus particulares Noches Sabineras: reuniones de amigos en las que cantan temas del maestro y que terminan convirtiéndose en imprevisibles sesiones de karaoke en las que los invitados más valientes pueden subir al escenario para cantar lo que deseen.

Hace unos años pude vivir esta experiencia en Santander, en la sala BNS, y aunque no recuerdo cual fue la canción que escogió, aquella fue la primera vez que vi cantar a Quique González sobre un escenario.
Hoy, después de bastante tiempo sin tocar en Madrid, preveíamos un desfile continuo de artistas sobre el escenario, pero no ha sido así.
Pese a que dispersos entre el público que llenaba la sala se ha podido ver a gente como Ara Malikian, Txetxu Altube o los chicos de Love of Lesbian, el único invitado que ha compartido micro con los músicos de Sabina ha sido el hijo de Antonio García de Diego, que ha pasado algún apuro con la letra de "Corre, dijo la tortuga".
No ha hecho falta más. Ellos sólos se han bastado para pellizcarnos con sus 'transformers', cargados de sinceridad y sensibilidad.
Después ha comenzado la sesión de karaoke, una fiesta a la que sólo los compromisos con las autoridades municipales han podido poner fin. 

Ojalá pronto me reconcilie con el maestro Sabina; mientras tanto las Noches Sabineras me reconcilian con sus canciones: ¡grande Sabina!

martes, 7 de agosto de 2012

El último trago de CHAVELA VARGAS

Cuernavaca (Mexico), 5 de agosto de 2.012

Hoy ha fallecido, a los noventa y tres años de edad, Isabel Vargas Lizano: descanse en paz.

La gran Chavela Vargas era un icono de la cultura hispanoamericana del que apenas se nada y del que aún sabría menos si no fuese por Pedro Almodovar y Joaquín Sabina, admiradores confesos de la 'chamana' mexicana de origen costarricense.
Ambos han compartido en las redes sociales sendos escritos que permiten adivinar algunos de los rasgos más característicos de una mujer carismática, de personalidad arrolladora.

Adiós volcán
Durante veinte años la busqué en sus escenarios habituales y desde que la encontré en el diminuto backstage de la madrileña Sala Caracol llevo otros veinte años despidiéndome de ella, hasta esta larguísima despedida, bajo el sol abrasivo del agosto madrileño.


Chavela Vargas hizo del abandono y la desolación una catedral en la que cabíamos todos y de la que se salía reconciliado con los propios errores, y dispuesto a seguir cometiéndolos, a intentarlo de nuevo.

El gran escritor Carlos Monsiváis dijo “Chavela Vargas ha sabido expresar la desolación de las rancheras con la radical desnudez del blues”.
Según el mismo escritor, al prescindir del mariachi Chavela eliminó el carácter festivo de las rancheras, mostrando en toda su desnudez el dolor y la derrota de sus letras.
En el caso de "Piensa en mí", (eso lo digo yo) una especie de danzón de Agustín Lara, Chavela cambió hasta tal punto el compás original que de una canción pizpireta y bailable se convirtió en un fado o una nana dolorida.
Ningún ser vivo cantó con el debido desgarro al genial José Alfredo Jiménez como lo hizo Chavela. “Y si quieren saber de mi pasado, es preciso decir otra mentira. Les diré que llegué de un mundo raro, que no sé del dolor, que triunfé en el amor y que nunca (YO NUNCA, cantaba ella) he llorado”.
Chavela creó con el énfasis de los finales de sus canciones un nuevo género que debería llevar su nombre.
Las canciones de José Alfredo nacen en los márgenes de la sociedad y hablan de derrotas y abandonos; Chavela añadía una amargura irónica que se sobreponía a la hipocresía del mundo que le había tocado vivir y al que le cantó siempre desafiante. Se regodeaba en los finales, convertía el lamento en himno, te escupía el final a la cara. Como espectador era una experiencia que me desbordaba, uno no está acostrumbrado a que te pongan un espejo tan cerca de los ojos, el desgarro con tirón final, literalmente me desgarraba. No exagero. Supongo que habrá alguien por ahí que le pasara lo mismo que a mí.

En su segunda vida, cuando ya tenía más de setenta años, el tiempo y Chavela caminaron de la mano, en España encontró una complicidad que Méjico le negó. Y en el seno de esta complicidad Chavela alcanzó una plenitud serena, sus canciones ganaron en dulzura, y desarrolló todo el amor que también anidaba en su repertorio. “Oye, quiero la estrella de eterno fulgor, quiero la copa más fina de cristal para brindar la noche de mi amor. Quiero la alegría de un barco volviendo, y mil campanas de gloria tañendo para brindar la noche de mi amor.”
A lo largo de los años noventa y parte de este siglo, Chavela vivió esta noche de amor, eterna y feliz con nuestro país, y como cada espectador, siento que esa noche de amor la vivió exclusivamente conmigo.
Chavela te cantaba solo a tí, al oído, y cuando el torrente de su voz fue menos potente, (no hablo de declive, ella no lo conoció, hizo y cantó lo que quiso y como quiso) Chavela se volvió más íntima. Las mejores versiones de "La llorona" las interpretó en sus últimos conciertos. Abordaba la canción con un murmullo, y en ese tono continuaba, recitando palabra por palabra, hasta llegar al épico final. Cantar, lo que se dice cantar, solo cantaba la última estrofa, de un modo ascendente hasta gritar su última y breve palabra. “Si como te quiero quieres llorona, quieres que te quiera más. Si ya te he dado la vida, llorona, qué más quieres. ¡Quieres MÁS!" Estremecía escuchar la palabra “más” gritada por Chavela.

La presenté en decenas de ciudades, recuerdo cada una de ellas, los minutos previos al concierto en los camerinos: ella había dejado el alcohol y yo el tabaco y en esos instantes éramos como dos síndromes de abstinencia juntos, ella me comentaba lo bien que le vendría una copita de tequila, para calentar la voz, y yo le decía que me comería un paquete de cigarrillos para combatir la ansiedad, y acabábamos riéndonos, cogidos de la mano, besándonos. Nos hemos besado mucho, conozco muy bien su piel.


Los años de apoteosis española hicieron posible que Chavela debutara en el Olympia de París, una gesta que solo había conseguido la gran Lola Beltrán antes que ella. En el patio de butacas tenía a mi lado a Jeanne Moreau, a veces le traducía alguna estrofa de la canción hasta que Moreau me murmuró “no hace falta, Pedro, la entiendo perfectamente” y no porque supiera español.
Y con su deslumbrante actuación en el Olympia parisino consiguió, por fin, abrir las puertas que más férreamente se le habían cerrado, las del Teatro Bellas Artes de Méjico DF, otro de sus sueños.
Antes de la presentación en París un periodista mejicano me agradeció mi generosidad con Chavela. Yo le respondí que lo mío no era generosidad, sino egoísmo, recibía mucho más que daba.
También le dije que aunque no creía en la generosidad sí creía en la mezquindad, y me refería justamente al país de cuya cultura Chavela era la embajadora más ardiente. Es cierto que desde que empezara a cantar en los años cincuenta en pequeños antros (¡lo que hubiera dado por conocer El Alacrán, donde debutó con la bailarina exótica Tongolele!) Chavela Vargas fue una diosa, pero una diosa marginal. Me contó que nunca se le permitió cantar en televisión o en un teatro.
Después del Olympia su situación cambió radicalmente. Aquella noche, la del Bellas Artes del D.F., también tuve el privilegio de presentarla; Chavela había alcanzado otro de sus sueños y fuimos a celebrarlo y a compartirlo con la persona que más lo merecía, José Alfredo Jiménez, en el bar Tenampa de la Plaza de Garibaldi.
Sentados debajo de uno de los murales dedicados al inconmensurable José Alfredo bebimos y cantamos hasta el amanecer (ella no, solo bebió agua aunque al día siguiente los diarios locales titulaban en su portada “Chavela vuelve al trago”). Cantamos hasta el delirio todos los que tuvimos la suerte de acompañarla esa noche, pero sobre todo cantó Chavela, con uno de los mariachis que alquilamos para la ocasión. Era la primera vez que la escuchábamos acompañada por la formación original y típica de las rancheras. Y fue un milagro, de los tantos que he vivido a su lado.

En su última visita a Madrid, en una comida íntima con Elena Benarroch, Mariana Gyalui y Fernando Iglesias, tres días antes de su presentación en la Residencia de Estudiantes, Elena le preguntó si nunca olvidaba las letras de sus canciones. Chavela le respondió: “a veces, pero siempre acabo donde debo”.
Me tatuaría esa frase en su honor. ¡Cuántas veces la he visto terminar donde debe!
Aquella noche en el indescriptible bar Tenampa, Chavela terminó la noche donde debía, bajo la efigie de su querido compañero de farras José Alfredo, y acompañada de un mariachi. Las canciones que ella desagarró en el pasado, acompañada por dos guitarras, volvieron a sonar lúdicas y festivas, donde y como debía ser. El último trago fue aquella noche un delicioso himno a la alegría de haberse bebido todo, de haber amado sin freno y de seguir viva para cantarlo. El abandono se convertía en fiesta.

Hace cuatro años fui a conocer el lugar de Tepoztlán donde vivía, frente a un cerro de nombre impronunciable, el cerro de Chalchitépetl. En esos valles y cerros se rodó "Los siete magníficos", que a su vez era la versión americana de "Los siete samuráis" de Kurosawa. Chavela me cuenta que la leyenda dice que el cerro abrirá sus puertas cuando llegue el próximo Apocalipsis y solo se salvarán los que acierten a entrar en su seno. Me señaló el lugar concreto de la ladera del cerro donde parecían estar dibujadas dichas puertas.
Circulan muchas leyendas, orgánicas, espirituales, vegetales, siderales, en esta zona de Morelos. Además de los cerros, con más roca que tierra, Chavela también convive con un volcán de nombre rotundo, Popocatépetl. Un volcán vivo, con un pasado de amante humano, rendido ante el cuerpo sin vida de su amada. Tomo nota de los nombres en el mismo momento en que salen de los labios de Chavela y le confieso mis dificultades para la pronunciación de las “ptl” finales. Me comenta que durante una época las mujeres tenían prohibido pronunciar estas letras. "¿Por qué?". "Por el mero hecho de ser mujeres", me responde. Una de las formas más irracionales (todas lo son) de machismo, en un país que no se avergüenza de ello.

En aquella visita también me dijo “estoy tranquila”, y me lo volvió a repetir en Madrid. En sus labios la palabra tranquila cobra todo su significado, está serena, sin miedo, sin angustias, sin expectativas (o con todas, pero eso no se puede explicar), tranquila. También me dijo “una noche me detendré”, y la palabra “detendré” cayó con peso y a la vez ligera, definitiva y a la vez casual. “Poco a poco”, continuó, “sola, y lo disfrutaré”. Eso dijo.
Adiós Chavela, adiós volcán.

Tu esposo, en este mundo, como te gustaba llamarme,

Pedro Almodóvar.

......

¡Quién pudiera reír como llora ella!
Andaba dibujando en un cuadernito, una costumbre que recién adquirí, cuando vi por la televisión, encendida sin sonido, la imagen de Chavela. Di voz al aparato. Se nos fue, escuché. Y me cogió un llanto irreparable. Lo que nunca me había sucedido. Siempre me culpé por no ser capaz de llorar con la muerte de mis padres, pero esta vez me venció el desconsuelo.
Yo nunca me tomé copas con mis ídolos: Bob Dylan, Leonard Cohen o Brassens. Y sí, con Chavela, con la que he cantado, nos hemos abrazado y reído hasta hartarnos. Todas esas veces cuentan y contarán siempre entre las más grandes cosas que me han sucedido en la vida.

Será difícil, por ejemplo, olvidar cómo la conocí.
Fue una noche de hace unos veinte años, en Madrid, en la sala Morasol. Dijo: “Yo vivo en el bulevar de los sueños rotos”. Y yo tuve que escribirle una canción con esa frase.
Ya se había recuperado de su alcoholismo. Calculaba que había bebido algo así como 1,8 millones de botellas de tequila y solía decirme cuando me veía beberlo a mí: “Joaquín, ese tequila tuyo es muy malo; el bueno de verdad ya nos lo bebimos José Alfredo Jiménez y yo”.
Al conocer la triste noticia, que todos veníamos anticipando, he sentido la necesidad de bajar al bar a tomar uno a su salud, aunque el brebaje sin ella siempre será de los malos.

Aquella primera vez, pedí a Pedro Almodóvar que nos presentara.
Al acercarme, escuché cómo él le contaba quién era yo, pues Chavela no tenía la menor idea. “La admiro desde niño”, le dije. “Yo también le admiro mucho a usted”, contestó. Ante la mentira, exclamé. “Vete a la mierda”.
Nos fundimos en un largo abrazo del que nunca nos libramos hasta ayer mismo, incluso aunque no pudiéramos vernos en su última visita a España, un viaje que quizá no debió hacer, pues no estaba en condiciones. Entonces, yo estaba de gira y a ella la ingresaron en un hospital.

Con su desaparición, se pierde una manera de cantar llorando, un quejío inigualable, una expresividad fuera de lo común. Unos cojones y unos ovarios nunca vistos en la música popular desde la muerte del bandoneonista Ricardo Goyeneche. Ella no vendía una voz, vendía un estilo. Era una maestra en perder la primera al tiempo que ganaba lo segundo. Algo en lo que yo, sin duda, tengo mucho que aprender.
En estos momentos de pérdida me digo: "¡Quién pudiera reír como llora Chavela!" Y recuerdo algo estas palabras de Almodóvar: “Desde Jesucristo, nadie ha abierto los brazos como ella”.

Joaquín Sabina.





domingo, 3 de junio de 2012

MÁS DE 100 MENTIRAS: ganó el quiero la guerra del debo, y me alegro

Madrid, 20 de mayo de 2.012



En abril del año 2.005 se estrenó en el teatro Rialto de la Gran Vía madrileña el musical “Hoy no me puedo levantar”, dirigido por Nacho Cano y protagonizado por Miquel Fernández, Inma Cuesta y Javier Godino, que proponía un recorrido por los grandes éxitos de Mecano, referente de la música en nuestro país durante los años ochenta y noventa.


En septiembre de 2.006 fui a verlo a Madrid con una ilusión tremenda, pero pese a contar con unos medios y una escenografía extraordinarios, la desilusión fue absoluta.

El libreto, obra de David Serrano, trataba de reconstruir sobre el escenario el espíruto de la “movida madrileña” de los años ochenta, pero se perdía en una sucesión de chistes fáciles, zafios y ordinarios que convertían el espectáculo en un esperpento aburrido y desagradable en el que las canciones se metían con calzador.
Sólo la espectacularidad de las coreografías propuestas compensaba en parte la visita al teatro.

Los mismos productores y el mismo equipo creativó anunció el estreno en octubre de 2.011, también en el Teatro Rialto, de “Más de 100 mentiras”, un musical que pretendía repasar algunos de los éxitos de Joaquín Sabina.

Ángel Suárez y José María Cámara, productores del espectáculo, cuentan que en Semana Santa del año 2.006, sentados en el Lhardy y con un cocido madrileño de por medio, Joaquín Sabina les dijo que no a su propuesta de hacer un musical basado en su obra.
Tres años después, Joaquín, impulsado por su afán de colarse en lugares en los que no se le espera dijo: “vamos a hacerlo”.


El maestro dio el visto bueno al espectáculo pero se mantuvo al margen del mismo.
Dejó en manos de Pancho Varona, uno de sus escuderos más fieles, la supervisión de los arreglos musicales, y se refugió en Tirso de Molina para embarcarse junto a su amigo Joan Manuel Serrat en una nueva travesía a bordo del Titanic.

El resultado, a la vista de los versos que el poeta dedicó a la compañía el día que ésta festejaba la representación número 100 del musical entregándole al jienense el “Bombín de Oro”, no le disgutó:

Cien representaciones de más de cien mentiras
celebra en la Gran Vía la troupe que me enamora,
del rock and roll al tango, del blues a la guajira,
me honran, me traducen, me cantan, me mejoran.

Cuando el telón se abre dos y dos no son cuatro
en este zarzuelero Broadway gofo y castizo,
por una vez coinciden las musas y el teatro
con su antro, su navaja, su puta, su chorizo.

Que el director dirija, que el arreglista afine,
que limpien los actores de caspa los neones,
que duerman abrazados los medios y los fines,
que en otros labios sigan latiendo mis pulmones.

Aunque muerto de miedo, amo estas candilejas,
sudo en el escenario, fumo en el camerino,
mis duelos y quebrantos, mis cuentos de Calleja
convergen en el caso de la rubia platino.

Gracias a los guionistas, los músicos, la basca,
el productor, el notas, el crítico, el bombillas,
el que en plena tormenta se pica y no se rasca,
el Juande y la Manola que hacen cola en taquilla.

A estrenar el futuro, corrigiendo el pasado,
he venido esta noche por mi bombín de oro,
calzándome los guantes del boxeador sonado,
soñando con el tanga de las chicas del coro.

La orquesta del Titanic, hoteles, estaciones,
la luna es un semáforo de carne de membrillo,
me espera Buenos Aires, Serrat, otras canciones
y tres generaciones del rosa al amarillo.

Joaquín Sabina,
12 de enero de 2.012


Me moría de ganas de ver el musical de Sabina pero la cabeza me decía que el batacazo iba a ser sonado.

Finalmente, y tras mucho batallar, hoy ganó el quiero la guerra del debo, y después de interrumpir bruscamente una sobremesa en Paracuellos del Jarama de ésas que le ruecuerdan a uno que a veces descuidamos a los amigos más de lo que deberíamos, me he lanzado a la busqueda del teatro Rialto.


La temporada está a punto de concluir y los importantes descuentos aplicados al precio de las entradas invitan a pensar que el éxito de la producción no ha sido el esperado.
Sin embargo hoy un público muy heterógeneo, de distintas edades y procedencias, llena el teatro.

Se apagan las luces y Joaquín Sabina se reencarna en el espíritu de Samuel para presentar a ritmo de endecasílabo alguna de las canciones que esta noche vamos a escuchar y poner en funcionamiento los engranajes del puñado tipos que pueblan su universo musical.


Samuel (Víctor Massán) era uno de aquellos raterillos de poca monta que un día asaltaron a Sabina, colocándole un pincho de cocina en la garganta y birlándole un puñado de billetes y un “peluco” marca Omega antes de reconocerle, llevarle a una barra américana y devolverle su dinero a cambio de una canción que el de Úbeda, por supuesto, les regaló.

Un tiempo después la fortuna le fue aciaga; alguién les traicionó y él murió en el asalto al chalet de un millonario.

Ahora sus compañeros: el “Tuli” (Álex Barahona), Juan (Javier Godino) y “Manitas” (Diego Paris), y su hermana (Guadalupe Lancho) quieren vengar su muerte.




En el Darling’s, un local en el que abundan las medias negras y los tacones de aguja, frecuentado por canallas con corazón, princesas de barrio ávidas de amor, y algún que otro hombre de traje gris, se gesta un golpe castizo con Paul Newman y Robert Redford reconvertidos en aventajados imitadores de Cyrano de Bergerac y el joven cadete Christián de Neuvillette pugnando por el corazón de Magdalena.


Sobra un poco de azúcar si de lo que se trata es de recrear el “universo” Sabina, pero la calidad de los arreglos musicales, la escenografía, el buen trabajo de los actores-cantantes y las coreografía de un impresionante grupo de bailarinas que invitan al pecado hacen que ésta sea una experiencia que si merece la pena.